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Murcia, 19/02/2002

El botelleo

¿Estaríamos hablando de esta cuestión si los jóvenes consiguieran sus correspondientes comas etílicos a escondidas, sin hacer ruido ni molestar a los vecinos?
HERMINIO PICAZO
Por mi parte jamás podría haber calificado la práctica juvenil de beber en la calle como 'botellón'. Hasta que el bombardeo mediático -procedente, cómo no, de Madrid- no ha tenido a bien sacarnos a los murcianos de la tremenda equivocación lingüística, por este rincón de la península llamábamos 'botelleo' a la ruidosa costumbre de ponerse hasta arriba todos juntos al aire libre y gastando poco. Lo malo es que para estos casos sirve de casi nada el por otra parte magnífico diccionario de la Real Academia.

Según el DRAE, botellón es -lo sospechaba- el aumentativo de botella; y para los mejicanos es una damajuana. Absolutamente curioso de saber lo que es una damajuana, el diccionario lo resuelve cabalmente: "Recipiente de vidrio o barro cocido, de cuello corto, a veces protegido por un revestimiento, que sirve para contener líquidos". Pues eso. Pero para más confusión, resulta que también explica la Academia -la Real, no la del Triunfo- que una damajuana, o sea un botellón, es asimismo una 'damasana'. Pues eso, otra vez.

El caso es que, se llame como se llame, el botelleo, tanto la práctica de cómo la polémica sobre, es una excelente metáfora de los valores que entre unos y otros hemos dado en otorgar a la juventud del siglo XXI y, a la par, la hipocresía que entre unos y otros -entre unos y otros mayores, digo- somos capaces de aplicar cuando hablamos de cosas como éstas.

Los jóvenes beben en la calle desde tierna edad porque les da la gana, y punto. Y porque no tienen euros para emborracharse bajo cubierto. Y porque además en muchas ocasiones no tienen en la cabeza -no les proponemos- otra cosa más interesante en la que ocupar las neuronas. Y porque tienen excelentes ejemplos en sus padres, tíos y hermanos mayores con su carajillo de la mañana y su cubata de media tarde. Y sobre todo porque esta es una sociedad tan absolutamente idiotizada que entre todos hemos llevado lo lúdico a extremos idiotizantes y encima nos escandalizamos.

No quiero yo que en las casas se esté todo el día hablando de la crisis argentina, del reciente libro de Umberto Eco o de la última exposición colectiva de arte contemporáneo, pero que no se quejen los padres que tienen todo el día puesta la tele con las crónicas marcianas, el fútbol o el inefable programa de los sábados de José Luis Moreno de que luego sus hijos no tengan en la mollera más que un cuba-litro o el piercing de aquella rubia (cubatas y piercings que en cualquier caso, en su justo término, tampoco está mal que se cuenten entre las cosas buenas de la vida).

El caso es que me gustaría creer que detrás de la preocupación general sobre el botelleo, o de las medidas coercitivas que contra él piensen adoptarse, hay una verdadera preocupación por la salud adolescente. ¿Pero estaríamos hablando de esto si los jóvenes consiguieran sus correspondientes comas etílicos a escondidas, sin hacer ruido ni molestar a los vecinos?, ¿no ha habido años y datos previos para que educadores y sociólogos hubieran hecho saltar antes todas las señales de alarma?, ¿se prohibirá también el alcohol en la calle en las fiestas de los pueblos?.

Está claro que las cosas sociales no se cambian por decreto. Y también es evidente que no se puede integrar como una práctica casi delictiva algo que está basado en la propia evolución, correcta o incorrecta, de los modos grupales de conducta. Tampoco nos engañemos: aunque seamos capaces de proponer alternativas de ocio saludable a los jóvenes, ellos prefieren pasarlo bien como ahora lo están haciendo porque es el modelo de sociedad en el que están insertos. Y tampoco vale ser moralistas. La dialéctica permisividad-represión no sirve para el botelleo porque no se trata de una conducta ni marginal ni sin fondo de reflexión. Se trata de preguntarse que falla en una sociedad que genera, en todas sus escalas, tan poco grado de inteligencia.

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