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Albacete, 20/02/2002

Ruidos y silencios

ANTONIO ESPARCIA LORENZO
Han saltado las alarmas por el ruido del ejercito de la juventud. Decenas de vecinos han salido a las calles gritando su derecho a dormir. Cientos de ciudadanos exigen a los poderes públicos el cumplimiento de leyes, bandos y sentencias, así como la promulgación de leyes nuevas si fuese necesario, en las que se recoja el derecho al descanso y al uso de las zonas públicas. Son los damnificados por el escándalo en las denominadas zonas de marcha de las ciudades. Aquellos que tienen sus domicilios en los lugares escogidos por los jóvenes para el fin de semana no pueden evitar que el ruido abra sus puertas y ventanas hasta que el alba poco a poco les va poniendo sordina. No pueden dormir por el ruido.

Unas calles más allá en cualquiera de las direcciones o al otro extremo de la ciudad también hay miles de familias, de parejas principalmente que los jueves, viernes y sábados en la oscuridad y el silencio de la noche se hacen la misma pregunta: ¿Duermes? -No -Yo, tampoco. Somos los padres de esos jóvenes que no dejan dormir a los vecinos del parrafo de arriba. La frase bíblica: «Al séptimo descansó» tiene hoy todo su valor para muchos padres que vemos como es el domingo el día en que todos o casi todos están en la casa, y entonces hay tranquilidad.

El fin de semana es largo, desde el jueves universitario al que se apuntan casi todos, tengan o no el título; el viernes y el sábado son días en que los adultos emancipados en una de las habitaciones del hogar, jóvenes adolescentes y ahora ya casi niños dedican su tiempo para el gozo felicitario que diría Ortega y Gasset. Todo empieza con el sonido estridente del teléfono, continua con la ducha y se confirma con el adiós o hasta luego y vemos como la puerta se cierra tras ellos y delante de nosotros. A partir de ese momento el silencio va en aumento.

Cada familia tiene su método: la televisión, la lectura, las labores o la salida a cenar con los amigos; pero después de eso, la madrugada. La noche es larga, y el profundo silencio hace audible hasta los suspiros. Todos los ruidos nos abren las esperanza, desde la luz de la escalera, el ascensor…, pero es el tintineo de las llaves y el leve portazo lo que rompe el largo silencio y nos da la tranquilidad, y aunque las primeras luces del alba nos molestan en los ojos es entonces cuando empezamos a conciliar el sueño.

La mañana y el medio día también tienen sus silencios. Andamos de puntillas, procuramos evitar todo ruido doméstico que moleste el dormir de aquel que nos quita el sueño. Si la comida es familiar la hacemos en silencio y evitamos preguntas porque tememos las respuestas, que puede ser de desobediencia o que nos tachen de intolerantes y desconocedores de lo que hoy es moda y ya costumbre, por eso guardamos silencio. Si lo rompemos, es para alzar la voz y exigir de los que gobiernan que cumplan las leyes o que hagan otras que pongan freno a la juventud. Que negocien con ellos y lleguen a un acuerdo sobre la hora de cierre, sobre la cantidad de alcohol o los decibelios permitidos en calles y plazas públicas. No se puede continuar así, con tanto ruido y escándalo de fin de semana.

Cuando esto se comenta con compañeros y amigos, unos asienten en silencio, otros presumen de que ellos si duermen y descansan los fines de semana; pero, yo creo que estos últimos, no dicen la verdad.

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