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Jerez, 06/02/04
Hablando en el desierto

Lo escandaloso

Francisco Bejarano
Unos jóvenes españoles, de paso por Dijón, se compraron unas botellas de bebidas alcohólicas y se sentaron en una plaza a bebérselas. Creyeron que estaban en España y, con el ardor de la bebida, empezaron a vociferar y a cantar coplas. Otro grupo de muchachos excursionistas españoles, en lugar tan alejado como Dinamarca, se pusieron a pintar grafitos en edificios públicos con la misma naturalidad que lo hacen en su país. En ambos casos no tardó en llegar la policía: en el primero, por insolentarse con los gendarmes, fueron detenidos y multados y, en el segundo, sólo hubo multa ante el desconcierto de los sancionados. Venían escandalizados porque habían sido reprimidos en países famosos por su libertad. En España, piensan ahora, hay mucha más libertad, ese concepto vagaroso no enseñado bien.

En los países en verdad libres, la autoridad, como su mismo nombre indica, ejerce la autoridad y no consiente que se arme ruido cuando los vecinos están descansando, o trabajando u oyendo música en su casa, porque a unos jovenzuelos de vacaciones se les ha ocurrido expandirse, y tampoco tolera que se ensucien los monumentos públicos ni las casas privadas con expresiones de un arte, marginal hace muchos años, que hoy está en los museos y en las instituciones como un clasicismo más del siglo pasado. El que ha sobrevivido, claro está. En Francia y en Dinamarca no tienen complejos en hacer respetar las normas. En España ninguna autoridad se atreve a reprimir, más bien las fomenta, estas formas de diversión, pues sólo llamarles la atención a los trangresores de las elementales normas de convivencia y de respeto a los bienes comunes y a los derechos individuales se tiene por autoritarismo franquista.

Al confundirse la naturalidad con la mala educación y la libertad con la insolencia, como ocurre en España, la causa del escándalo es la buena educación y lo que inspira menosprecio es el comportamiento discreto, porque el escándalo está en función del ambiente en el que se provoca. Cuando los misioneros mandaron vestirse a los habitantes de ciertas zonas ecuatoriales, fueron causa de escándalo y no ejemplo de virtud entre la población indígena y se retrasó la implantación del cristianismo. Cuando la tolerancia llega a extremos de conculcar derechos reconocidos desde la Antigüedad, es que hemos sembrado incultura y malas maneras y estamos recogiendo la cosecha. Quienes defienden la paradoja de la llamada cultura democrático-popular, no pretenden sino adular a la mayor cantidad de masa posible para aparentar ser también masa, recibir su aplauso y su voto. Después ya se verá cómo se contenta a los agraviados por la escandalera nocturna y a las víctimas de la mala educación.

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