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Granada, 23/09/2001

Puerta Real

Duerme cuando mueras

JOSÉ CARLOS ROSALES
LA valla publicitaria a la que voy a referirme no ha durado demasiados días, han pasado sólo un par de semanas y ya ha sido rápidamente sustituida por otra en ese vértigo continuo en el que nos quiere sumergir una publicidad sin escrúpulos. En el cruce de caminos de un barrio que aún no ha terminado de encontrar los apoyos necesarios para llegar a ser parte legítima de una ciudad tan rara como la nuestra, he visto varias veces esa valla anunciando un licor: sólo estaba el anagrama gigantesco de la marca y una frase, 'Duerme cuando mueras'. Para un paseante distraído o mal informado, esa frase podría pasar inadvertida, ser tan sólo una frase ingeniosa y jovial, una invitación vitalista a disfrutar de la noche. Pero su sentido es otro muy distinto. Esa estúpida frase juega peligrosamente con una visión frívola de la muerte, identifica de modo grosero la vida nocturna con la vida, y estimula la idea de que la noche no es nada si no va acompañada del alcohol.

Pronto comenzará el curso escolar y las calles de nuestra ciudad volverán a llenarse, durante las noches del fin de semana, de presuntos jóvenes -y no tan jóvenes- deambulando sin rumbo fijo, de bar en bar, de plaza en plaza, con una botella de alcohol en la mano; así que no es extraño que el consumo de alcohol de alta graduación esté creciendo de forma continuada entre la población juvenil española. Los sociólogos dicen que este dato es más o menos normal en una sociedad que ha visto cómo se elevaba su nivel de vida a lo largo de las últimas décadas. Nuestros concejales discuten cómo encauzar por otros caminos más civilizados ese afán juvenil de disfrutar de la noche y sus placeres imaginarios. Los vecinos protestan sin resultado alguno, sólo logran una cita con el Ayuntamiento, tal vez la promesa de que el llamado 'botellón' se irá con su vómito a otra parte. Y los fabricantes de bebidas alcohólicas han logrado un espacio exclusivo donde vender sus mercancías, un espacio nocturno donde no tienen la menor competencia: por la noche no abren los demás comercios, ni las bibliotecas, ni los cines, ni los ambulatorios, ni las librerías, ni las ventanillas oficiales. Por no haber, por la noche no hay ni siquiera autobuses, sólo bares, y una multitud que vaga de un sitio para otro esperando que amanezca.

Ahora se ha decidido promover en Granada un poco más el uso del transporte público. Pero por la noche no hay autobuses urbanos, sólo taxis, motos ruidosas, coches taponando cualquier calle. Así que la gente no podría irse a dormir aunque quisiera. Sólo nos queda pasear sin dirección bajo la luz de las farolas, confundir la vida con la noche, y dormir de día, 'dormir cuando mueras', como dice ese anuncio insolente de ron o de tequila, bebidas nobles que no merecen la torpeza de unos patrocinadores que falsifican la alegría de vivir y sólo nos quieren consumiendo, siempre despiertos, consumiendo y consumiéndonos.

JOSÉ CARLOS ROSALES

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