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Madrid, 04/02/2002

El 'botellón' se impone como modelo de ocio juvenil a pesar de las quejas vecinales

  • Todos los sectores implicados inciden en la prevención como único instrumento eficaz
  • En Segovia, los pies del acueducto acogen a adolescentes que mezclan alcohol y refresco cada fin de semana
    ARANTZA PRÁDANOS
    La Real Academia no se explaya. Botellón: aumentativo de botella. Tan escueta definición no abarca la magnitud del fenómeno que desde hace unos años mejor define el ocio juvenil en España. Las penúltimas protestas vecinales en Madrid, Málaga y tantas otras ciudades por las molestias que causan miles de jóvenes bebiendo en plazas y calles han devuelto al ‘botellón’ al punto más caliente de un debate poliédrico y complejo.

    Madrid. Unos 500.000 jóvenes, según cálculos de la delegación del Gobierno, se citan en distintos puntos de la ciudad, concentrados en los barrios de Malasaña, Lavapiés, Maravillas y Chueca, entre otros, para beber. El problema no es sólo ése. Por lo menos no para Manuel, un vecino de la Plaza del Dos de Mayo, epicentro del ‘botellón’ madrileño, al que, con sinceridad, le importa poco «que beban y revienten, pero que nos dejen vivir en paz».

    La ‘capitalidad’ de Madrid ofrece una buena caja de resonancia para difundir los efectos del botellón, pero el fenómeno no es nuevo ni privativo de la villa y corte. En Granada, ciudad de raigambre universitaria, los ‘akelarres’ adolescentes en pleno centro histórico se reproducen desde hace lustros. La Plaza Mayor de Cáceres presenta doble faz los fines de semana: aparcamiento de día y el ‘mayor pub al aire libre del mundo’ al anochecer, cuando miles de jóvenes se apiñan para su particular ‘fiebre del sábado noche’. En Segovia, los pies del acueducto acogen a adolescentes que mezclan alcohol y refresco con la maestría de un ‘barman’, y en Toledo el consistorio va camino de prohibir el ‘botellón’ en el casco antiguo.

    La Comisión de Juventud de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) lleva varias reuniones monográficas con expertos en distintos campos en busca de la fórmula mágica. En la teoría casi todos concuerdan. Es necesario un cóctel de políticas coordinadas de prevención temprana desde la escuela; endurecer el marco legal de venta; incrementar los precios del alcohol como factor disuasorio; acotar los espacios publicitarios y de patrocinio de bebidas alcohólicas y, fundamental, contar con los propios jóvenes en el diseño de ‘su’ espacio recreativo. E implicar a la familia, cuya despreocupación también es parte del problema.

    En un estudio sobre el consumo de sustancias peligrosas en los jóvenes «los profesores ponían en primer lugar el alcohol, pero los padres estaban más preocupados por otras drogas; heroína, cocaína, éxtasis, pero el alcohol no. Los niños no reciben el mismo mensaje en casa y en la escuela», relataba su portavoz.

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