Granada, 28/9/2001 PUERTA REALPecados y milagrosJOSÉ VICENTE PASCUALLA madrugada del pasado sábado, a las siete y veinticinco minutos, se apareció en la calleja que hay bajo la ventana de mi dormitorio la completa mismidad milagrosa de Torquemada.En este caso, el viejo inquisidor tomó la forma corporal de un tal Emilio, obrero de la construcción que conducía un camión fragoroso, el cual dejó aparcado con el motor en marcha para, de inmediato, dedicarse en compañía de algunos alguaciles del Santo Oficio a edificar un andamio, todo ello con grandísimo ruido de maquinaria, metalistería, taladradoras neumáticas y otros artilugios fabriles habilitados para producir estruendo. Yo me dije: «No puede ser, hoy es sábado, son las 7'25, el vecindario duerme y la mayoría de ellos, incautos, estuvieron anoche de copas hasta las tantas, igual que yo». Pero los milagros son así, tienen su hora fija y su especial proceder, generalmente orientado al propósito de que sintamos arrepentimiento por nuestras faltas. Yo puedo asegurarles que me arrepentí muchísimo de haber andorreado la noche del viernes y haberme metido después en la cama con la abotargada conciencia de los pecadores, dispuesto a dormir y roncar como un sochantre hasta el mediodía del sábado. Sobre todo me arrepentía cuando los ayudantes de Torquemada lo llamaban a grito pelado, con sus roncas voces proletarias, ¡Emilio! ¡Emilio! (pues Emilio se manifestaba imprescindible para cualquier tarea). Aquellos alaridos y clamores evocaron en mi conciencia resacosa la voz cavernaria del centinela nocturno medieval, quien recorría las calles provisto de recio bastón nudoso, un farol y un pregón apocalíptico en sus labios: «Pecador que estás pecando / mira que te has de morir / mira que no peques tanto». Cada vez que oía yo el nombre de ¡Emilio! ¡Emilio!, se me atormentaba el alma con la idea de que podía haberme acostado a las diez de la noche, ensoñar como un angelito después del rezo de oraciones y haberme levantado a las seis de la mañana para ir de sano paseo a la Fuente de la Bicha, librándome así de la terrible algazara del milagro. Acongojado, contrito, con la boca seca pues ya se sabe que quien se acuesta con vino se levanta con agua, me asomé a la ventana para presenciar bajo la luz titubeante del amanecer las estertóreas maniobras de Torquemada y los suyos. Vi a muchos vecinos asomados a sus ventanas, insomnes por supuesto, atónitos, desconcertados ante tanto rigor ceremonial, ojerosos, con el entendimiento aun enmarañado por la secuela de sus andanzas nocturnas. Uno de ellos, con los nervios perdidos, endemoniado quizás, gritó al séquito: «¿Tienen ustedes para mucho?» A lo que un interfecto respondió son sorna: «Hasta que acabemos, a ver si se cree usted que estamos aquí por gusto, un sábado a estas horas, no te jode». «Es que no hay manera de dormir», respondió el vecino. «Pues haber hecho lo que yo, so tonto pollas: no haberte acostado». Volví al lecho con resignación, asiéndome al raro consuelo de que en estos tiempos es muy difícil dormir tranquilamente, así en la tierra como en el cielo. Y me quedé despierto, pensando como san Luis Gonzaga que a veces es preferible morir que pecar. JOSÉ VICENTE PASCUAL
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