Murcia, 18/02/2002 La vida como botellónCarlos Marín-BlázquezEl Gobierno se ha propuesto acabar con la moda del botellón mediante la aprobación de una ley que prohíba el consumo de bebidas alcohólicas en la calle. La medida llega cuando el problema ha alcanzado cotas de fenómeno social y muchos jóvenes han incorporado a su rutina del fin de semana el hábito de castigarse puntualmente el hígado con la paga que les pasan en casa sus papás. Ahora es cuando sale a la luz el dato tremendo de que tres de cada cuatro menores beben habitualmente cada fin de semana, pero eso es algo que ya se sabía sin necesidad de recurrir a las encuestas, desde que los vecinos de las zonas afectadas por esta nueva plaga denunciaban lo que venía ocurriendo ante la pasividad de las autoridades y la apatía de los medios de comunicación.Ahora habrá que esperar para saber si la prohibición sirve de algo. Porque mucho nos tememos que si todo se reduce a vallar los espacios donde la peña improvisa sus movidas, aparte de lavar la imagen de nuestras ciudades y darle al asunto un matiz clandestino que lo hará más atractivo a los ojos de algunos de estos párvulos antisistema, no se habrá avanzado gran cosa. Procedería además averiguar a qué ocultas necesidades obedecen semejantes rituales, de qué diversión hablan estos chavales cuando afirman desenvueltamente ante una cámara de televisión, con la mirada vidriosa y las facciones desencajadas por un espasmo de risa beoda, que lo único que pretenden es pasárselo bien. La prolongación de la vida como juego es, al parecer, algo que motiva mucho a los jóvenes. El botellón, además de cumplir un papel aglutinador entre las gentes en edad de socializar, les ayuda a ahuyentar el muermo existencial que se les viene encima cada vez que se encuentran ante el trance de examinarse por dentro. De ahí su éxito. Por un módico precio, uno puede seguir alargando ese limbo infantil donde sabe que no se le van a pedir responsabilidades por nada. La vida como juego o la vida como botellón es el resultado último de un fracaso social que no se soluciona únicamente con una ley que prohíba beber en la calle. Una generación que ha crecido entre la blanda desorientación de unos padres cobardemente permisivos y la inoperancia absoluta del sistema educativo; una generación que casi en su totalidad carece de la disciplina indispensable para administrar con cordura su propia libertad, y se mofa de valores como el esfuerzo, la constancia y la devoción por las cosas bien hechas, mientras idolatra el éxito fácil y las emociones ultrarrápidas; una generación cuyo único alimento espiritual desde la infancia ha venido siendo la bazofia televisiva tan exitosamente programada en horarios de máxima audiencia, sale ahora a la calle para ponerse ciega de calimocho, y la sociedad se echa las manos a la cabeza. Pero los fenómenos de masas nunca son fruto del azar. Alguien, alguna vez, aun a riesgo de ser tachado de retrógrado por la caterva ignorante que ha marcado las pautas educativas y culturales en este país durante las últimas décadas, tendrá que recordarnos cuál es la nómina de valores esenciales en que deberíamos aprender a sustentar ese curioso fenómeno que llamamos vida.
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