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Barcelona, 04/08/05

Silencio

JAVIER CASTAÑEDA
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Aunque como bien saben los músicos, los duendes, los escritores, los magos, los cineastas, los amantes, los poetas, los jugadores de cartas y hasta los que gustan de pegar la hebra, quizá lo que valga más que mil palabras sea el silencio.

Sobre todo, en un entorno que supura ruido por todos sus poros. Claro que, esto del ruido es muy personal: Lo que para unos es un atropello acústico o un chute insoportable de decibelios, para otros puede ser un símbolo de alegría, una graciosa musiquilla e incluso algo tan cotidiano como tolerado. El problema del ruido, considerado como uno de los principales virus que dinamitan el impacto ambiental, no se presenta sencillo de resolver. Concretar qué es ruido es adentrarse en un terreno movedizo y altamente subjetivo, que tiene que ver con costumbres, vivencias personales y educación, en muchos casos. Obviamente hay categorías objetivas y además, se puede medir; pero al margen de los ejemplos cuantificables o catalogados, existe un inmenso abanico de sonidos no deseados que, en función de diversos factores, pueden o no ser definidos como tales.

Para una madre será motivo de alegría escuchar la algarabía de sus hijos cuando juegan en la piscina comunitaria, por ejemplo. Pero para un vecino soltero que pretenda descansar a la hora de la siesta, o para una pareja de ancianos que ansían la calma, ese griterío infame puede significar un ataque de nervios e incluso una auténtica neurosis, desde la perspectiva marcusiana de la sociedad de masas. Pero es aquí donde mayormente interviene la subjetividad. Unos asocian el ruido con la vida y el silencio con la muerte. Otros creen que es un problema entre juventud y madurez. Pero dichas polaridades tampoco parecen acotar ni solventar el problema, ya que para muchos ambientalistas, la tranquilidad se ha convertido en una auténtica necesidad biológica.

Considerados como una de las principales plagas que asolan las urbes del SXXI, los ruidos hacen que cada vez sea más difícil encontrar espacios acústicos sin contaminar. Los que protestan son también una legión que va en aumento y ya existe una vasta bibliografía sobre los efectos nocivos que el ruido provoca en las personas. Actualmente el problema se complica y excede del que planteaba la llegada de la sociedad industrial, que centraba sus principales focos de ruido en el tráfico, la construcción o la limpieza. En una sociedad tecnoeconómica o digital, el ruido que generamos los individuos por el mero hecho de vivir, se ha multiplicado exponencialmente y se ha convierte en perjudicial, tanto para los otros ciudadanos como para nosotros mismos.

Una sobre-exposición prolongada -tanto dentro como fuera del entorno doméstico, puede provocar efectos directos que van desde el aumento de las pulsaciones, modificación del ritmo respiratorio, de la tensión muscular, etc.; hasta la sordera parcial, crónica o total. Pero también tiene unos efectos colaterales que inciden en el sueño, aumentan el estrés, alteran los procesos mentales, fomentan la agresividad, disminuyen la concentración, etc. Siempre se ha sabido que la huella sonora que el hombre impregna por doquier repercutía en su hábitat, y quizá no haga falta llegar a extremos como el de Schopenhauer, cuando afirmaba que “la cantidad de ruido que uno puede aguantar sin que le moleste, es inversamente proporcional a su propia capacidad mental”.

Sin hacer del tema una cuestión elitista, está claro que cada vez hay más ruido en todos los ambientes por los que transita el ser: casa, trabajo, medios de transporte, calles, etc. E incluso pernocta en zonas intangibles de la comunicación, ya que, factores como la potencia desmedida de la publicidad, pueden matar hasta conversaciones de pareja. Resulta común asistir a una reunión de trabajo, por ejemplo, y que todo el mundo tenga el móvil conectado; que entre o salga haciendo ruido; que interrumpa constantemente… Pero, ¿de verdad somos tan importantes? Los conductores usan el claxon no sólo para situaciones de emergencia. Los teléfonos suenan hasta la agonía en las oficinas, en el autobús, y hasta en el metro. Los espacios vitales se han convertido en un loro parque gigante , donde todo el mundo cotorrea sin parar. Los debates de la televisión son un ejemplo de lo que nunca debería ser una tertulia, etc. En definitiva, como describe el experto Artemio Baigorri, “la vida social produce ruido” .

Es la típica contradicción que permite observar cómo el desarrollo actúa en contra del individuo. La ciudad moderna exuda bullicio y cada vez se hace más difícil distinguir lo que es molesto de lo que no, pues gracias a un excesivo individualismo, los usos y costumbres se han convertido casi en una cuestión singular. Incluso los hay que crean su propio caparazón acústico para protegerse del sonido de otros. En esta guerra de decibelios, si algo se muestra nítido es que el metabolismo de las zonas negras sonoras provoca una pesada digestión. Tampoco presenta una mejor absorción el llamado ruido blanco , ese creciente y constante que los individuos encuentran hasta en la sopa, soterrado en su día a día.

Ante tamaño dilema, quizá sea un buen momento para desempolvar el concepto de urbanidad. Ya que resulta más difícil manejar el lujo caro del silencio, que crear conflictos -aunque sean auditivos, quizá no esté de más rescatar unas pautas que nos ayuden a entendernos en mitad del bramido insoportable de la civilización urbana. Una buena máxima sería el clásico, “si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”. Ojalá el sentido común se imponga, y cada uno sea consciente de manejar sus niveles de ruido para no molestar al vecino. Comprender que en un mundo sobresaturado de información hasta la gula, el ayuno de la palabra, puede ser una muy buena terapia para el alma, que “desemboca al silencio donde los silencios enmudecen”, como diría Octavio Paz.

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