Badajoz, 21/12/2002 Los adolescentes toman la calle para celebrar con alcohol el fin de las clasesJ. LÓPEZ-LAGO GLEZ.Hasta de Montijo venían jóvenes conocedores de la que se monta en Badajoz un día como ayer. «Es el día de estudiante borracho», proclamaba un joven cargado con bolsas que contenían el 'botellón'; «¿sólo una botella para las seis?», exclamaba preocupada otra joven que recaudaba euros entre las amigas para acudir a la tienda. Ellos dicen que es la última oportunidad del año para estar con los compañeros de clase, por eso se toman con tanta convicción lo de pasarlo bien, aunque a media tarde no todos disfruten como pensaban. La mayoría no supera los veinte años y por eso el alcohol les pesa más. Para muchos suele ser su primera lección, o de las pocas veces que pasan el día fuera comiendo con los amigos. En los bares de la calle República Argentina, esquina con Díaz Brito, salían por decenas de las cocinas raciones de panceta y patatas fritas. Es el día más fuerte de una zona de ocio venida a menos «y eso hay que aprovecharlo», explicaba un hostelero mientras rellenaba 'macetas' de tinto con limón y de cerveza, lo más demandado antes de pasar al whisky, vodka, ron y demás. Cada vez más tardeAntes los jóvenes comenzaban a emborracharse desde por la mañana temprano, algunos mientras desayunaban, pero con los años la costumbre se ha retrasado al mediodía «para aguantar hasta por la noche en condiciones», decía ayer un joven. Entregar las notas cada vez más tarde, como ha ordenado la Junta, sirve sólo para retener en las aulas unas horas más a los estudiantes, muchos de los cuales no acuden a clase un día como ayer. «A mi colegio han faltado varios profesores porque saben lo que hay», decía ayer una joven que recogió sus notas días antes pero hoy las llevaba consigo: «es que hay bares que enseñando las notas te regalan un chupito por cada suspenso», «yo llevo diez, menuda 'tajá', pero eso no lo pongas», se desternillaba su amiga. Quejas de vecinosY entre jóvenes anárquicos a lomos de sus ciclomotores y maleteros abiertos desde los que resonaba la música de moda, paseaban los vecinos de Santa Marina, mitad enojados mitad acostumbrados a este panorama que «por suerte sólo dura un día», decía una vecina. Otros no lo veían así. Se apresuraban a retirar su vehículo de los aparcamientos tomados por los muchachos y se quejaban porque la policía no controlase la situación, pues con el paso de las horas la fiesta fue derivando en portales orinados, ruido ensordecedor y la lamentable imagen, ya de noche, de más de un joven tambaleándose y derramando su cubata al andar.
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