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Jerez, 28/11/04

Mi vecina la excavadora

A. Villegas
Después de tantos meses de obras en los que lugares como la plaza del Arenal, Las Marinas, San Andrés, plaza del Caballo, calle Santa Rosa, Plateros o plaza del Progreso han visto cambiar poco a poco su fisonomía, poco más cabe decir sobre las molestias que los ciudadanos, comerciantes y, en especial, los conductores han sufrido. Y no es que todo esté dicho, porque las quejas surgen a diario y seguirán haciéndolo hasta que finalicen cada una de esta 'transformaciones'. Sin embargo, si para cualquier ciudadano de a pie, tomar una de las famosas "vías alternativas", usar más el transporte urbano o caminar, se ha convertido en una obligación para solventar los problemas de las remodelaciones, hay para quienes estas circunstancias no tienen solución. Es el caso de las decenas de vecinos que conviven día a día con las obras junto a sus ventanas. Una situación que sólo les permite descansar (aunque parezca paradójico) cuando están trabajando, si permanecen fuera de sus viviendas o los fines de semana. "Comienzan a las ocho de la mañana, se van a comer a las dos, vuelven a las tres y terminan de trabajar a las seis de la tarde", comenta Carmen Sánchez, apuntando que "algunas veces también están por la noche".

Esta ciudadana no es encargada de ninguna obra, pero conoce casi mejor que sus responsables la rutina de trabajo que llevan a cabo tanto en la plaza del Progreso como en la construcción de viviendas que están realizando junto a su bloque. Carmen vive en un primero y, al abrir sus ventanas, lo primero con lo que se topa son decenas de obreros trabajando a destajo para levantar, excavar, restaurar y cambiar la zona que le rodea. Al preguntarles por los ruidos y demás inconvenientes, esta afectada asegura que uno de los mayores contratiempos es que "estamos vendidos. Antes había un muro aquí, pero ahora lo han tirado todo y cualquiera puede acceder al balcón o a las ventanas fácilmente". A esto se le suma que las numerosas maniobras realizadas por los operarios "hacen que la casa esté siempre llena de polvo por más que limpio, pero no queda más remedio que aguantarse". Además, "sólo puede descansar los fines de semana", comenta, mientras el ruido ensordecedor de las grandes máquinas se cuela por cada rincón de su vivienda. "Lo peor -apunta- es donde están haciendo las viviendas porque lo de la plaza no me molesta tanto". Una afirmación lógica, debido a que la plaza sólo se está remodelando y, en el caso del bloque en construcción, los obreros están trabajando desde los cimientos. La única ventaja que hay en este bloque de vecinos es que "al menos no hay niños pequeños en el edificio", ya que son los que más sufrirían la algarabía que llega desde el exterior.

También los vecinos de la plaza Plateros deberán aguantar estoicamente el final de las obras, aunque en su caso será sólo por poco tiempo porque en diciembre está previsto que finalicen. Una 'brevedad' que no se ha dado en la plaza de las Marinas, donde algunos vecinos se quejaron recientemente "porque ahora que estaba terminada la obra han comenzado a levantar parta del suelo otra vez". En el caso de la plaza del Caballo y del Arenal, la historia también va para largo. Por ejemplo, desde la plaza el Caballo hay vecinos que se quejan de excesivo ruido por las noches y hay otros, como Ángeles Jiménez, que se quejan de la suciedad en la zona. "Una cosa es que estén trabajando y otra es que todo esté patas arriba, porque incluso hemos tenido que llamar a Medio Ambiente", apunta.

Volviendo ya a la plaza del arenal, José Miranda es vecino del tercero en un edificio ubicado en la zona sur. Al subir a la terraza, el panorama es desolador: grúas, arena, camiones... "Esa tiene 32 metros y es con la que hacen las pantallas", asegura José, señalando con la mano una de las máquinas. Desde que las obras comenzaran allá por el mes de mayo, este ciudadano se ha convertido en todo un experto del terreno y cuenta con detalle cada una de las actuaciones que se han realizado en la zona, pero si hay algo que comenta con gracia es el trabajo de los arqueólogos. "No sé que están haciendo porque quitan tierra de un lado y la echan a otro, después dale que dale con una peletita y así todo el tiempo", comenta entre risas. Además, apunta que "ahí arriba han encontrado cosas y un montón de muertos y, aquí, dicen que hay un antiguo corral, pero la verdad es que ya eso sirve para bien poco". José sube a la terraza para contemplar la obra y no lo hace desde el psio porque "mi mujer ha salido y ella tiene todas las persianas bajadas para que no entre la suciedad". Incluso, puede verse ropa tendida en lo más alto de las terrazas colindantes, para evitar que la suciedad llegue a las prendas. Sin embargo, no sólo el polvo que entra a través de las ventanas es un problema, porque lo que peor sobrelleva es el ruido que entra de la calle. "A veces trabajan hasta por la noche, pero a las doce no puede haber ruido" , comenta, añadiendo que "una vez al principio de la obra tuvimos que llamar a la policía, pero ya no ha habido más problemas en este sentido". Eso sí, "cuando no están trabajando esto parece un cementario porque se queda todo en silencio".

Un poco después llega a casa su mujer, Amparo Sánchez, quien indignada levanta la persiana para mostrar de donde procede el gran ruido. De nuevo se ve la maquinaria, aunque en este caso están aún más cerca porque están en el tercer piso, en lugar de la terraza. "Es indignante esto, acabo de venir de la plaza Plateros porque iba a la droguería y los obreros me han insultado porque la estaba atravesando. ¿Por dónde querían que pasara si no había otro sitio?", comenta Amparo. Para esta vecina de la plaza del Arenal la barahúnda exterior y la contaminación, en general, no son los principales problemas. "Me hace gracia que Pacheco (el delegado de Urbanismo) nos diga que tenemos que ir en autobús o venir al centro andando y a él lo traen y lo recogen aquí abajo". Tan sólo recobra la sonrisa cuando apunta que "los sábados y domingos no hay nadie en la plaza y me siento como si estuviera en las nubes".

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