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Elgoibar, 06/10/03

Las autoridades de Elgoibar admiten que están desbordadas por las avalanchas de los sábados

Miles de adolescentes convergen en la localidad en busca de diversión. Los vecinos denuncian un creciente «desmadre» con el alcohol y las drogas
Blanca Álvarez
LOS DATOS
Afluencia: A las 16.20, 18.00 y 19.00 desembarcan 400 jóvenes en cada tren. El último tren hacia Eibar, a las 22.07 es el conflictivo: cerca de 300 chicos en el andén, muchos con exceso de alcohol y otras sustancias.

Urgencias: La media de atenciones que hace la Cruz Roja un sábado es de cinco.

Policía: Reforzada con cuatro agentes. Insuficientes para controlar a cerca de 5.000 jóvenes

Los sábados por la tarde Elgoibar recibe a miles de jóvenes dispuestos a celebrar el botellón, una diversión que degenera en vandalismo y ha provocado la alarma en el pueblo. La máxima autoridad, la alcaldesa María Victoria Aguirregomezcorta, reconoce encontrarse «desbordada por la situación». Sólo lleva tres meses al frente de la Alcaldía y asegura que, desde el primer día, la Corporación se planteó como prioridad la erradicación del botellón. La semana anterior al suceso en el que dos quinceañeros fueron arrollados por el tren al regresar a casa, habían tomado contactos para solicitar ayuda con el fin de resolver el tema pero sin concretar un guión de trabajo.

«El accidente nos obliga a ir a una velocidad que no era la deseable, aunque ha hecho que todos se impliquen más: los ayuntamientos de otros municipios se han ofrecido a ayudar y se ha incrementado el diálogo con los vecinos», indica. «No se me ocurre solución mejor que invitar a los padres de los chicos a que se acerquen a Elgoibar».

Mucho más que alcohol
Otras ciudades que han tenido los mismos problemas con el fenómeno botellón han optado, sin embargo, por medidas drásticas. Madrid fue pionera con su «ley antibotellón», que entró en vigor el 29 de julio de 2002: La prohibición legal de consumir alcohol en la calle, es castigada con multas de hasta 300 euros o con trabajos en beneficio de la sociedad. Comunidades como Castilla y León o Cataluña cuentan con normativas similares a la madrileña.

Los entre 3.000 y 5.000 chicos que se reúnen cada sábado en Elgoibar beben, gritan, hacen ruido y disfrutan de una música excesivamente alta. Pero lo que ha convertido en insostenible la situación es el vandalismo: los chicos rompen el mobiliario urbano, tiran papeleras, vomitan y orinan en la calle. «No se puede cruzar la calle, ni siquiera para ir a Misa», explica Rosa Zabala. Los domingos el suelo está tan sucio que los zapatos se quedan pegados.

Muchos vecinos se han resignado a no salir de casa las tardes del sábado. La oleada de jóvenes dispuestos a colocarse, ha dado lugar a que se pierda una calle del pueblo, y son muchos los que deciden rodearla: «Si te arriesgas a pasar, te pueden caer insultos, empujones...». El alcohol corre a raudales, pero los vecinos tienen claro que no es lo único que se consume, también toda clase de drogas: «La agresividad que tienen estos chicos no la causa sólo beber en exceso».

Vecinos indignados
A las incomodidades que provoca el botellón se une el coste económico: los vecinos de un edificio recién construido han tenido que poner verjas para defender su propiedad, también se han colocado pivotes para cercar un polígono industrial... Muchos de los dueños de los establecimientos de la calle deberán cambiar sus escaparates: «Me dejaron un regalo el fin de semana pasado», explica el propietario de Deportes Iriondo, mientras señala los restos evidentes de un botellazo en la luna de su tienda. «Deben tomarse medidas. Si no lo hacen las autoridades, la Asociación de Comerciantes».

Muchas veces la marcha termina en los puestos sanitarios: «Es un escándalo», expresa Mila Picaza, responsable de Cruz Roja. Lo más preocupante de la situación es que la media de edad de las atenciones por comas etílicos y otras sustancias ha disminuido de manera alarmante en pocos años: de 19 a 13 ó 14 años. «La gente empieza a habituarse y no es ni normal ni habitual que un niño de 13 años tenga una 'trompa' impresionante».

La media de atenciones que hace la Cruz Roja un sábado es de cinco; algunos, como el pasado, fue excesivo, con siete; los fines de semana tranquilos se atiende a dos o tres chicos. «Pero las atenciones no son tan significativas como el ambiente». Mila Picaza solicita la implicación de padres, Ayuntamiento, educadores... para evitar sucesos como el del pasado sábado. «Se veía venir. Ha habido accidentes similares, pero no ha trascendido porque no se había arrollado a nadie».

También interviene con asiduidad la Policía Municipal. Se encarga de poner orden en el pueblo. Dada la población habitual, tiene una plantilla de 16 agentes; la tarde del sábado la refuerza con cuatro más. Aun así, es imposible controlar una población que recibe en pocas horas a 4.000 personas más. A pesar del trabajo que realizan, las quejas de los vecinos por la pasividad y desidia de la Policía Municipal son continuas. No las comparte su responsable, Javier Uñederra. Reconoce que se bebe demasiado y hay salvajes, «pero son la minoría», expresa.

Cree que todo empieza en casa, «donde hay que educar a los hijos» y también que no es un problema sencillo de resolver y todos deberían poner de su parte: los supermercados que venden alcohol, los educadores, los padres... «y muchos de éstos conocen la situación, porque les enviamos a casa expedientes administrativos». Deberían, además, «tener en cuenta nuestras dificultades, porque desde fuera es muy fácil dar soluciones».

Educar en valores
Las consecuencias de la marcha elgoibatarra llegan también al plano de la educación. Tras el fin de semana los profesores tienen que recalcar «que no es ése el ejemplo a seguir», explica el jefe de estudios del Instituto de Elgoibar. Aclara también que el comportamiento de los jóvenes en las aulas es ejemplar: «Son correctísimos». El centro inculca una serie de valores entre los chicos, que reciben pautas de comportamiento.

Responsabiliza además, en parte, a los medios de comunicación, que proponen modelos de conducta equivocados: «Dedican mucho tiempo a programas frívolos».

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