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Palencia, 24/02/2002

Del biberón al botellón

JULIÁN BÁSCONES
DE pronto apareció el Gobierno de la nación con la intención de regular el consumo desmedido del alcohol en lugares improcedentes, de endurecer las sanciones a quienes infrinjan la norma, de reducir el ruido nocturno, de aliviar las noches de insomnio producido por tantas invasiones y desmanes juveniles, de eliminar la suciedad callejera..., y la polémica ya está servida. Mi amigo no sabe si aplaudir la promesa o silbar el intento de vendernos una burra ciega. El caso es que aquí se pasa del biberón al botellón, como las ideas de Lope de Vega que, en veinticuatro horas, pasaban de las musas al teatro. Querer perpetuar, en estos tiempos, el biberón sería una enorme barbaridad, puesto que los chavales necesitan otros comestibles y ‘bebestibles’ bastante menos infantiles. Claro que hasta llegar al botellón queda un largo trecho.

El Gobierno seguramente es consciente de su poder y de su limitación. De ahí que sólo trate de luchar, nunca de vencer. La victoria, en esto del consumo del alcohol por parte de los adolescentes, se me antoja que depende de otros muchos factores ajenos al poder que le otorgan las leyes. En estas desviaciones sociales, culturalmente aceptadas, las medidas gubernamentales y disciplinarias, quizá sean necesarias, pero siempre insuficientes. Cuando la cultura vigente ensalza el alcohol como el caldo de cultivo de la felicidad, resulta absurdo pretender que los menores estén tranquilos en la higuera de la inocencia. Cuando la cultura actual ha convertido la convivencia en un barrio húmedo, difícilmente se puede conseguir que este colectivo entre por el aro de la ley seca.

El problema del alcohol y de los menores, o los mayores, no es una cuestión de sed, sino de diversión. Por eso, forma coro con toda una serie de elementos que relajan y divierten, en los que algunos países ya están gastando más dinero que en educación. Aunque los negociantes del hedonismo han logrado convencernos de que no existe fiesta sin una copa en la mano. Para el hedonismo andante, la virtud es aburrida, porque no rentabiliza. Y, mientras tanto, los mejores deleites, los que proporcionan la vida diaria, la familia, la contemplación de la naturaleza y del arte, la vivencia del amor, se hallan apenas sin estrenar.

¡Quién lo duda! Nuestra sociedad presume de cuidar bien a los chavales, de estar a la última en las modas pedagógicas y de no escatimar medios para que se distraigan y sean felices. Sin embargo, aparecen por todas las partes niños maltratados, física y psíquicamente. Y a los afortunados se les enseña, más que a jugar, a tener sensaciones y emociones fuertes. Pueden fracasar en la escuela, pero a semejantes enseñanzas responden adecuadamente. No han salido del cascarón y ya les aburren las emociones sencillas. No han terminado de aprender el cuento de Caperucita y ya se quieren quitar la caperuza. Antes de que los pantalones se les queden cortos se les han quedado cortísimos los juegos infantiles. Los niños, por tanto, comienzan a familiarizarse muy pronto con el alcohol, la velocidad, la violencia, el sexo, la droga y demás máquinas segadoras de la inocencia, la felicidad y la vida.

Un director de cine, decía hace algunos años, que en este país no existe un término medio entre la alegría desbordante y el pesimismo. Y tenía razón, porque esta cultura se parece a un parque de atracciones donde hay un montón de diversiones, al igual que a un cementerio en el que tienen lugar varios entierros a la vez. Los chavales pasan del biberón al botellón, como los mayores pasan de la juerga a la resaca, de la euforia a la depresión. Si de verdad se les desea ayudar, mas que aplaudir o silbar al Gobierno, lo que se tendrá que hacer es apoyar para que cumpla su promesa. ¿O no?

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