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Barcelona, 24/02/2002

La cultura del botellón

ORIOL REGAS
La nueva ley que prepara el Gobierno para erradicar la cultura del botellón limpiará quizás las plazas, pero nada hará para prevenir el alcoholismo entre los jóvenes.

LOS MEDIOS DE COMUNICACION nos informan del nuevo fenómeno juvenil surgido de las cenizas de la movida madrileña: la generación del botellón, cuyo exponente más importante y único consiste en reunirse las noches del fin de semana en diferentes plazas de la capital del reino para, en un ambiente festivo e informal, consumir cantidad de bebidas alcohólicas adquiridas previamente en cualquier súper o en cualquier gasolinera.

Cerveza, calimocho, vino, pero también ginebra o vodka mezclados con tónica, coca cola, derivados del limón y de la naranja y, en menor escala, whisky Dic, todo ello en vaso de plástico e incluso con cubitos de hielo.

Por el momento, la moda no parece haberse extendido a Barcelona, aunque existen diversos focos en algunas de las numerosas plazas del barrio de Gràcia, especialmente en verano, por más que Pasqual Maragall se empeñe en negarlo.

Se trata de jóvenes de entre 14 y 25 años, rebeldes por definición todos lo fuimos a su edad que han encontrado un sistema mucho más barato para reunirse, beber, tocar los bongos, cantar y charlar, que el que les ofrecen los bares o discotecas en donde, por otro lado, a muchos de estos jóvenes se les prohibe la entrada por motivos de edad. Pero lo que para ellos significa comunicación en un ambiente solidario, generoso y de libertad, se transforma en un grave problema vecinal debido al ruido y a la suciedad que originan estos encuentros nocturnos.

Estamos pues ante el eterno conflicto municipal entre dos intereses contrapuestos.
Para solucionarlo, al Gobierno central no se le ha ocurrido otra cosa mejor que preparar una ley estatal que prohiba el consumo de alcohol en la vía pública, una ley que, de aprobarse, se convertiría en la más dura de todas las que existen dentro de los países de la Unión Europea, una ley que, posiblemente limpiará las plazas, pero que poco o nada hará en favor de los jóvenes, a pesar de que, como auguran con aire triunfalistas ciertos políticos, la ley acabe con la cultura del botellón.

Quizás los ministros del Partido Popular sean los únicos que han conseguido madurar sin pasar por la resaca de una borrachera juvenil, porque si así fuera sabrían que la mejor medida para prevenir el alcoholismo entre los más jóvenes, no es prohibir, algo que en esta edad hace el efecto contrario, sino educar, informar, implicar a los padres y, sobre todo, a los mismos jóvenes que, por definición, necesitan experimentar, equivocarse, llegando incluso hasta el límite para rectificar después.

La misión de las autoridades no debe ser tampoco suprimir el uso social de las plazas, sino abrir en horario nocturno otros espacios públicos alternativos como podrían ser los parques u otros lugares vigilados y regulados de forma que cubrieran los mínimos indispensables.

Noches templadas de vino y calimocho, el botellón es por encima de todo encuentro, charla y ambiente. Ambiente de jóvenes en una propuesta de sana convivencia.

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