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Granada, 05/05/2002
Tribuna Abierta

La quinta del botellón

Ruiz Molinero

NO seré yo quien se rasgue las vestiduras con los estudios sociológicos sobre la juventud actual, por muy preocupantes que aparentemente sean. La juventud, ese 'divino tesoro' que decían los clásicos cúrsiles que nadie lee, tiene de malo que es algo que se cura con el paso del tiempo. Lo que ocurre es que cada generación, cada etapa histórica, tiene la juventud que le corresponde o que merece y nos olvidamos de que todos, alguna vez, hemos sido jóvenes y, seguro, que lo que hacíamos tampoco les parecía bien a los mayores. He confesado muchas veces que si el 43% de los jóvenes o adolescentes consume droga, si el 92% hace botellón y bebe alcohol a mansalva, sobre todo esos fines de semana atrabiliarios, inmundicios y meones, o esa fiestas báquicas institucionalizadas como el Día de la Cruz; si le trae al pairo la cultura y la lectura que es algo absolutamente incompatible con tirarse horas y horas ante el televisor para ver historias de gentes tan plana como la troupe de 'Gran Hermano' y compañía (todavía poniendo la radio o escuchando música puede leerse un libro, pero nadie ha demostrado que puede lograrse ese fin estando pendientes de imágenes idiotas y embrutecedoras que, en un gran porcentaje, es lo que prevalece en la pequeña pantalla), allá ellos y sus familiares con lo que hacen o se pierden por hacer.

No, no valen ni valdrán monsergas. La juventud es como es y punto. Que es burdo generalizar, es muy cierto, porque, a pesar de la estadísticas, ni toda hace botellón, ni se emborracha hasta el paroxismo, ni consume droga más o menos de diseño, ni huye de conciertos de música culta ni de museos ni de bibliotecas, donde vemos a infinidad de esa juventud estudiando y preparándose para un futuro, eso sí, incierto, en el que todos tenemos la culpa de habérselo preparado así. Además, ¿no los hemos hecho de esta manera, nosotros, los mayores, por la desidia, el abandono, la comodidad de no enseñarles gran cosa, ni en casa, ni en la escuela ni en los institutos ni en la universidad ni en ningún lado donde poder formarse un poco? El fracaso de esa juventud es el fracaso de una sociedad como colectividad. Pero también es verdad que en una sociedad insolidaria, los más solidarios son ellos. Es cierto que huyen de la política como de la peste porque ésta ha fracasado en todos sus frentes y en ella no ven aquellos ideales que un día nos hicieron vibrar a muchos: libertad -en gran parte conseguida, con un sistema democrático que, más que bien, la garantiza-, justicia -asignatura pendiente que la mismísima izquierda ha sido la primera en diluir-, derechos humanos y tantas cosas que vemos pisoteadas por todas partes.

Es cierto que ha habido y hay una absoluta permisividad con los jóvenes, quizá como contraste con la mala conciencia de la represión que generaciones anteriores sufrimos. Por eso, decía, que lo único que pido para los jóvenes y para todos, es que se hagan cumplir las normas más elementales de convivencia, el respeto mutuo, por los demás y por los espacios comunes. Quienes no lo cumplan -y para eso están las ordenanzas que regulan no sólo los derechos, sino los deberes de los ciudadanos- que reciban todo el peso de ellas, sin contemplaciones de ningún tipo. Sólo eso. El resto me parece música celestial. Que cada cual haga lo que quiera con su cuerpo, con su salud, con su vida, con sus neuronas, con sus órganos vitales, sin darle la tabarra a los demás. Eso, sí, informarles de los peligros que corren con las drogas, incluyendo el alcohol, que parece seguir siendo la droga de los pobres, como siempre. Porque borrachos ha habido y habrá, como habrá prostitutas, sexo extramatrimonial y cuantas cosas más quieran engancharse al carro de la vida. Lo que sí es triste es que chicos de 12 a 20 años no sepan divertirse de otra forma que consumiendo esas sustancias, cuando tantas cosas hay a esa edad para pasárselo 'guay' o como ahora se diga.

La sociedad tiene educadores y políticos. Lo que no han debido de hacer ni seguir haciendo es mirar para otro lado o reirles las gracias. Yo que he sido joven y desde casi en los albores de la niñez las circunstancias me obligaron a asumir responsabilidades que otros, a mi edad, no tenían, se que es posible elegir. Pero eso es decisión propia que no se obtiene por ciencia infusa, sobre todo si no hay nadie que te lo enseña, salvo la vida. Es como la incomunicación: se habla de que ahora los jóvenes están enganchados permanentemente a internet y se relacionan menos que antes, pese a las concentraciones multitudinarias a las que acuden, en la que, por cierto, el ruido no les permite comunicarse entre ellos mismos. Y es cierto: la propia sociedad no lo hace. Se ha perdido la sana costumbre de la tertulia, el aperitivo y la conversación plácida en una taberna o en una terraza; se han perdido los paseos interminables, con los amigos o con la novia. Se ha perdido la forma epistolar y hoy, con coger un móvil o mandar un correo electrónico, parece que hemos conseguido ponernos en contacto con alguien, cuando el contacto es físico, incluso carnal, de mirada, de caricia, de diálogo, de entendimiento. Hoy hasta las relaciones sexuales se hacen por internet o por teléfono. Hay que estar mal de la cabeza para conformarse con sucedáneos.

En fin, con el estudio sociológico publicado no creo que podamos decir que los jóvenes son mejores o peores. Son así y punto. Seguramente serán de otra forma dentro de unos años, cuando los que vienen detrás, seguramente con otros modelos y pautas de comportamiento, les llamen 'carrozas' -o la jerga que se utilice para designar a los 'viejos' o pasados de moda-, a la quinta del botellón. Los jóvenes de ahora serán futuros clientes del Inserso que les llevarán a pasear con chandals fosforitos, como decía Camilo José Cela.

ruiz molinero

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