Granada, 1/3/2002 Tribuna abiertaLey casi secaEMILIO J. GARCÍA-WIEDEMANNEN noviembre de 1999, publicaba en estas páginas un artículo titulado '¡Vaya Movida!' y algo, aunque nunca lo suficiente en esta tierra, ha llovido desde entonces mientras que la situación no puede decirse que haya mejorado sustancialmente. No se ha realizado el debate en la profundidad que una cuestión de esta envergadura requiere, y, lo que es más alarmante y sintomático a la vez, no se ha escuchado a los principales protagonistas, los jóvenes. Lo que se puede traducir en, 'roman paladino' y sin necesidad de diccionarios especializados, en que no hay una verdadera vocación por llegar al fondo del asunto. De manera que, sin el análisis correspondiente, difícil será, por no decir imposible, articular ningún tipo de acción encaminada a solucionar el 'conflicto'.En nuestra cultura social institucionalizada, no hay celebración que no tenga como elemento mediador el alcohol: desde los bautizos a los entierros, pasando por comuniones, ascensos profesionales, éxitos de cualquier tipo y bodas. ¡Qué decir de los santos y cumpleaños! La gente queda para tomar un vino o una caña y todos, absolutamente todos lo vemos como lo más normal del mundo. Si me apuran, les diré que lo que pasa por excepcional es que se dé lo contrario, es decir, que en una boda, por ejemplo, no se sirvan bebidas alcohólicas o que alguien quede con nosotros para tomar un zumo. Tan arraigadas están las bebidas etílicas por estas latitudes que se dice que brindar con agua trae mala suerte y son muchas las letras de canciones que tienen por todo argumento el hecho de beber y sus excelencias. Uno de estos sábados pasados de tiempo primaveral, salí a dar un paseo por el centro de la ciudad y, cuando llegué a la Plaza de la Pescadería no crean que me fue fácil atravesarla, un mar de gente, de todas las edades, departía amablemente, elevando el tono de voz lo suficiente, es decir, bastante, para ser escuchado por sus respectivos interlocutores, con su correspondiente copa. La pregunta que de manera inmediata me asalta es: ¿Podría calificarse este episodio de 'botellón'? Porque, si lo que caracteriza es el hecho de beber alcohol en grupo, de manera más o menos compulsiva, y en la calle, entonces tendríamos que convenir que se trata de una práctica idéntica a la que realizan los jóvenes. La segunda pregunta viene de la mano de la anterior: ¿por qué, siendo similares los dos casos, una es perfectamente aceptada socialmente y la otra es repudiada por la inmensa mayoría? Quizá alguien esté pensando en que la diferencia se podría encontrar en la hora en la que se producen una y otra. Podría ser, pero, entonces, ¿qué pueden decirme de las terrazas, pongo por caso, o del Día de la Cruz, o de la Feria del Centro? ¿O es que los vecinos del Paseo de los Tristes, los del Albaicín, o los del Realejo, pongo por caso, tienen menos derecho en cuanto a su descanso que los que viven en otras zonas de la ciudad? No, la única diferencia sustancial que existe en los casos citados es que, mientras en la Plaza de la Pescadería los 'parroquianos' pasan religiosamente por la caja del establecimiento; los 'bebedores' del 'botellón' pasan por una caja de otro establecimiento en el que son ellos los que seleccionan la calidad de lo que van a consumir, y, fíjense que esto es lo que parece más intolerable, que les sale infinitamente más económico. Por tanto, después de rascar en la costra del gran 'problema', resulta que podría circunscribirse a la dimensión pecuniaria del hecho, ¡vil metal! El ministro de los avatares intestinos, en un dechado de comprensión y para que nadie pueda dudar del alto grado de preocupación que el Gobierno siente por la juventud y, cómo no, por su salud, nos avanza la intención de legislar la prohibición del consumo de alcohol en la calle y de la venta del líquido a menores de 18 años. ¿Qué pasará con las terrazas? ¿Recuperaremos los paseantes el espacio que nos roban las mesas y las sillas que profusamente tapizan la ciudad? No lo creo, sinceramente. Se trata de una cruzada 'sui generis' contra el alcohol. Digo 'sui generis' porque, por un lado, se establece hacia un segmento concreto, muy concreto, de la población y, por otro, se encamina hacia una manera específica de beber, no hacia beber alcohol en general. Sin embargo, la Administración no le hace ascos al dinero que proviene de los impuestos que se derivan de la venta de alcohol, quizá por eso no existan campañas eficientes, tal vez esa sea la razón de que apenas se hable del alcohol como una droga dura, muy dura; a lo mejor esa es la causa de que no se persigan los estereotipos que inducen al consumo de alcohol. Tampoco las corporaciones locales sienten ningún rubor al efectuar la recaudación de los 'mupis' (paneles publicitarios gestionados por los ayuntamientos) en los que aparecen anuncios relacionados con el consumo de tabaco y de alcohol. Cuando uno adolecía, hasta de edad, conoció a bastantes contemporáneos de otros países en los que la legislación marcaba una determinada edad para 'beber'; no conocí a ninguno que, aparte de beber como esponjas, muchísimo más que cualquier otro del grupo, no tuviera un carnet falsificado que le franqueara las puertas para acceder a las mieles que le debía tener reservadas Baco. Por tanto, no creo que la restricción cronológica vaya a tener más efectos que los de tranquilizar la conciencia de que ya se está haciendo algo. «¡Qué grande es ser joven!» Uno de los mitos en los que se instala el consumo. Pobrecitos jóvenes, objeto de 'preocupación' de tantos ministerios. ¡Que no sea nada!
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