Murcia, 24/02/2002 El botelleoYOLANDA ALCÁNTARAAquí en Murcia no se dice botellón, se dice botelleo. Vengo oyendo muchos disparates desde que saltó lo del botellón. Pero muchos. Vamos a ver, si la gente está convencida de que los jóvenes españoles no van a ser gente de provecho, habrá que echarle la culpa, naturalmente, a la Logse, a Operación Triunfo, a Penélope Cruz, que es lo más razonable, pero no al botellón, hombre. Señores, creo que ha llegado el momento de contar la verdad, y sólo la verdad del botellón: Punto uno. Contrariamente a lo que se piensa, aquello no es ningún conventículo de delincuentes potenciales ni alcohólicos cirróticos, no. Los botellones son una mera convención casi rutinaria de gente socialmente homogénea(hay botellones de pijos, hay botellones de cutres, habrá botellones del club de amigos del gusano cabezudo del Levante, porque tiene que haber de todo en esta viña del Señor) y donde la gente, sorpréndanse, hasta tiene conversaciones inteligentes (cierta vez estuve en uno donde se hablaba de la importancia del tiempo en las relaciones jurídicas y el recurrente tema del espíritu en la literatura del Este). Yo, mismamente, cuando entré en la facultad, formé parte de la llamada cultura del botellón, esa nueva generación perdida (madre mía) que nos ha llamado algún capullo de la televisión. Qué se le va a hacer, me ha tocado, aunque yo hubiera preferido la época de los guateques con Karina y Fórmula V. De verdad.Punto dos. A los botellones no va lo peor de cada casa, antes bien, si uno se mueve en círculos idóneos y ambientes recomendables puede llegar a encontrarse tomándose una copichuela con hijos de médicos eminentes, de políticos regionales, de encumbrados magistrados y con toda la futura crème de la crème de la sociedad murciana. Ciertos botellones se convierten así en selectos clubes de respetables al estilo inglés, donde entrar es francamente difícil sin un currículum que acredite tu buena reputación social o un título nobiliario. Así están las cosas. Punto tres. En los programas de debate de televisión se dice que los jóvenes buscan el coma etílico porque es «una manera de demostrar quién es el líder y llevarse así a las chicas de calle». Esto es cómo sacar el botellón en un documental de La 2 y comentar el rito del cortejo de los jóvenes españoles igual que el del orangután centroafricano. Igual. A ver, no sé si habrán cambiado mucho las cosas desde que la última vez que yo estuve en uno, pero entre los estatutos infusos y tácitamente reconocidos del botellón se estipulaba claramente que el sujeto que allí se emborrachare de manera grosera y se encontrare sin posibilidad de gobernarse a sí mismo sería penado con el público repudio por tiempo indefinido, sin perjuicio de tramitar su expediente de expulsión. Cierto: el que no sepa disfrutar de una manera responsable de la conversación y el calor de la buena amistad, queda en evidencia. Y gracias que no se le pide el harakiri. El civismo y las buenas formas, como ven, son algo insoslayable en el botellón de clase. Y que nadie diga lo contrario. Al fin y al cabo, es mejor aprender a desenvolverse en círculos sociales en los botelleos que no hacer luego el ridículo en los cócteles de la beautiful people, ¿no?.
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