Alicante, 28/01/2002 BotellónCARLOS MARÍN-BLÁZQUEZUna muy reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha condenado al Ayuntamiento de Sevilla por no actuar contra el allí llamado botellón o, lo que es lo mismo, el consumo masivo y nocturno de bebidas alcohólicas en la calle con las consiguientes molestias que ello ocasiona al vecindario de las zonas elegidas para llevar a la práctica tan saludable y cívica costumbre. La sentencia ha tenido cierta repercusión en los medios de todo el país porque se trata de un fenómeno ampliamente extendido por la geografía española ante la pasividad generalizada de las autoridades municipales. Autoridades que, dicho sea de paso, quizá ahora se sientan obligadas a modificar esa política de descarada permisividad hacia comportamientos que rozan lo vandálico por mucho que quienes los ejercen sean en su gran mayoría niños de papá con ganas de poner un poco de descontrol etílico en sus insulsas existencias.Y es que para ciertos políticos con las meninges reblandecidas, cualquier manifestación más o menos concurrida que lleve aparejada un componente de jolgorio es digna de disfrutar de inmediato de la más absoluta inmunidad, incluso si sus consecuencias para una convivencia civilizada resultan en última instancia devastadoras. Y si cada fin de semana a la tribu de pijos beodos, niñatos aburridos de sí mismos, le da la vena de desparramarse por plazas y calles para ponerse ciegos de cubalitro y calimocho y dejar a su paso una desolación de meadas y botellas rotas, siempre habrá algún concejal o algún alcalde que se encojan de hombros y con una sonrisa imbécil en los labios hable de una nueva cultura de la marcha, qué se le va a hacer, son otros tiempos, entiéndanlo, seamos tolerantes con los jóvenes, todo muy moderno y popular, todo de una rentabilidad electoral perfectamente calculada. Cualquier tentativa de apropiarse de los espacios públicos implica una forma de totalitarismo. Eso es algo que, por muy impopular que resulte, deberían tener más presente los ilustres miembros de las corporaciones municipales antes de aplicarse a repartir indulgencias entre toda esa clase de eventos por los que siempre demuestran un entusiasmo fervoroso, desde desfiles folklóricos a verbenas de barrio o celebraciones deportivas. La tolerancia no tiene nada que ver con esto, sobre todo cuando para dar la impresión de tolerancia te insinúan que no hay más remedio que dejarse pisotear. Porque, ¿quién vela entonces por los derechos de esos otros ciudadanos, numerosísimos también, pero que deben resignarse a las molestias innumerables que ocasiona este afán impune por enseñorearse de la calle y al que algunos colectivos de este país se muestran tan aficionados? La respuesta a esa pregunta ha venido a darla el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía con su sentencia sobre el botellón. Lo que parecía evidente han tenido que venir a corroborarlo los jueces después de cuatro años de litigios. Así son las cosas en este país. Ahora habrá que esperar las soluciones. Porque difícil arreglo tiene lo que es consecuencia, más que de una moda, de un fracaso social más profundo y demoledor, de un embrutecimiento del ocio y de la vida en general que se extiende por el corazón de una sociedad estúpidamente satisfecha de sí misma.
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