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Granada, 06/12/04
TRIBUNAABIERTA

Mucho ruido

REMEDIOS SÁNCHEZ

ESTOS días pasados más de uno nos hemos llevado una sorpresa al leer la prensa. Se han hecho públicos los datos sobre el ruido y resulta que España es la segunda nación más escandalosa del mundo, después de Japón. Voto a Dios que no me lo esperaba; hubiera jurado que éramos la primera y con diferencia. Entre la otrora silenciosa, mística y metódica tierra del sol naciente (ahora la de Toshiba, Mitsubishi, Honda y la de otros mil artilugios técnicos) y nuestro país, la diferencia es mínima, me refiere muy indignada mi vecina del cuarto.

Esta buena señora que se queja del ruido que hacen todos los hijos de vecino de esta comunidad, no ha parado mientras en esa discoteca andante que es el coche de su hijo y que sobresalta al vecindario todos los fines de semana a eso de las seis de la madrugada, más puntual que el camión de la basura que cada día llega a una hora distinta, tal vez con el perverso fin de provocar más impacto con sus agónicos chirridos. Qué cosas: todos notamos el ruido ajeno pero no percibimos el propio, como si lo que nosotros hiciéramos fuese música celestial parecida a la que García Román creó y dirigió el otro día para el homenaje a Isabel la Católica en la Capilla Real, tan magníficamente organizado por 'Mujeres por Granada', de las que un día de estos tendremos también que hablar y no rebuznar, como ha hecho ya alguno.

Bueno, a lo que íbamos: si España es una de las madres del cordero en lo del ruido, Andalucía no digamos -en Chiclana el ayuntamiento local ha inmovilizado quince coches como el del hijo de mi vecina, que, dicho sea de paso, quedaría estupendo parado sine die en el aparcamiento municipal- y de Granada mejor es ni hablar.

O tal vez sí. Mejor es que nos refiramos al escándalo que provocan esas motos insufribles que tienen el tubo de escape como si fuesen escopetas de perdigones que van disparando cada cinco metros, o del botellón en el centro de la ciudad que tiene a los sufridos vecinos neuróticos a pesar del doble acristalamiento; de las discotecas con más decibelios de los debidos -o sea, todas-, de los pubs (a mí me gusta más decir bares, pero la moda es la moda y una está muy in), o de los coches-discoteca a los que ya nos hemos referido para ver si de paso capta la indirecta la del cuarto y matamos dos pájaros de un tiro.

De las sirenas de las ambulancias y de los coches de bomberos, que suenan con insolente persistencia a pesar de que no haya ni un obstáculo en su camino, mejor no decir nada porque puede que alguno me tilde de histérica o 'tiquismiquis', a pesar de que eso está ya más que superado en los países civilizados del norte de Europa donde los automóviles llevan una especie de sensor que detecta la presencia de éstos vehículos con una lucecita intermitente monísima y que encima no provoca alteraciones del sistema nervioso.

Si hablamos todos del asunto, lo mismo alguno de los que tienen cierta competencia (hasta ahora sólo patente y demostrada incompetencia) en estas cuestiones, a fuer de hacer nosotros también ruido -eso sí: bajito, por favor, que con los catarros invernales, el dolor de cabeza está a la orden del día-, tal vez nos haga algún caso y empiecen a tomarse un poco en serio el tema porque si no, más de un ciudadano frustrado y cabreado va a tener o que cambiar el ambiente de la ciudad por el del idílico campo que sale en los anuncios de la televisión donde sólo cantan los pajarillos y se oye el murmullo de las acequias, o bien comprarse unos tapones permanentes para los oídos, so pena de quedarse sordo o volverse loco en este microcosmos de ruidos infernales en el que vivimos en la España del siglo XXI.

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