Valladolid, 18/02/2002 'Botellón'JOSÉ MARÍA ROMERAEN el fondo del llamado ‘botellón’ resuena una insidiosa pregunta: ¿de quién son los chicos, de los comercios o de los bares? No hay por qué dudar de las piadosas intenciones de las autoridades que ahora celebran congresos sobre el problema y proyectan ordenanzas restrictivas. Sería injusto olvidar el esfuerzo de organizaciones sociales, consejos de la juventud y agentes educativos que llevan años actuando para atajar el alcoholismo de los chicos. Pero nadie es tan inocente como para no darse cuenta de que aquí hay una nutrida clientela a la que miran con ojos golosos los comerciantes de dos gremios. Si la balanza se inclina por la calle, ganan las tiendas de bebidas. Si vence el toque de queda, el beneficio será para los bares. Y seguirá creciendo el número de candidatos a la cirrosis hepática, sólo que las ambulancias acudirán al parque o a la cervecería, según dónde acabe la cosa. España se disputa con Gran Bretaña el honor de ser el país con mayor índice de alcoholismo entre la juventud, lo cual significa que estamos ante un asunto lo bastante grave como para no andarse con chiquitas. La alarma no debería haber saltado entre vecinos molestos por ruidos nocturnos y suciedad diurna, sino en los padres que miran para otro lado con resignación o conformismo. Cuando el muchacho llega a casa el domingo por la mañana, nadie quiere ser el gendarme que le huela el aliento. Al fin y al cabo, esto de la bebida es una tradición mediterránea y hay que conservar la identidad de los pueblos. ¿No agarrábamos nosotros una cogorza de vez en cuando?, dicen condescendientes. Pero ni la permisividad ni la tradición son argumentos, y ellos lo saben. En el papel de padre se incluye la engorrosa responsabilidad de controlar horarios y costumbres de los hijos, a ser posible negociando con ellos de manera persuasiva más que impositiva. Son pocos los que lo hacen. La mayoría capitula por desgana, por no contrariar al chico o por miedo a quedar como el padre hueso. Es cierto que las costumbres de celebración etílica no son nuevas. Pero se olvida que antes los jóvenes sólo se emborrachaban en la fiesta patronal o en la cena de fin de curso: ocasiones contadas. No se trata de ser moralista, sino de hacer pura matemática: tantos litros de alcohol multiplicados por los viernes y sábados del año dan cifras espeluznantes que recaen en los hígados y los cerebros de esos chicos con los que nadie quiere tener broncas. Mejor pensar que es un asunto de los políticos.
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