Gijón, 16/4/3 Del ruido a la broncaRAFAEL AVELLOEntre la reyerta a navajazos y la pelea a puñetazos existen diferentes gradaciones, no solo de intensidad, sino también de intención y de peligro. Indudablemente, y sobre todo para el sufriente, mejor las consecuencias del puño que las del cuchillo. Las primeras, las reyertas, son noticias ocasionales, graves y, a veces, de consecuencias mortales. Las peleas a puñetazos, especialmente los fines de semana y protagonizadas generalmente por jóvenes o adolescentes con la adrenalina alta, la sangre alcoholada y la cabeza hueca, no llegan a ser noticia, porque se han instalado en una burda cotidianeidad que las hacen casi habituales. Dos individuos partiéndose los morros un viernes sí y otro viernes también, a las nueve de la tarde en el paseo del Muro o en una calle del barrio de la Arena, forman una escena normal, pero esa normalidad es, en sí misma, monstruosa. Son peleas menores, que habitualmente no llegan a la denuncia o a la intervención policial, pero denotan un grave deterioro de la convivencia. Probablemente las razones de estos comportamientos juveniles, seguro que no muy generalizados pero tampoco ocasionales, sean muy variadas y complejas. Los hosteleros achacan las peleas a bandas rivales juveniles. Sin embargo, antes de ello se tuvo que crear un caldo de cultivo, un deterioro de la educación y la convivencia, y una patente degradación ambiental. Entre las causas de esta degradación, tal vez no la mayor pero sí la más sonora, es el ruido. El ruido, y aquí, honestos hosteleros y Ayuntamiento deberían tomar cartas en el asunto, no sólo constituye una molestia vecinal y un trastorno de la conducta y la salud, sino también la antesala de la bronca.
Si metemos a diez pacíficos gorilas en un recinto la mitad de ruidoso que la de algunos bares de copas, es muy probable que la actitud de estos primates se transformaría radicalmente. No sé si el proyecto sobre la Ley del Ruido podrá, sino terminar, corregir las molestias y atemperar las agresiones. Esperemos que su aplicación no sea tan inconsistente como la de la Ordenanza del Ayuntamiento de Gijón para el Control de Ruidos Molestos publicada el 1 de septiembre de 1992 y considerada en su día como pionera en la legislación contra contaminaciones acústicas urbanas. Ni los que la promulgaron se la tomaron en serio
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