Valladolid, 27/4/3 LA CIUDAD IMAGINADAEl lujo del silencioJOSÉ ANTONIO SALVADOR POLO / UrbanistaLOS españoles tenemos fama de ruidosos. Y nos peleamos por los primeros puestos del ranking con Japón. Me he preguntado si somos genéticamente ruidosos o es un problema del medio en que nos ha tocado vivir. He llegado a la conclusión de que el urbanismo y la arquitectura mediterránea son propicios para que hablemos a voces. Es fácil imaginar un bar lleno de gente envuelta en humo y ruido, envidando al mus con estrépito o estrellando las fichas de dominó contra la mesa de mármol mientras se grita alguna amenaza al contrario. O los bares en donde la música deja de serlo para disolverse en un ruido ambiental. Por contraste los 'pub' ingleses son tan sorprendentemente silenciosos que uno tiene que hablar bajo para no hacerse notar. En los países nórdicos los edificios se construyen y decoran interiormente con materiales acogedores como las maderas, las moquetas y las telas. Son estos materiales absorbentes del sonido los que convierten a los espacios habitables en silenciosos. En la arquitectura mediterránea empleamos materiales en donde el sonido se refleja en las paredes y se mantiene inundando el espacio. Y sabemos por experiencia que el ruido se amplifica por sí mismo: si hay ruido uno tiene que gritar más para hacerse oír con lo que contribuimos a aumentar el nivel sonoro. El límite está cuando gritamos para que nos puedan escuchar, hasta tal punto que sólo cuando salimos a la calle nos damos cuenta de lo insoportable del ambiente. A la mañana siguiente estamos afónicos de tanto grito lanzado directamente a la oreja del interlocutor. Uno no va a los bares sólo a beber o a los restaurantes a comer o a las discotecas a bailar. Ni siquiera para la mayoría estas son las razones principales para acudir a estos lugares. Se va para encontrarnos con los amigos, con la familia o con la novia. A hacer negocios o a buscar pareja. Son espacios de relación social y, aunque muchos hosteleros no se hayan apercibido de este detalle, allí se va para hablar. Pero tal como se diseñan y utilizan no son apropiados para la charla. Es penoso e insalubre ir a un restaurante y no poder oír al contertulio, o tener que hablar a voz en grito con el riesgo de comerse la incipiente gripe del vecino. En general, en España, estos lugares de encuentro apenas se cuidan y contrasta con lo entrañables que resultan en otros países. Ni la acústica, ni la luz contribuyen a hacerlos acogedores, a lo que hay que añadir una mala ventilación que obliga a tragar pasivamente muchos malos humos. Entiendo que con ello pierden clientes que prefieren quedarse en casa a padecer una ronquera delatora y el insoportable olor de la ropa impregnada de tabaco. El ruido es una tribulación que padecen muchas familias por falta de aislamiento en sus viviendas y que puede acabar en noches de insomnio. También las aulas de los colegios están tan mal acondicionadas que no solo no ayudan al profesor a no forzar la voz, sino que colaboran a destrozar sus gargantas, empezando a ser una patología común entre los docentes. ¿Quién entiende los mensajes de los altavoces en las estaciones o en los aeropuertos? ¿Por qué al ruido de los motores de los autobuses urbanos se añade el de la radio cuyo programa sólo interesa al conductor? Ni siquiera en los parques puede uno refugiarse en busca del silencio. Hasta las segadoras de césped, las carretillas o las limpiadoras de hojas meten un ruido de asustar. El urbanismo mediterráneo tan alabado por otras virtudes, contribuye a que el ruido ambiental se amplifique. Sus calles y plazas tan ásperas y metafísicas como las pinta De Chirico, espacios de duras sombras, sin apenas vegetación y rodeados de altos edificios, mantienen y rebotan el ruido que se genera en la ciudad procedente especialmente del tráfico. En los países nórdicos el ruido se amortigua con facilidad por la abundancia de espacios abiertos y verdes, edificios bajos y jardines delante de las viviendas. Sin embargo, cuando peatonalizamos una calle recuperamos el urbanismo sociable que el tráfico nos ha degradado. De repente el ruido desaparece y se transforma en un saludable murmullo de convivencia, retorna la charla, las terrazas proliferan y con ellas las tertulias y la música callejera. El ruido es un problema grave que tenemos que atajar. Y la legislación debería ser más exigente, pues su solución es un componente clave en la calidad de vida en las ciudades. Debemos cuidar en mayor medida los edificios que construimos y el urbanismo que planificamos, para que los espacios sean tranquilos, gratos y acogedores y propicien la relación social. Porque en la vida de las modernas ciudades el silencio es un lujo, o si les parece radical para los que padecen de soledad, al menos admitamos que el murmullo es placentero.
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