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Logroño, 30/11/03
| NUEVA ORDENANZA DE RUIDO | LA VIDA EN SIETE INFANTES

Noches en vela en Siete Infantes

Hablan los vecinos del barrio logroñés para relatar una historia de insomnios, niños que se despiertan asustados en plena noche, terapias contra la ansiedad y quejas contra la permisividad de la Administración

Les ha pasado a ellos, pero le pudo pasar a usted. Cuando explican su penosa peripecia, todos coinciden en hacer una invitación: la de que nos pongamos en su lugar. Son cuatro vecinos de Siete Infantes que acaban de recibir una noticia esperanzadora: el Ayuntamiento anuncia que endurecerá la normativa sobre ruidos. Tal vez sea el principio del fin de años de insomnio, humillaciones y hasta algún cuadro depresivo.

Ésta es su historia.

J. ALACID

SIETE INFANTES. Vista nocturna de la calle Club Deportivo, una de las que concentra más bares del barrio. / ENRIQUE DEL RÍO
JESÚS Y SONIA
«El Ayuntamiento y el Gobierno nos han fallado»

«Nos empezamos a preocupar cuando se concedió la licencia. Entonces se inició nuestra batalla. Si es una cafetería en plan tranquilo, pues lo entiendes, nosotros mismos vamos por ahí a tomar algo, salimos, nos divertimos. Pero también existe el derecho a descansar y no deben ser incompatibles. Lo debería garantizar la Administración, pero el Ayuntamiento y el Gobierno nos han fallado. Hemos tenido hasta trece denuncias positivas de ruido a nuestro favor y el Ayuntamiento no hace nada. Toma medidas cautelares, pero el administrado tiene la sensación de que están riendo del él».

«Una vez, invité a una chica del Ayuntamiento a un fin de semana en mis casa, a gastos pagados, para que viese el sufrimiento que tenemos los vecinos. Por mucho que lo describas, si no se vive desde dentro, no se puede creer lo que es vivir con 30 decibelios».

«Los del bar sólo ponen parches, no dan una solución definitiva. Te acabas cabreando. Lo oyes todo, la música, las sillas y el día en que hay bodas, acabas frita con lo de vivan los novios».

«Yo he estado bajo tratamiento para poder dormir pero llega un momento en que piensas que no puedes estar toda la vida tomando pastillas. Lo que más te agobia es que como adulto te puedes medicar o ponerte tapones como nos dijo el Ayuntamiento, pero qué hago con mi hija. Ahora tiene cuatro años, pero con dos, cuando recogían en verano la terraza y arrastraban las sillas y las mesas, se despertaba asustadísima. Cómo le explicas que eso que oye sólo es el ruido de la calle. El nerviosismo de los padres se transmite a los hijos y lo pagas con ellos».

«Lo más indignante fue ver al dueño del bar plantado en el Ayuntamiento con sus hijos, llorando y diciendo que los vecinos le acosábamos... Tiene narices. Lo cerraron una temporada porque teníamos un montón de denuncias y al fin se hizo algo, pero es que para una notificación se tardaba mes y medio, como si este señor viviera en Nueva York».

CARMEN
«Me ha condicionado la vida, mi carácter no es el mismo»

«Exactamente, el 16 de noviembre hizo dos años. Lo recuerdo perfectamente porque fue la primera denuncia: cuarenta decibelios por arrastres, a las seis de la mañana. No sé qué era lo que arrastraban. Sólo lo puede contar la persona que lo sufre. Quien no lo sufre, puede pensar que exageras, que estás demasiado nervioso o que quieres hacerle daño al de abajo, cuando no es así: yo no quiero que cierre, lo que quiero es dejar de oírles».

«Estuvimos durante un año y pico hasta que el Ayuntamiento cerró el bar. Notábamos el ruido de la cisterna a 25 y 26 decibelios, oíamos claramente a la gente taconeando y la letra de las canciones. Estar en casa es como estar en el bar. Es que vienen amigos y me dicen que dónde me he metido. Baja la verja de golpe, a mala idea. Vaya, no es que la baje, es que la estrella contra el suelo, hasta que se la precintaron. Era un ruido que no se puede imaginar, como si pasara un tren a tu lado».

«Es que es una experiencia muy dura. Algún vecino ha tenido que tomar pastillas para dormir y yo tengo que hacer cursos de relajación, porque tuve dos ataques de ansiedad que me creía morir. Como si tu cabeza fuera una olla a punto de explotar. Con los cursos voy bien, mejor que con las pastillas. Las tuve que dejar porque no me encontraba en condiciones al día siguiente».

«Estoy casada y tengo dos niños que también lo han pasado también mal. Aunque no pierden tanto el sueño como los mayores pero se levantan fatigados de las vibraciones, es que lo notas en sus caritas. Yo misma también me levanto como si me hubieran dado una paliza, porque aunque duermas, no descansas».

«Al que vaya a poner ahora la normativa contra el ruido le diría que se viniera a vivir una temporada con nosotros. Vivir es un decir, porque no vives y menos ahora, que vienen meses muy duros, con los horarios especiales en Navidad. El día de Nochevieja nos tendremos que ir de casa para no oírlos, porque no se puede estar llamando la Policía los 365 días del año, no se puede. Porque además lo que quieres es desconectar. Yo he dejado de trabajar, he dejado de hacer muchas cosas. Me ha condicionado la vida, mi carácter no es el mismo, te afecta hasta la relación de pareja. Qué paradoja: yo vivía en la calle Huesca, también en un primero encima de un bar porque tengo problemas de vértigo y no puedo vivir en pisos altos y nos vinimos a Siete Infantes porque nos lo vendieron como una zona residencial, tranquila. Y en la calle Huesca no había tenido problemas con el dueño del bar. Pero es que antes también viví Madrid al lado de la M-30 y ni aquel ruido molesta tanto como éste».

«¿Esperanza? Sí, sigo teniendo esperanza de que esto se solucione. Quien venga detrás se beneficiará de lo que nosotros hemos luchado. Esto hay que corregirlo sin que tengamos que salir huyendo. Culpable no sé quién es, pero los afectados somos nosotros. Tenemos un derecho que nos están limitando».

ARACELI
«Tengo taquicardias y tomo pastillas para la ansiedad»

«Lo que nos ha pasado es muy penoso, muy triste. No sé si el alcalde se va a decidir a actuar. El problema es que la ordenanza es muy permisiva y además hay una gran falta de medios para cumplirla. Cuando montaron el mesón debajo de casa hace cuatro años, lo hicieron muy bien y así estuvimos, con una amistad tremenda. Era increíble pensar que acabaríamos así. Le empezó a ir bien el negocio y amplió. Cogió unos locales y los comunicó abriendo una puerta. Tiró el muro y se acabó la insonorización. Nadie sabe lo que es notar debajo de tus pies arrastres de sillas que dan más de treinta decibelios o una cámara frigorífica de 26 decibelios que me da a la cabecera de la cama».

«Demandar a alguien es muy doloroso, estuvimos como un año hablando con él, convenciéndole, porque había una buena relación. Mi marido llegó incluso a bajar para ponerle unos tacos a las sillas, porque cuando recogía y las arrastraba era horroroso. Nos decía que lo que nos pasaba era algo psicológico».

«Llamamos al Ayuntamiento y ahí empieza el calvario. Empezó por venir a la Policía y comprobó que había exceso de decibelios. Pero luego tardaron un mes y lo único que le pidieron fue un requerimiento para que lo arreglen. Es que la verdad es que no tienen personal... Me he salido catorce mil veces del trabajo para ir al Ayuntamiento porque pasaba el tiempo y no hacían nada y lo único que le mandaban era un requerimiento. Pero como la multa eran 15.000 pesetas... Le salía tan barato que alquiló otro local y volvió a ampliar el bar. Así que más ruido, porque está sin insonorizar... Más denuncias, llamadas a la Policía, visitas al Ayuntamiento... Por fin, el 23 de mayo del 2002 logramos la orden de cierre pero sorprendentemente él ahora se niega a cerrar. ¿Cómo puede tolerarlo el Ayuntamiento? Es que no me lo explico».

«Empecé tomando pastillas para dormir, porque los tapones ya no me hacían nada. Luego tuve taquicardias y no lo asociaba con eso, hasta que la médico me dijo que lo que tenía era un cuadro de ansiedad y me recetó más pastillas».

«En febrero nos recibió el concejal de Urbanismo y nos aconsejó que esperásemos a la nueva ordenanza pero es que la actual ya la está incumpliendo. ¿Dónde está nuestro derecho? Luego hablamos con el alcalde en vísperas de las elecciones y pidió un informe que nos daba la razón, pero no nos han vuelto a recibir. Los únicos que nos hacen caso son los de la Asociación de Vecinos y la concejal del PSOE Concha Arribas. Tenemos derecho a que el Ayuntamiento nos escuche».

«Un día me encontré en la calle al dueño le bar y le llamé de todo, le dije sinvergüenza, algo que no había hecho en mi vida. Es que estoy cansada, esto es indignante. Te cambia la vida. He dejado de leer en la cama, no puedes dormir. A ver si nos escuchan a los que hemos sufrido al menos para que otros se beneficien».

ANTONIO
«Misteriosamente, baja el ruido cuando llega la Policía»

«A partir de los jueves en que abre el bar, yo también bailo la samba con ellos. Es que notas todo: las vibraciones, los ruidos... Y empiezas a perder el sueño. En realidad, desde que abrieron en mayo ya empezamos a preocuparnos. Nos informamos y cuando nos dijeron que abrían un bar, que tenía licencia de obra y de actividad y que estaba todo legal, nos tuvimos que resignar»

«Dicen que está insonorizado, pero toda insonorización tiene un límite. O sea, que si está para 200 y meten 230, pues esos treinta de más se oyen. Nadie se puede hacer a la idea de lo que pueden suponer treinta decibelios de más. Te juro que no puedes dormir. Escuchas la canción y si te la sabes, acabas cantando con ellos».

«Hemos protestado, hemos hablado con ellos para solucionarlo por las buenas. Todos son buenas palabras pero nada. No se puede hacer nada. Cuando llega la Policía, misteriosamente se baja el ruido, qué casualidad. No sé si es que los ven venir y les avisan o qué. Además, te da apuro llamar porque luego llegan y no dan con el exceso de decibelios de exceso. Al final, parece que somos unos raros, que nos quejamos por nada».

«Esperemos que con la nueva ordenanza por lo menos se reduzcan las emisiones de ruido, que haya menos permisibilidad. Ellos hacen lo que quieren pero al que hace una vida normal, le dan todas en el mismo papo».

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