Sevilla, 29/11/03 La esquinaDecibelio y autoridadJosé AguilarUNA sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha condenado al Ayuntamiento de Sevilla a pagar a un ciudadano los 18.000 euros que tuvo que gastarse en un sistema de aislamiento acústico de su domicilio, en el barrio de Los Remedios, para poder sobrevivir al ruido procedente de un local de diversión -ajena- ubicado debajo de la vivienda. El ciudadano ahora vindicado, con una moral alcoyanesca sólo explicable por el sufrimiento insoportable al que era sometido, estuvo catorce años formulando quejas y denuncias al Excelentísimo y no obtuvo sino la callada por respuesta, lo que le indujo a acudir a los tribunales. Una medición realizada en el dormitorio de la víctima en pleno funcionamiento del local denunciado, a base de cante, baile, falta de insonorización y apertura sin horario limitado, arrojó "resultados intolerables para la intimidad y el descanso". El TSJA considera que la inacción municipal y espesa perjudicó, y cómo, al vecino, y condena al Ayuntamiento a abonarle todo lo que, harto de coles, invirtió de su bolsillo en protegerse del imperio del decibelio y la inhibición de la autoridad, una mezcla que resulta explosiva para las personas normales. El condenado Ayuntamiento es reincidente. Reincidente en la condena, me refiero. Hace casi un año el mismo TSJA lo obligó a desmantelar la macrobotellona que molestaba a todo un barrio del casco antiguo, y al principio del pasado verano tuvo que hacer frente a una nueva multa por desoír las razonadas protestas de otro vecino, también de la misma zona, que vivía (es un decir) encima de una conocida discoteca. Es una suerte que el supremo tribunal de la Justicia en Andalucía empiece a poner las cosas en su sitio en materia tan conflictiva y delicada, como lo es que haya andaluces que, solos o en compañía de otros, se resistan a aceptar con resignación que unos negociantes inescrupulosos les arruinen sus noches de sosiego y descanso e inviertan su tiempo, su dinero y sus energías en hacer que se respeten sus derechos que, al final, son los derechos de todos, porque esta jurisprudencia no sólo servirá para acciones judiciales futuras, sino que puede eventualmente lograr que muchos empresarios del sector ocio desistan de ese hábito extendido y dañino de enriquecerse a costa de la salud de quienes han tenido la mala suerte de ir a caer junto a los bares, discotecas y asimilados que han hecho del ruido una seña de identidad. Tienen una gracia que no se puede aguantar, y eso es lo que dice el TSJA: que no se les puede aguantar. Como la inteligencia suele ser inversamente proporcional a la capacidad para soportar el ruido, cabría deducir que los vecinos que protestan son seres inteligentes. En realidad son solamente pequeños héroes cívicos, anónimos ciudadanos que un día, antes de coger una escopeta de cañones recortados, deciden echar mano de la ley y pedir amparo a la Justicia. Que Dios los bendiga.
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