Granada, 07/12/04 TRIBUNAABIERTAHijos de una supuesta civilización y progresoJOSÉ MORENODÁVILAUSTED ha preguntado cómo están sus hijos y su amigo le ha contestado que están bien, que son muy majos y que le llenan de satisfacciones. Solo tiene un problema: de jueves a sábados, incluidos, se dedican en su casa, de madrugada, a beber. Como consecuencia de ello escandalizan a todos los vecinos de su piso, que se quejan de que no pueden dormir. Pero la cosa no acaba en eso. Como consecuencia de la juerga dejan toda clase de botellas rotas y de desperdicios en el suelo, lo que le ocasiona que haya tenido que contratar una empresa de limpieza para que en las primeras horas de la mañana le dejan la casa de forma que el tal amigo y su mujer puedan vivir dignamente a partir de media mañana. Además, fruto de la bebida, se dedican a menudo a romper las butacas, sillas y mesas de la casa, de manera que su amigo gasta un buen dinero en reponer cada poco tiempo una gran parte del mobiliario del hogar. Para que sus vecinos no protesten demasiado su amigo ha contratado un guarda jurado que lleva a sus hijos de una a otra parte de la casa para repartir el martirio entre todos los vecinos. Por supuesto que su amigo no está muy contento con la situación y por eso busca entretenimientos alternativos para sus hijos. Ha puesto vídeos y consolas de juegos y hasta algún día les ha llevado un ilusionista para ver si así se distraen en otra cosa. Pero la verdad es que hasta ahora sin éxito. A estas alturas a usted se le ocurren muchas ideas sobre la catadura de los hijos de su amigo y sobre la incapacidad de su propio amigo para acabar con una situación tan bochornosa. Piensa en qué haría usted mismo si tuviera que quitar por la mañana todos los despojos del tan querido suelo de su piso y que pagar la cuenta de la tienda de muebles que le repusiera de vez en cuando el mobiliario de la casa. Sin embargo, cuando usted hace esos juicios o piensa en lo absurdo de la situación puede que caiga en la cuenta de que eso es lo que hacen todos nuestros hijos -plantéese si prefiere llamarlos los hijos de esta sociedad o menos piadosamente sus propios hijos, porque ambas cosas son verdad- en nuestras casas comunes que son nuestras ciudades. Actualmente los ayuntamientos de una ciudad mediana como Granada gastan en limpieza y reposición del mobiliario urbano millones de euros o, si lo prefiere, cientos de millones de pesetas. Euros que son de usted y míos, que salen de nuestro bolsillo con el que se nutren los impuestos con los que los ayuntamientos de turno hacen frente a esta plaga. Euros que podrán servir para rebajar nuestros impuestos o -como no nos creemos que los políticos lo vayan a hacer aunque se acabara el botellón- para reparar la acera de su calle, mejorar el parque de su barrio o colaborar a soterrar la estación del AVE. Buscamos alternativas que no se encuentran, porque es muy difícil encontrar alternativas razonables para conseguir que unos jóvenes sean capaces de pasar todas las horas de la madrugada con otra distracción que les mantenga despiertos, que no sea castigándose el hígado -que no tenemos mas que uno para toda la vida- y suscribiendo muchas papeletas de una rifa en la que los ganadores saldrán alcohólicos para toda la vida. En Granada, en su día, se presionó a la autoridad universitaria para que los acogiera en sus jardines, de modo que molestaran menos al vecindario y el entonces rector, con toda la razón, se negó a ello. Supongo que se negaría porque la alternativa no es que destrocen los jardines y campus universitarios en vez de calles y plazas y, en segundo lugar, porque lo que le falta a la universidad española en estos momentos es que, además de tener unos altísimos índices de absentismo en las aulas y de fracaso escolar, la Universidad se constituyera de forma directa o indirecta en promotor de botellones, lo que abundaría en el camino de la antiuniversidad. Se supone que la Universidad forma para la vida -así, sin adjetivo- y prepara para la vida profesional, pero no para acoger un problema similar al de nuestro hipotético amigo que he inventado al comienzo de este artículo para sonrojo de nuestra sociedad y de nuestro sentido paternal. Podemos darle muchas vueltas a los problemas psicológicos y sociológicos de nuestra juventud, pero el sentido común nos debe hacer reconocer que el botellón urbano es un claro alejamiento de la civilización, la higiene y los más elementales modelos de convivencia. Probablemente hasta que no lo reconozcamos así, claro y evidente, no podamos estar en el camino de evitarlo.
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