Bilbao, 10/03/04 Mucho ruidoCarlos Pérez UraldeQue este país es insoportablemente ruidoso sólo pueden negarlo los sordos, y si hay una estadística fiable en este mundo es la que nos coloca detrás de Japón como el lugar más estruendoso del vasto planeta Tierra. Aquí la gente habla a gritos, no hay fiesta, sarao o verbena que no fundamente su atractivo en el estrépito, los bares y tabernas consiguen el prodigio de mantener a pleno rendimiento y a todo volumen el hilo musical, la televisión, la máquina tragaperras, la cafetera y el entrechocar enervante de la vajilla, a todo lo cual se añade el vocerío de la parroquia.Los mil veces malditos ciclomotores con el tubo de escape amañado recorren la ciudad arruinando tímpanos, las sirenas de las ambulancias arrojan decibelios como en ninguna otra parte y los pubs y discotecas son el infierno de Dante para cualquier sujeto civilizado que no se haya vuelto majara. No sé si aquel foráneo que describió a los celtíberos como tipos malolientes, pendencieros y ruidosos exageraba, pero por lo menos en la última de sus apreciaciones se quedó corto. Por todo lo cual permítanme felicitar al Tribunal Constitucional por haber emitido una sentencia histórica desestimando el amparo que solicitó el propietario de un pub de Gijón previamente condenado por martirizar al vecindario con la música demente de su establecimiento. Los magistrados, con impecable criterio, reconocen la relación directa del ruido con la pérdida de calidad de vida, admiten los estragos físicos y psíquicos que la exposición al estruendo provoca y dan una lección magistral de sentido común. Quien firma esta columna lleva años repitiendo sin éxito la famosa frase de Schopenhauer cuando decía aquello de que la inteligencia humana es inversamente proporcional a la capacidad para soportar el ruido, pero voy a citarla otra vez aunque con ello sugiera que este país está lleno de imbéciles. Nunca entenderé por qué se encuentran dos amigos en la tasca y tienen que celebrar la coincidencia profiriendo grandes alaridos, ni comprenderé jamás qué placer pueden hallar esos niñatos que los dioses confundan atronando la calle con sus motos o conduciendo bajo los efectos estupidizantes de la música bakalao o como quiera llamarse. Ojalá la sentencia del Alto Tribunal sirva para algo y un día de estos podamos demostrar que somos un poco más civilizados que nuestro pariente de Atapuerca. No me lo creo ni yo, por supuesto. La barahúnda enloquecida está incrustada en el código genético de los pueblos de España como ninguna otra característica racial. Así nos va.
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