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Valladolid, 25/2/2002

La reválida y el 'botellón'

La reválida debe interpretarse como expresión del esfuerzo personal y demostración de los conocimientos adquiridos en un examen objetivo. El autor contrapone la prueba al ‘botellón’, «manifestación de descontrol y de desprecio a los valores cívicos».
MIGUEL A. HERRERO
UNA singular coincidencia ha traído a la opinión pública dos realidades distantes, no sólo en el tiempo: la reválida y el llamado ‘botellón’. Más allá de su significado directo, representan dos modelos sociales, casi dos planteamientos existenciales contrarios. Algo así como los ángulos opuestos por el vértice, que se estudian (o se estudiaban) en el Bachillerato. ‘Los de la Logse’ han llamado franquista a la reválida. Pero es anterior, para más señas, republicana de 1934 (ley de Filiberto Villalobos). Fenómeno, por desgracia, de nuestros días es el ‘botellón’, cuya precursora fue la ‘litrona’ que, por los años ochenta, no parecía inquietar a la autoridad municipal, especialmente a cierto alcalde de Madrid más conocido como el ‘viejo profesor’ (para más sarcasmo), quien invitaba a las masas juveniles a ‘colocarse’. Al parecer, se trataba de captar el voto joven a cualquier precio.

Sería una simplificación afirmar que la reválida y el sistema educativo que comporta habrían evitado el espectáculo degradante y vandálico del ‘botellón’, al menos de algunos individuos que participan en él. La reválida debe interpretarse como expresión de esfuerzo personal y demostración de los conocimientos adquiridos en una prueba objetiva. Por el contrario, el ‘botellón’ es manifestación de descontrol personal, de falta de respeto a las normas de convivencia, de desprecio a los deberes cívicos. Las consecuencias de una y del otro están a la vista, sobre todo del segundo.

No parece ilógico encontrar cierta relación causal entre la indisciplina escolar y el ‘botellón’ vandálico. Cuando alguien desde su más tierna infancia todo lo ha encontrado resuelto y cómodo; cuando en la escuela le han dicho que aprenda jugando, como si el estudio fuese algo traumático, el resultado es un ser cansado de jugar y sin interés por aprender. Ciertos pedagogos ‘roussonianos’ y más bien provincianos han importado, sin más, las falacias de la pedagogía lúdica. Y deberían responder del resultado catastrófico de sus desvaríos pseudopedagógicos. Hace tiempo que este fraude ha sido denunciado en ‘Los límites de la educación’, de M. Ruiz Paz, libro donde se defiende una pedagogía de contenido, llena de sentido común y de experiencia didáctica, no de camelo. Por otro lado, muchos padres de familia a quienes corresponde un primer lugar en el deber de educar a sus hijos quizá hayan preferido irse de vacaciones, o de fin de semana, antes que preocuparse por los hábitos de trabajo de sus hijos. Ha sido la televisión con muchos programas basura, incluidas algunas series de dibujos animados, la que ha suplantado a los padres irresponsables y ha deformado la sensibilidad y las mentes infantiles. Las ha alimentado de violencia y promiscuidad sexual antes de aprender a hablar, y no digamos a escribir. Una sociedad muelle y fofa ha propiciado una adolescencia a su medida y ahora recoge sus frutos. Cultura, con mayúsculas, viene de cultivo. De la inteligencia y de las virtudes. La cosecha que se recoge depende de la tierra debidamente cultivada. Aquí se ha sembrado en la escuela, igualitarismo, falta de exigencia, la demagogia del todo el mundo pasa de curso aunque no sepa, lo que ha generado indisciplina en la clase, desmotivación y depresión en tantos profesores abandonados a su suerte por la autoridad ministerial. Sin trabajos para hacer en casa, con interminables fines de semana, largos ‘puentes’, ‘semanas blancas’, etcétera, la cosecha que se recoge no puede ser otra. La de la mala uva que ha producido un mal vino. O sea, el ‘botellón’.

Hoy nadie ignora que los escolares españoles están situados a la cola de los países occidentales, que el fracaso escolar es alarmante, que los estudiantes de quince años están por debajo de la media en comprensión de textos, cultura matemática y conocimientos científicos, comparados con los países de nuestro entorno (con reválida, por cierto). Donde, sin duda, estamos a la cabeza es en las cifras de consumo de alcohol entre los jóvenes, con un 76% entre los 14 y los 18 (la edad media de inicio es a los 13,6 años). Todo ello, hasta ahora, con la pasividad de la autoridad competente que permite excesos y escándalos nocturnos; falta control a la hora de cierre de los bares y la efectiva inspección.

La reválida u otras pruebas de control objetivo, junto con la labor diaria previa, será un modo eficaz para estimular el aprendizaje. Pero será imposible sin la aportación responsable de la familia, de la escuela y de la sociedad. Es precisamente el éxito ganado a pulso lo que atrajo el interés por ‘Operación triunfo’, cuyos participantes, por cierto, sufrieron una fuerte selección y una dura preparación. También nuestro reciente campeón Juanito Muehlegg podría hablar mucho de eso. No se sabe por qué lo que es válido para el arte o para el deporte no lo es para la enseñanza.

¿No es una triste ironía que sean algunos estudiantes los que protagonizan los actos vandálicos en el fin de semana? ¿Qué ocurrirá cuando previsiblemente aumente la población estudiantil? En este asunto, como en tantos, la labor de la sociedad, de los individuos y de los grupos debe ser decisiva. La acción de vigilancia eficaz debe empezar por controlar los pequeños delitos o simples molestias, tales como los grupos nocturnos de adolescentes vociferantes. Algunos pasos significativos se están dando a instancias -una vez más- de la Federación de Asociaciones de Vecinos. El anterior alcalde de Nueva York, Rudolf Giuliani, famoso por su notable actuación en el atentado del 11 de septiembre, ya era conocido por su eficaz estrategia contra la delincuencia en una de las ciudades menos seguras del mundo, comenzando por perseguir el pequeño delito para evitar el grande. Si ha dado resultado allí, ¿por qué no aquí? Y ante todo, la prevención, cuyos frutos a medio y largo plazo son siempre más eficaces.

La escuela debe ser el lugar apropiado donde se aprenda a conocer y a valorar la historia y el arte de nuestro entorno; las asociaciones que promocionen la cultura clásica, las actividades creativas y la defensa de nuestro rico patrimonio histórico. El estímulo de la reciente Asociación de Amigos del Patrimonio y otras instituciones nacidas de la iniciativa privada deben ser un modo de potenciar el aprecio por el arte y la cultura entre la buena gente joven, que se merece un futuro más prometedor que el que algunos están sembrando con la incultura del ‘botellón’ alienante.

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