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Santiago, 31/08/04

El sacristán de una parroquia de Val do Dobra disuelve a tiros un botellón en el atrio de la iglesia

Serafín, el sacristán justiciero

El cuidador de la iglesia de Santiago de Buxán está acusado de amenazas por descargar una escopeta para matar jabalíes ante unos chavales
Nacho Mirás Fole

Un vecino señala el lugar de los hechos Ortodoxo no es, pero nadie le va a negar efectividad a la política anti botellón del sacristán de Buxán. Si hay que impedir a tiros que la chavalada se desmadre en las propiedades de Dios, pues que corra la pólvora.

Serafín es buen vecino, gran sacristán, antiguo guardián de cantera y ahora, retirado, un maestro de la campana tocando a difunto. Si algo no soporta es que unos mocosos se le rían en las narices mientras dejan el atrio perdido de pipas. «Cuidadoso non hai outro», dicen.

Buxán está a veintitantos kilómetros de Compostela, en Val do Dubra. Está encomendada a Santiago y sobre la puerta de su iglesia hay una bonita representación del patrón de España masacrando infieles con una espada que parece una motosierra. Pero, después de lo del otro día, lo mismo hay que renovar el icono o, por lo menos, dedicarle una vidriera a Serafín.

Porque el sábado por la noche, en la velada que separa la fiesta en honor a San Campio de las honras al Santísimo Sacramento, la santísima paciencia del sacristán tocó fondo.

El chimparachín de la verbena nocturna no calmó las ansias de los chavales de la zona, que decidieron prolongar el homenaje a San Campio organizando un botellón en los alrededores del templo parroquial. Fuera de programa. Y allá se fueron, armados de chucherías y envases no retornables. Era de madrugada cuando Serafín regresaba del baile.

El sacristán vive en una pequeña casa que no está lejos de la iglesia. «El é solteirón e o que fai é coidar da igrexa e tocar a campana; ten esto como un reló», explica un vecino.

A punto de irse a dormir se encontró de bruces con su peor pesadilla: un sonoro jolgorio juvenil en sus dominios impolutos. Se iba a armar la de Dios. Y se armó.

Serafín les llamó al orden. Ni caso. Insistió. Nada. Una vecina cree que es bastante posible que el sacristán «levara un vaso». Quizás la poción mágica del país contribuyó a convertir al asistente del cura en el vengador de la noche de Buxán. Sin contemplaciones, se fue a casa, cargó la escopeta y volvió seguro de que la pólvora le devolvería la autoridad y el honor perdidos. Como que me llamo Serafín, apuntó al cielo y descerrajó dos cartuchazos en la nada que no sonaron muy diferentes a los foguetes de la sesión vermú. Los chavales tragaron saliva y se contaron los dientes. Todos enteros. Uno llamó desde el móvil a la Guardia Civil.

Los guardias llegaron ligeros y se llevaron al cuartelillo el lote compuesto por escopeta, cartuchos del doce y sacristán sublevado.

Ayer declaró ante el juez, acusado de amenazas. La escopeta tiene papeles para batir jabalíes, no para imponer el orden en la noche de Val do Dubra. Los vecinos lo esperan, lo quieren y lo justifican. «É bo fulano, pero perdeuno o seu fanatismo por ter esto ben coidado», dice uno de Buxán que resume así de profundo el comportamiento del sacristán: «El obrou con xustiza, pero fóra da Lei».

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