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Las Palmas, 19/2/2002

De repente, el botellón

ÁNGEL TRISTÁN PIMIENTA
Hay que reconocerle al Ayuntamiento de Agüimes la condición de adelantado: su ordenanza para controlar el desmadre juvenil e intentar encauzar el ocio de los chicos tuvo, como suele suceder, una doble repercusión. Frente a quienes entendieron la medida en sus justos términos, y la contextualizaron en una sociedad propensa a mirar hacia otro lado para no coartar unas presuntas libertades individuales que se conciben con la misma condición expansiva que el universo, surgieron las inevitables voces críticas que predicaban el autocontrol, la autodisciplina y, se supone, el cumplimiento de la máxima evangélica, llevada al refranero, de que con la cuchara que coges, con ésa comerás. Pero tanto el alcalde Antonio Morales como los concejales de este municipio del Sureste, excepto los del PP, que no quisieron comulgar con estas 'ruedas de molino' y van a tragarse hasta las aspas por orden del Ministerio de Interior, tuvieron la valentía -hay que necesitar valor para llevar la contracorriente a la moda dominante y al papanatismo de temporada- de diagnosticar un problema, grave sin paliativos ni medias tintas. Y propusieron una serie de medidas que algunos han intentado descalificar aludiendo despectivamente a su condición de 'toque de queda' innecesario frente a una mayoría adolescente sensata y responsable de sus derechos y de sus deberes.

Pero las leyes tratan, precisamente, de dirigir a las minorías por el camino adecuado a los intereses generales. El respeto a las peculiaridades no tiene nada que ver con el relajo y con actitudes que no pueden sostenerse desde el sentido común. Un chico puede, es obvio, pasear hasta las tantas de la madrugada y tocar la guitarra en la playa de Las Canteras hasta que lleguen los primeros extranjeros a las hamacas. Muchas parejas entraron a hacer las vigilias de la Juventud Antoniana en la calle Padre Cueto, como una forma, precisamente, de aligerar la férrea disciplina familiar de los años cincuenta y sesenta. Pero la sociedad funciona porque la vida está perfectamente señalizada, aunque la propia esencia del ser humano tiende a la permanente evolución en todos los ámbitos, también en los del comportamiento. Todo cambia. Las minifaldas y los bikinis de las suecas que en pleno nacionalcatolicismo y de las JONS escandalizaban a los reprimidos canarios que hacían guardia en la barandilla de Las Canteras son a estas alturas del top y el tanga, tan prehistoria de la indumentaria como los sagalejos y el pantalón bombacho. La libertad personal ha hecho impresionantes e irreversibles conquistas: desaparecieron las 'carabinas', el coche y el teléfono móvil ha aumentado hasta el infinito el grado de independencia individual. Pero hay mínimos, medios y máximos. Es lo de siempre: no da lo mismo tomarse un vaso de vino al día que una botella. "Una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero", comentaba con su carga de experiencia y buen tino un conocido empresario local que tiende a comprender el ánimo de los demás y a buscar, siempre, un punto de encuentro. Pero a veces es que no lo hay, y es preciso fijarlo porque ya no basta con lo sobreentendido o con lo que en otras épocas y circunstancias eran asuntos de indiscutible lógica. La 'Ley del Botellón' de la que ha hablado el vicepresidente Mariano Rajoy ya ha tenido sus inmediatos antecedentes en la Comunidad de Madrid y en varios municipios que, como Toledo, han decidido hacer camino al andar y 'proteger' el casco histórico. Por supuesto que de inmediato han aparecido las argumentaciones en favor del autocontrol y diversas teologías proclives a la conveniencia del dejar hacer. Pero no es sensato seguir ignorando un caos creciente y oponer desmadres disfrazados de derecho a la constatación científica del daño causado al propio individuo y a la comunidad. La trasnochada sistemática, hasta media mañana del día siguiente, es una barbaridad que el cuerpo no aguanta. Las aulas de institutos y de las universidades dan pena los lunes y hasta los martes; las fugonas empiezan los jueves o los viernes. El aprovechamiento y la excelencia son cada vez más cosa de élites mentalizadas. La mística del alcohol es lo que faltaba: además de sus perniciosos efectos sobre la salud y en el rendimiento académico o laboral está la pendiente hacia el consumo de estupefacientes en lo que es un grupo de riesgo que es semillero de fracasos, frustraciones y marginalidades melancólicas.

Claro que tampoco la solución es una ley que se concentre exclusivamente en los aspectos represivos y limitativos. Las instituciones han de colaborar promoviendo espacios y formas para el divertimento saludable. Pero las canchas deportivas escolares o municipales se cierran a cal y canto; el 'parque de la música' sigue siendo una utopía mientras las autoridades se rasgan las vestiduras; de las aulas ha desaparecido la educación cívica; a pesar de la legislación no se controla el acceso temprano a las bebidas alcohólicas, y las multas son irrisorias; los concejales competentes (es un decir) parecen estar en Belén con los pastores; jueces y fiscales, salvo excepciones, tienden a la permisividad garantista... Y en ese ambiente ni una ni mil leyes tienen nada que hacer.

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