Barcelona, 16/12/04 Del incivismo a la inseguridadCrecen las prácticas incívicas y preocupa que se apoderen de la forma de vivir de BarcelonaRafael PradasBarcelona presume colectivamente de ser una ciudad moderna, progresista, tolerante, culta, acogedora, solidaria y de contar con buen cartel internacional. Y, sin embargo, actitudes y prácticas incívicas preocupan de modo creciente. Son cuestiones diversas: suciedad, pintadas y daños en el mobiliario urbano, ruido de coches, motos, terrazas y locales nocturnos, falta de respeto hacia los peatones, invasión de aceras por los vehículos, despreocupación de muchos dueños de perros por lo que haga el animal en la calle-EN NOVIEMBRE, precisamente, se sancionó a más de 1.000 propietarios caninos y se hizo público que el ayuntamiento gasta al año la friolera de millón y medio de euros en una difícil, por no decir imposible, batalla contra grafitos en paredes y monumentos. Y que para vigilar el carril reservado al autobús, garantizando su velocidad, se debe recurrir a un nuevo vehículo de sofisticada tecnología capaz de capturar las matrículas de coches o camiones que invaden el espacio del bus. Todo eso se refiere, por supuesto, al campo más ligth del incivismo. Hay otros ámbitos (ciertos modos de conducir, conductas de fin de semana, episodios de botellón, ocupación de la calle por actividades como la venta ilegal o la prostitución, etcétera) que no pueden olvidarse y que merecen ser estudiados y tratados. Pero se hallan ya en la frontera que existe donde termina el incivismo y comienza a perfilarse la inseguridad. Una grave muestra la tenemos en la muy reciente agresión sufrida por un vigilante de Ferrocarrils de la Generalitat a manos de cuatro jóvenes chicas (dato este último que puede sorprender más o menos, pero no escandalizar en sí mismo) que regresaban presumiblemente de una noche intensa, y que se limitó a recordarles que debían pagar billete. Las causas del incivismo son complejas. El diagnóstico del ayuntamiento me parece bastante acertado: en una gran ciudad confluyen múltiples actividades, maneras de ser y de actuar y muchos intereses colectivos y particulares que a veces entran en contradicción. Desde esta óptica, Barcelona, con una intensa vida económica, social, cultural, popular, que atrae gran número de turistas, de visitantes de poblaciones del entorno, de inmigrantes, y que tiene un alto nivel de ocupación del espacio urbano, no presenta una quiebra generalizada de los valores cívicos, sino todo lo contrario. Eso como elemento positivo. EN EL POLO negativo: existe una idea demasiado generalizada (o así se nos intenta hacer creer desde algunos sectores interesados) de que el civismo es algo que se puede comprar a través de los impuestos municipales, como si pagarlos eximiese de cumplir cualquier otra obligación colectiva. Dicho de otro modo: ¿la culpa de la suciedad en la calle es sólo del ayuntamiento por no limpiar lo suficiente? ¿El ruido lo genera la falta de inspectores municipales o la falta de respeto hacia los demás? ¿Tiene alguna responsabilidad quien no respeta los horarios de recogida de basuras, quien aparca en doble fila o quien no controla el tránsito intestinal de su mascota? El ayuntamiento, por supuesto, tiene muchas responsabilidades en materia de civismo porque está obligado a garantizar el disfrute colectivo de la ciudad (el mantenimiento a tiempo es básico) y a hacer cumplir su autoridad, las leyes, las ordenanzas municipales, sancionando si es necesario. Ha de poder detectar los problemas antes de que se vuelvan crónicos, evitando que el incivismo se apodere de la forma de vivir la ciudad, que sea considerado normal . Debe conciliar intereses contrapuestos y sensibilizar sobre los valores de la solidaridad frente al egoísmo. Probablemente con campañas más directas, pero queda claro que las palabras no pueden suplir la falta de una papelera, un contenedor o un semáforo. Los consejos de distritos deberían ser muy activos en esta tarea, porque la batalla del civismo se gana calle a calle. Que la oposición municipal no se engañe: el incivismo no es fenómeno exclusivo de Barcelona. Afecta a todo nuestro entorno cultural, como ha recordado también recientemente una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo dando la razón a una ciudadana de Valencia que reclamaba el derecho al silencio. Y me atrevo a decir que se manifiesta en la calle, pero no empieza ni termina en la calle. La escuela y la familia han de jugar un papel activo en defensa de la ciudad compartida, acogedora y eficiente formando, por tanto, jóvenes ciudadanos comprometidos con lo colectivo. Resulta curioso constatar que quienes cargan las tintas en atribuir la responsabilidad plena y casi exclusiva del ayuntamiento, son casi siempre los mismos que más aversión sienten por lo público.
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