Cartagena, 28/6/2002 Ruidos bajo estudioMARIANO ROCAUn trabajo realizado por la estudiante de Ingeniería Técnica Industrial Joaquina Madrid confirma técnicamente lo que mucha gente ya sabía mediante el empírico sistema de utilizar el oído: que aproximadamente la totalidad de los bares llamados de copas y discotecas superan el nivel de ruido permitido.Esta alumna de la Universidad Politécnica de Cartagena ha realizado su estudio dirigida por el profesor Gregorio Munuera, lo cual avala por partida doble su resultado pese a que cientos de vecinos tuvieran resuelta desde hace mucho tiempo esta ecuación de segundo grado en clave decibélica, de la que al parecer no hay manera de librarse, tal y como les ocurría a los habitantes de Hamelín con los malditos roedores, hasta que llegó el flautista y solucionó el problema, a pesar de que para que le pagasen lo estipulado tuvo que emplear ciertas medidas de presión, sin necesidad de recurrir a los piquetes. La citada estudiante, a punto de convertirse en profesional titulada, para realizar su tesis ha seguido la normativa española, la ordenanza municipal sobre protección del medio ambiente contra la emisión de ruidos y el decreto de medio ambiente contra el ruido. Por tanto, en función de lo que establece toda la legislación citada, puede deducirse que casi nadie cumple una sola línea de cuantas se hallan contenidas en dichos ordenamientos. Curiosamente, la autora del citado trabajo sólo ha encontrado un establecimiento público en Cartagena –del citado gremio, se entiende– que cumpla las normas vigentes, ante lo cual a la asociación de hostelería que preside doña Francisca Naranjo le caben dos opciones: una, concederle placa y diploma «Al local fulano, en virtud de los méritos contraídos por no contribuir a aumentar la contaminación acústica de Cartagena», o por el contrario, declararle totalmente el boicot y hacerle a su dueño/a la vida imposible a partir de ahora, por haber puesto en entredicho a los demás compañeros. La señorita Madrid ha debido de tener mucha paciencia y echarle al estudio más horas nocturnas que un sereno de los de antes, aquellos que desaparecieron cuando apareció la Transición, porque ha recorrido muchas zonas de copas, bastantes recintos festeros y otros lugares susceptibles de emitir decibelios por encima del número permitido, llegando incluso a elaborar una encuesta en la que se refleja que el 60% de los jóvenes menores de 21 años practica el botelleo. (Nos lo temíamos). Es decir, que se ha trabajado la noche y las rutas de la litrona a pique de haberle quedado secuelas de por vida en el sensible sistema auditivo, factor éste que poco o nada parece importarle a los asiduos de la fiebre del sábado noche, que a partir de ahora, época de vacaciones, pegará el subidón a principios de julio y no habrá forma de hacerla bajar hasta finales de agosto, semana más o menos. No sé si sería pedirle mucho a esta ingeniero técnico que ampliara sus estudios a los ruidos nocturnos en la vía pública, sobre todo a los provenientes de los motocicletas, dado que la concejala de Medio Ambiente, Isabel Anaya, parece que ha tirado la toalla que nunca cogió. ¿Dónde está la patrulla de la Policía Local que iba a controlar la contaminación acústica de la ciudad? Lo cierto es que ya sabemos algo más concreto acerca de los ruidos nuestros de cada noche. No sé si sería mejor ignorar estas cosas, porque según el proverbio ruso, «Saber demasiado es envejecer prematuramente». Y tampoco es eso.
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