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Granada, 10/2/3

PUERTA REAL

Ciudad ruidosa

JUAN BUSTOS

EL Ayuntamiento ha anunciado una campaña para controlar el excesivo ruido de ciertos establecimientos nocturnos, que impide el natural descanso de sus vecinos. Casi seguro que la mayoría de los lectores de estas líneas, conocerá alguien que se vea afectado por tan molesto fenómeno. Porque son cientos los granadinos que, para su desdicha, tienen en los bajos de sus viviendas un pub, una discoteca o un bar, cuyo estruendo les mantiene insomnes hasta bien avanzada la madrugada. En nombre de todos ellos, demos la más calurosa bienvenida a la campaña y deseémosle éxito, para que esas personas puedan recuperar el pequeño derecho que se les niega hasta ahora: el del descanso.

En Granada hay mucho, muchísimo por hacer para que el ciudadano normal deje de sentirse perseguido, sometido día y noche a la erosión del ruido, absolutamente indefenso ante él. Uno de los hechos que me permite calibrar con mayor claridad el excesivo ruido de nuestras calles, lo observo a mediodía, en la Gran Vía, en torno a los autobuses que esperan a los turistas de su visita a la Capilla Real. Veo en sus gestos reflejado el estupor que les produce tener que hablarse a gritos, a pesar de caminar juntos, porque el ruido circundante es superior a sus voces.

Hemos llegado a ser, desgraciadamente, una ciudad excesivamente ruidosa, con licencia para todos los abusos: escapes, bocinas, altavoces, televisores, escándalos juveniles nocturnos, en suma, una invasión ancha y profunda de ruido, difícil de soportar para los visitantes extranjeros, pero a la que los granadinos nos hemos casi acostumbrado, quizá por aquello que escribió Manuel Machado: «Toíto es hasta acostumbrarse. / Cariño le toma el preso / a las rejas de la cárcel».

Es casi habitual que la mayoría de la gente menosprecie los serios inconvenientes del ruido. Sin duda, en la relación de preocupaciones ciudadanas de los granadinos, el ruido no figurará en los primeros puestos. El tráfico, la falta de aparcamientos, la inseguridad ciudadana, la suciedad callejera, seguro que le preceden. Y, sin embargo, el exceso de ruido es una de las notas que inciden más negativamente en la deseada buena calidad de vida de ciudades como la nuestra que, sin ser urbes industriales ni nada que se les parezca, son auténticas fábricas de ruidos superfluos e innecesarios. No es problema de inadaptación de unos pocos exigentes, como pueden pensar algunos. Es que la vida de Granada parece dominada por el ruido. Incluso hay quien lo considera la costosa factura de pago por otras comodidades.

El ruido que resignadamente venimos soportando y padeciendo, no es más que un ejemplo de los constantes y preocupantes ataques con que nuestra sociedad nos hostiga, violando la esfera de los pequeños derechos -que por pequeños no son menos derechos- que todos nosotros, de manera irrenunciable, tenemos. Estoy seguro de que si el ruido excesivo de Granada se redujera alguna vez civilizadamente, la ciudad dejaría de ser un territorio en permanente tensión para convertirse en un lugar atractivo para la vida y la convivencia.

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