Jerez, 26/09/04 Tapones para sordosRafael Navas RenedoPongo una obra en su vida. Aunque los expertos hablan ahora de que la construcción empieza a tocar techo, es rara la persona que no convive con una obra a diez metros de su casa: unos nuevos pisos de esos que se construyen para invertir (no para vivir); una acera o un empedrado que levanta el ayuntamiento; la reforma del vecino descontento con el tabique que puso en el salón hace dos años... Las hay para todos los gustos. Sean como sean, vengan de donde vengan, las obras han convertido el sonido del martillo eléctrico, la grúa, el rotaflex y la hormigonera en la banda sonora de nuestras vidas.Hace unos días descubrimos que un farmacéutico de la plaza Plateros, Antonio Lorente, había puesto a la venta un 'pack' contra el ruido de las obras, consistente en dos cajas de aspirinas y una caja de tapones. El lote, a 8,5 euros, es de lo poco que se puede hacer para luchar contra el ruido de una obra, a excepción del cambio de domicilio por el de una cada en la montaña en el Tibet. Por mucha insonorización que se realice en casa, con un gasto muy superior a aspirinas y tapones, una buena obra no hay quien la pare y el sonido, como un trompo, acaba siempre taladrando los oídos. Quien padece una obra al lado de su casa ve alterada su vida de tal manera que amanece a un nuevo día cada mañana con el pensamiento puesto en las molestias que provoca, en lugar despertarse, como sería natural, pensando en sus proyectos para la jornada o recordando los sueños que ha tenido durante la noche. Si desea dormir la siesta reparadora durante la tarde descubrirá que son muy pocas ya las obras que terminan a las tres, incluso en el mes de agosto, porque la construcción no se detiene ante la voraz demanda. Y no hay peor tortura que la del sueño. Quienes tienen críos pequeños que se despiertan de madrugada lo atestiguan y lo demacrado de sus rostros refleja crudamente ante los compañeros del trabajo la pesadilla padecida. A ellos se une ahora esa legión de ciudadanos que no pueden descansar lo suficiente por las obras. Un rasgo muy común en todas ellas es que empiezan, a las siete de la mañana, con la herramienta que más ruido produce. El martillo eléctrico, por ejemplo, le tiene un especial apego a esas horas madrugadoras, como para decir aquí estoy yo. Luego, a mediodía, el susodicho aparato desaparece como por arte de magia. No esperen nunca que suceda al revés. Y la cosa no tiene pinta de cambiar, así que farmacias como la de Lorente tienen, además de buen humor, mucho futuro con sus aspirinas y tapones. Porque obras las hay y las habrá siempre. Cuando las acabe el vecino de arriba, las comenzará el de abajo, y luego el de la derecha y después el de la izquierda, si antes no nos toca a nosotros mismos. Al otro lado de la calle, o en la plaza, ocurrirá también. Soplan, por tanto, buenos tiempos para farmacéuticos, otorrinos, propietarios de lavados de coches (automáticos o a presión) y fabricantes de esponjas para el calzado, sectores estratégicos que se mueven al compás de la construcción. Hablar de obras es tan recurrente como hablar del tiempo que hace porque ya forman parte del paisaje urbano. Es imposible hacer una obra sin molestar, pero es posible hacer una obra molestando lo menos posible. De eso todavía no se han enterado algunas personas, sobre todo políticos que, insensibles, no escuchan las quejas de los demás. A esos no les hace falta usar los tapones de Lorente porque hace tiempo que están o se hacen los sordos.
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