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Tarragona, 15/07/03
Renfe no prevé rampas ni escaleras mecánicas; le basta con el desastre de los ferrocarriles
Olga Xirinacs

Al ritmo del verano

Mediodía. El tren en que vuelvo de Barcelona se para en un descampado. A mi izquierda, alcachoferas secas, con su flor morada desafiando la muerte. A la derecha, un tractor levanta polvareda al fondo, y junto a la vía del tren una zarza cargada de moras ya rojas. Después de diversos cortes eléctricos salgo a la plataforma a respirar. Pasa un interventor anunciando que en la vía hay un tren averiado, que, dice, retirarán en breve. El viaje de ida, en la misma mañana, lo he hecho en un tren anterior al que tenía previsto; debido al retraso, el anterior llegaba al andén cuando yo subía a esperar.

Al ver el ferrocarril rezagado me he dicho: “Por lo menos éste va a salir”. Ignoro la suerte del que debía llevarme. Es mucho para una mañana. En los vagones, llenos y con pasajeros de pie, no se oye una mosca. La gente está aplastada por el intenso calor, por la fatalidad y por la incapacidad de protesta. Ritmo perdido.

Pero se celebra el III Curs Internacional de Música de Tarragona, del 11 al 20 de julio. “Quizá el ritmo se recupere”, pienso. Participo en una mesa redonda con este enunciado: “¿Qué hace un artista como tú en una sociedad como ésta?”. Escribo los apuntes desde mi asiento del tren. Pienso en seguida en los ritmos. Del estruendo al silencio. Proponer “una sociedad como ésta” exige definición o juicio. ¿Qué sociedad? ¿La del país? ¿La local? Mimética una de otra, aun así su personalidad tendrá, y yo debo ceñirme a la de Tarragona, sociedad industrial y de ocio ruidosa, incentivada por políticos permisivos.

Los ingenieros sabrán diseñar silenciadores, pero ya sé, son caros y en la realidad no se aplican. Y habrá alguna que otra norma que limite el ruido y haga respetar el descanso. Pero no, todo lleva autorización municipal. Los ciudadanos se sienten a gusto entre decibelios irresistibles. En los meses de verano, sólo puedo abrir mi ventana a partir de las tres de la madrugada, cuando las terrazas han recogido sus bullicios. Entonces me llega, lejana pero audible, música máquina aporreando el aire hasta cerca de las cinco, y me digo: “Pobres vecinos, qué aguante”. Son los ritmos del verano, impuestos. Será la tan cacareada educación ambiental, ecológica y solidaria. ¿Cómo integrar el propio ritmo en “una sociedad como ésta?” ¿Hay quizá otra sociedad donde se recojan algunos náufragos?

El tren llega por fin a la estación de Tarragona, hacia las tres del tórrido mediodía. Escaleras arriba cargada con el equipaje. La compañía Renfe no prevé rampas ni escaleras mecánicas; le basta con el desastre de los ferrocarriles. Se recolocaron las escaleras de la Baixada del Toro. No se le ocurrió a nadie hacer una rampa, y lugar hay.

La nuestra, Tarragona, aspira a ser, también, una ciudad de diseño, pero es burda en sus detalles. Se nos imponen ritmos sin que los de a pie podamos introducir el nuestro. Pero, a mi derecha, las playas de la ciudad bullen de personal, y, a la izquierda, Roger de Llúria aguarda, impertérrito, el paso del caminante al ritmo que sea. Y Roger de Llúria pensará desde su altura: “¿Qué más da?”.

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