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Sevilla, 30/05/05

Contaminación triple

De las dimensiones que está adquiriendo el fenómeno del botellón (o botellona) en esta tierra de bebedores sabios da idea su reiterada aparición en las memorias que se escriben. No en la memoria de los sociólogos atentos a modas y tendencias, ni en la de los fabricantes de alcohol, que cada año añaden guarismos más elevados a sus balances, sino en la memoria anual de la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, justo al lado de los delitos y las faltas, que no es precisamente una buena compañía. Ya alertó durante su mandato el recordado Luis Portero. Ahora es su sucesor, Jesús García Calderón, el fiscal poeta, quien ha escrito el poema de la desolación de la botellona.

Poema en prosa y totalmente realista el que ha compuesto Garcia Calderón en la memoria fiscal de 2004. Donde se dice no que el botellón, o botellona, suponga una colisión entre el derecho de los vecinos a descansar y el derecho de los jóvenes a divertirse ni ninguna otra bobada del buenismo progre, sino que, tal y como se ha venido manifestando, constituye un caso de contaminación múltiple que pide a gritos su regulación jurídica, igual que la tienen las emisiones de anhídrido carbónico o los humos de los fumadores. No es difícil darle la razón: hay contaminación sólida por la acumulación de grandes cantidades de residuos –orgánicos e inorgánicos, preciso yo–, contaminación acústica por los ruidos insoportables para todo el mundo excepto para los que los producen y, de algún modo, contaminación visual por el deterioro del paisaje urbano en el que se desarrollan las concentraciones. Tres en uno, tres agresiones en un solo acto social. ¿Hay quien dé más?

Y todo ello, sin tener en cuenta otros derivados de la botellona que rozan, o pisotean, según los casos, los límites del Código Penal, como el consumo masivo de alcohol y otras drogas, los daños causados a los empresarios de la hostelería, los altercados con vigilantes y policías o entre los participantes de la movida, los destrozos en el mobiliario urbano que han de reponer los poderes públicos o la conducción temeraria de trágicas consecuencias. No es extraño, pues, que el fiscal jefe proponga abiertamente una ley específica sobre la botellona. Una ley medioambiental, por supuesto, ya que es el medio ambiente en sentido estricto el que se ve amenazado, en ciudades y pueblos, varios días por semana todas las semanas del año. Ley que destruiría el sofisma actual de los ayuntamientos que dicen no disponer de normativa a mano para afrontar los efectos indeseados del fenómeno (por lo menos ya no lo ven tan normal como hace cinco años, sin ir más lejos).

A ver si se anima la consejera de Medio Ambiente, Fuensanta Coves, y se atreve a acometer una tarea tan necesaria como políticamente incorrecta. ¿Qué tienen los linces o las águilas imperiales que no tengan las personas cuya tranquilidad, seguridad e intimidad está siendo vulnerada por la masa juvenil alegre y confiada?

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