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Bilbao, 10/05/2002

El botellón emborracha al Gobierno

Josu Montalbán
El gobierno español ha elaborado un proyecto de ley para acabar con el famoso ‘‘botellón’’ y regular el consumo de alcohol. Puede que la intención sea encomiable pero los primeros datos no son nada halagüeños. Da la impresión de que sabe de antemano que la ley no va a disminuir el consumo y que, además, no va a poder ser aplicada. Más bien se trata de una salva atronadora ­valga la metáfora­ para que puedan pasar desapercibidas las atrocidades legislativas que tiene entre manos: reforma laboral, cercenamiento de las prestaciones a desempleados, modificación de la tributación, Ley de ‘‘calidad de la enseñanza’’, modificación de la Ley de Partidos, etc... Ante estas perspectivas, la ley ‘‘antibotellón’’, de momento, sólo ha recibido las alabanzas de la ministra de Cultura, de las Nuevas Generaciones del PP y de alguna asociación de alcohólicos, anónimos o rehabilitados. Eran de esperar estas alabanzas de sus partidarios, a pesar de que en las discotecas, cafeterías y plazas, los fines de semana, se pongan tibios de alcohol, pues no en vano el precio de las bebidas alcohólicas no está al alcance de todos los bolsillos.

Y bien, probablemente pocos se han cerciorado de que una de las razones por las que se ha generalizado la práctica del botellón son los altos precios de los clubs, pubs, bares y cafetería. Es evidente que resulta más barato y asequible comprar la mercancía al por mayor y mezclar los ingredientes. Resulta mucho más divertido compartir no sólo el trago sino también la compra de la bebida y el aderezo de los combinados de moda. ¿Por qué no hacerlo en un lugar público mediante se departe, se intercambian noticias y se discuten opiniones? Porque si de lo que se trata es de conseguir que no se consuma alcohol, o se consuma menos, lo que hay que hacer es prohibirlo (cosa que no comparto), hacer una ley realmente seca y renunciar a la importante fuente de recaudación que supone la venta de esas bebidas.

Pero no, el Gobierno de Aznar, una vez más, se desliza por el camino fácil de agredir solamente a los jóvenes que, por tener menos poder adquisitivo o por optar por la libertad al aire libre, prefieren consumir su dosis de alcohol, de forma responsable, en las plazas públicas, en la calle. Lo hace además mediante una ley ineficaz, imposible de aplicar, ambigua, contradictoria, excluyente y represiva. Así lo han expresado el presidente del Consejo de la Juventud y los líderes de las diferentes organizaciones juveniles. A excepción, claro está, de esos pseudoviejos de las Nuevas Generaciones del PP que no aplican en sus prácticas lo que esgrimen en sus teorías.

Repasemos algunas de las propuestas. Es gratuito proponer sanciones para los que vendan alcohol a menores, toda vez que dichas sanciones ya se pueden imponer actualmente y existían incluso antes de que se pusiera de moda el botellón. Resulta absurdo prohibir el consumo en los espacios públicos y no hacerlo en los locales de alterne o en los establecimientos en los que, por cierto, las bebidas cuestan al menos un cincuenta por ciento más que en la calle. ¿De qué se trata, de consumir menos alcohol y, por tanto, prevenir enfermedades, o de obligar a que el consumo y, por ende, el dispendio económico se haga en los lugares abiertos o instalados sólo con fines lucrativos? Resulta desmesurado e injusto aplicar sanciones de 600 euros (cien mil pesetas) a quien consuma alcohol en la vía pública. Al parecer bastará con que el peón de obra sea sorprendido una sola vez empinando la botella de morapio para empapar el bocadillo, para que le ventilen algo más que el sueldo de todo el mes en la pertinente multa. Vaya mi consejo a tan abnegados trabajadores: vuelvan al botijo, tan español, aunque lo rellenen de orujo.

El proyecto de Ley contiene además contradicciones y paradojas. Resulta que a un adolescente ‘‘corrompido’’ al que se le sorprenda en pleno ‘‘botellón’’ se le va a condenar a hacer «trabajos de interés social en beneficio de la comunidad». Se supone que mediará entre delito y condena algún período de rehabilitación porque, ¿cómo destinar a trabajos de interés social a jóvenes con esas costumbres tan abominables? ¿Imaginan ustedes a un adolescente, acusado por tales tendencias, paseando a un ancianito al borde de un bello acantilado? ¿Imaginan que de pronto se ve afectado por el síndrome de abstinencia?.Y además, la ambigüedad de la Ley lleva a que cuando el infractor (bebedor en la vía pública) tenga más de 18 años, pueda ser castigado hasta «el triple del valor de los daños ocasionados durante la borrachera». O sea, que estos señores del gobierno creen que una borrachera es sinónimo de destrozo, ¿qué sanción habrá de ponerse a quienes se coloquen sin estridencias, que habrá de hacerse con los pacíficos vagabundos, ataviados con su don simón, moradores de los soportales y las plazas públicas, qué multa ponerle a los borrachos pacíficos o a los pacíficos borrachos?

Aún quedan por comentar dos aspectos chocantes de este proyecto de Ley. Son el concerniente a la publicidad de las bebidas alcohólicas y a la obligatoriedad de contar con cajas especiales en los supermercados y grandes superficies para cobrar dichos artículos. Al primer aspecto ya le han puesto objeciones los licoreros y los publicistas. Reclaman en base a la «libertad de comunicación comercial», e incluso en base a los derechos constitucionales de libertad de expresión. Lo que sí merece un capítulo especial es la obligatoriedad de poner una caja especial en los supermercados. De modo que las amas de casa pagarán la merluza en una cualquiera de las múltiples cajas, pero la botella de vino o licor con el que piensa condimentar la merluza guisada ha de pagarla en la caja destinada exclusivamente para las bebidas alcohólicas. La o el que pase por dicha caja «especializada» será especialmente signado de «alcohólico» según la frecuencia con que lo haga. Ahí también, el pudiente que se albarda con sofisticadas bebidas en sus dependencias particulares, enviará a su empleada de hogar o recadista. No podrá hacer lo mismo quien, por sus ajustados medios, sea a la vez consumidor y recadista.

Hasta aquí la crítica a los contenidos. Sin embargo hay múltiples razones para criticar su utilidad, su oportunidad y sus objetivos ocultos. Sobre todo, este gobierno del PP se ha empeñado en desconfiar de todos y mostrar «quién manda aquí». Lloverán las críticas de los jóvenes que son, según predicaba Aznar en sus mítines electorales, la generación mejor preparada desde hace muchos años. (Por cierto, los jóvenes preparados se prepararon con gobiernos socialistas). Lloverán las críticas de diversas organizaciones que saben que las costumbres y los hábitos no deben reconducirse por decreto sino por convencimiento. Y debiera lloverle una iniciativa de rebeldía por parte de estos jóvenes que ven cómo el gobierno les acota la diversión y les complica también el ejercicio de sus obligaciones. A cambio de estos esfuerzos los jóvenes sólo pueden esperar hastío.

Emborracharse es malo, sea con el botellón en una plaza pública, o lo sea con una licorera estilo Luis XV en un salón forrado de terciopelo, incluso púrpura. Y tan malo como emborracharse con alcohol, pero de peores consecuencias para la sociedad en general, es agarrar una curda de poder y soberbia como la que ha pillado el gobierno de Aznar.

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