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Valencia, 10/12/03

El ruido mata

Carlos Pajuelo de Arcos
En el fondo estoy contento porque mi oído no deja de captar la selva del motor que se arroja sobre mis balcones cuando estoy en casa y sobre mis sentidos cuando estoy en la calle y noto como si el ruido me empujara hacia delante, doblándome.

¿Hay una ordenanza escrita que contempla en decibelios, creo, el ruido máximo en Valencia? ¿Sí? Aplíquenla.

El silencio oprime, dicen, pero un poco no creo que mate. Ya no oigo lo que la gente habla cerca de mí porque el ruido de la moto haciendo el caballito me lo impide; por cierto: ¿por qué llaman caballito a esa animalada de peligroso potencial de avanzar a toda milk sobre una de las dos ruedas de una ruidosa máquina que escupe humo y brama como una manada de hienas? Metan mano.

¡Oh tú, abnegado servidor de la ley que me persigues para colocarme una multa porque hablo con mi amada esposa por el móvil y truncas lo que podía ser una oda amorosa, mientras a cinco metros y medio bandadas de moteros esquivan hábilmente esquinas de coches que se amontonan en paciente cola de atascos épicos!, dime ¿dónde estás? Ven a liberarme de este abrazo metálico.

Ahora llegan las fiestas amorosas por excelencia y todos nos damos a la Navidad, o sea a los grandes y ruidosos almacenes que nos golpean el tímpano mediante cancioncillas del año de la polka, donde Bing Crosby vuelve a recordarnos lo de las campanitas y Rafael nos coloca con su machacón “tum, tumtum” mientras camina a Belén y parece no llegar nunca. Es el éxtasis.

La calle es una fiesta, las luces son como estrellas y los sonidos compiten entre sí en una furiosa carrera por ver quién llega más rápido, más alto y más lejos en plan olímpico, aunque creo que más rápido no, porque yo llevo dos horas intentando llegar tarde a una reunión inútil y lo voy a conseguir y siempre tendré la coartada del atasco.

He pensado en el aislamiento total, en convertirme en anacoreta, ya que creo que la ordenanza no será aplicada nunca. Cuando lo comento todos se empeñan en decirme que estamos en el Mediterráneo como si no lo supiera. Yo, que hasta he tenido un apartamento en El Saler y lo he vendido y ahora todos en mi casa se burlan de mí por no haber intuido que venía la Copa América y por no haber tenido amarres, aunque no tengo barco.

Estoy solo en mi sordera próxima y muy acompañado en mi buen oído callejero, la paradoja está servida. Lo mío es la calle. Yo comprendo que el voto es secreto, que el voto es lo que vale, que el voto es mágico e incluso rentable porque mantiene la ubre de la Administración abierta para las bocas que han sabido mantenerse pegadas al pezón público, pese a los avatares varios, a los transfuguismos conocidos. Primun vivere.

¿Podrían, si son tan amables, si nos les causa molestia, incluso sin dejar de mamar de la teta pública, atender el ruego,las preces, las rogativas en torno al ruido?

La campaña del casco obligatorio para moteros ha sido un éxito que además de salvar vidas ha demostrado que cuando se quiere se puede. Muy bien.

Por otra parte doy noticia acerca del caso, sin demostrar, de un ciudadano que ha terminado una tesis doctoral en un atasco, ha perdido el sentido de la orientación y está aquejado de una dolencia en el yunque y en el martillo de su oído derecho. Deben ser bulos que se van convirtiendo en rumores. Propongo que se elimine el ruido. No tengo ni idea de cómo, pero por algo se empieza. ¿No?

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