Vitoria, 27/12/03 Un sonoro problemaCarlos Pérez UraldeLos términos del problema son sencillos, pero los de su resolución no lo son de ninguna manera, salvo si se recurre a la buena voluntad. Por un lado están los jóvenes parranderos de la noche, que necesitan las horas más profundas para divertirse metiendo gran bulla. Por el otro lado están los vecinos de las zonas de copas, que apenas pueden conciliar el sueño por culpa de los noctámbulos embravecidos por los copazos. Y para culminar el cuadro, se encuentran los hosteleros, que si ven restringidos sus horarios de servicio pueden perder un buen pellizco en lo que a ganancias se refiere.La autoridad competente tiene la obligación de poner orden en este caos y unas veces lo hace bien, otras lo empeora todo y otras ni se molesta siquiera en hacer algo. Si se muestra permisiva en los horarios, los vecinos se sentirán perjudicados. Si se pone drástica, convocará la doble ira de los noctámbulos y de los hosteleros. Y si no adopta ninguna decisión o va dejando que las cosas pasen sin intervenir en ellas, el problema crecerá hasta extremos de conflicto incontrolable. El más listo de la clase sabrá cuál es el remedio para la enfermedad o si ese remedio será peor que el mal que pretende curar. Quien esto remite no se siente en este asunto de ninguna manera el más listo de la clase. Comprende a los vecinos asediados por el insomnio, intenta entender a los chavales con ganas de mambo, se pone en el lugar de los hosteleros y de las autoridades. Lo que no consigue entender es por qué para divertirse hay que meter tanto ruido. Eso no.
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