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Granada, 10/06/2002

Puerta Real

Todos sordos

Juan Bustos
CADA vez suenan con mayor fuerza y abundancia las protestas contra el ruido excesivo de las ciudades españolas, que ostentan el honor más que dudoso de figurar como las más estruendosas del mundo después de las japonesas. Aquí mismo, la paciencia de mucha buena gente parece estar a punto de agotarse, y el otro día leíamos en IDEAL que la 'Asociación contra el Ruido de Granada', la 'Asociación de Vecinos del Bajo Albaicín' y la 'Plataforma de Afectados por el Botellón', se disponen a iniciar una campaña en defensa de sus derechos y denuncian la dejadez de las Administraciones, en particular el Ayuntamiento, a la hora de acometer medidas que reduzcan este serio problema ambiental que a todos, absolutamente a todos, nos afecta y perjudica.

La inquietud por el excesivo ruido urbano empieza a generalizarse. No hace mucho, una encuesta del Ministerio de Medio Ambiente lo ponía de relieve, resaltando que, en nuestras ciudades, la tercera preocupación después de la inseguridad ciudadana y la dificultad de encontrar aparcamiento, es el alto nivel de ruido que sus habitantes padecen a todas horas.

En Granada, concretamente, hemos llegado a un momento en que el silencio, o la moderación del ruido -con eso nos conformaríamos-, parecen una virtud suntuaria. Ningún otro lujo más apetecible desde que la motorización escandalosa de nuestro tiempo destruyó el sosiego encantador de tantos rincones, hoy estremecidos por la constante crispación de mil sonidos estridentes; y desde que la permisividad condescendiente de las autoridades toleró los excesos de todo tipo del 'botellón', que terminaron de ensordecer a miles de vecinos también por la noche. Vivimos entre molestos ruidos callejeros, de los que no nos libramos en la habitación más honda de nuestras casas. Un mundo de ruidos detonantes circunda a los granadinos continuamente. Apretar el claxon con cualquier pretexto o sin ninguno; llevar los altavoces de los coches a su máxima potencia: o circular con la moto a escape libre -creo que le dicen-, constituye entre muchísimos ciudadanos el más divertido y usual de los deportes. Los sociólogos hace ya tiempo que advirtieron que el derecho a hacer ruido es uno de los más queridos por nuestra gente, que reacciona siempre indisciplinadamente cuando se le quiere limitar o discutir tal potestad. De ahí que, hasta ahora, las tímidas iniciativas puestas en práctica para moderar el fenómeno no hayan dado el menor resultado positivo.

Espanta pensar que exista tan gran necesidad de ruidos. Ni en calles apartadas, ni en plazas escondidas, podemos evitar estar con el ruido al lado. Es legítima la reacción indignada de las personas que protestan por el exceso de ruidos en Granada. Deben persistir en su empeño, hasta que consigan un plan municipal -con la implicación autonómica que sea necesaria- que pueda controlar de una vez la demasía de ruidos de todo tipo que en la ciudad padecemos. De no conseguirlo, y con otros atentados más al medio ambiente urbano, nos autodestruiremos alegremente a la vuelta de poco, muy convencidos de que se han cumplido todos los vaticinios.

JUAN BUSTOS

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