Alicante, 14/05/2002 Del botellín al botellónRAMÓN MARTIN MATEOEn estos momentos es noticia destacada la expansión de una cierta modalidad recreativa de la gente joven consistente en el consumo de productos alcohólicos embotellados, a extramuros de los establecimientos dedicados a la expedición individualizada de bebidas espirituosas. No es de ahora el transporte personal, en recipientes adecuados, de bebidas alcohólicas para alegrar el espíritu de los asistentes a reuniones mas o menos tediosas. Hasta hace poco en todas las casas de la burguesía existían unos contenedores denominados petacas, a veces de plata, con una cierta curvatura para acomodarse a la anatomía de los caballeros en el área lindante con el bolsillo trasero del pantalón, donde solían acomodarse.Para velar por la compostura de las damas que acudían a saraos y más tarde guateques, amenazada por la disminución del esperable decoro como consecuencia del consumo de bebidas fuertes, los líquidos colectivamente ofrecidos en este tipo de fiestas consistían predominantemente en zumos de frutas ligeramente alcoholizados con distinta denominación: cap, sangría, limonada, etc, de ahí la clandestina introducción de concentrados perturbadores por parte de varones tímidos o de talante donjuanesco. En mis breves estancias en las universidades norteamericanas he podido constatar que allí, bien por la vigencia en el Estado correspondiente de la Ley Seca, bien porque esta norma se aplicase en los recintos universitarios, los estudiantes solían introducir clandestinamente botellas de whisky convenientemente enfundados que circulaban cautelosamente por debajo de las mesas, al objeto de rellenar vasos y tazas supuestamente dedicados a albergar inocuas infusiones. El fenómeno social aquí analizado que ha causado gran conmoción en nuestro país por parte de las autoridades encargadas de velar por el orden público, tiene me parece fundamentos de otra índole. No se trata prioritariamente de violar prohibiciones genéricas relacionadas con el consumo de alcohol, sino de abaratar las libaciones, adquiriendo la materia prima a granel o en envases de mayor contenido, escamoteando así el recargo correspondiente al servicio prestado por los establecimientos de hostelería. En principio nada habría que objetar. No está prohibido en este país, ni en ninguno me parece, el comprar una botella de whisky en un supermercado y llevársela a un parque para trasegarla, bien directamente, en la modalidad denominada a morro, bien con un vaso. La opción por el denominado botellón cuya difusión y cuasi generalización en ciertos sectores de la juventud, es un fenómeno in crescendo, no responde a malévolos propósitos sino que tienen ciertas justificaciones no desdeñables desde distintas perspectivas: sanitarias, sociológicas, económicas. El consumo de bebidas alcohólicas en dosis diluidas como se hace con el sistema botellón, a la larga produce dosis de alcohol en sangre sin duda perjudiciales, pero menos que si la ingestión es de licores concentrados y por supuesto supera ampliamente la utilización de drogas químicas, caso típico de los denominados del éxtasis que incorpora anfetaminas, de las que por cierto personalmente hice una utilización desproporcionada en mis épocas de estudiante universitario, en las que concentraba todos mis esfuerzos en etapa de exámenes. Estos hábitos responden a impulsos de socialización, aglutinando pequeños colectivos amistosos que a su vez se funden en grupos más amplios, anulando las tendencias individualistas que conducen al bebedor solitario. La colectivización de la diversión es obviamente positiva, pero además, para los adictos a estas prácticas las consecuencias monetarias no son despreciables, la adquisición en almacén de la materia prima de la diversión, alivia la penuria de recursos disponibles por los jóvenes juerguistas. Se dice que una botella de licor más Coca-Cola u otro disolvente, que abastece a un grupúsculo de marchosos, cuesta igual que un servicio individual de contenido análogo en un establecimiento ad hoc, pero todo ello, aún siendo plenamente respetable, no justifica el que otros, los vecinos de las zonas de copas, o todo el Municipio en su caso, deban cargar con las consecuencias negativas de estas prácticas.
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