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Pamplona, 23/09/2001

CRÓNICAS DE ASFALTO

De ruidos y otras hierbas

El ruido de las motos es objeto de persecución, pero hay otras cruzadas pendientes y no se aprecia ninguna voluntad de abordarlas.

CON la que está cayendo parece banal escribir de estos cominos, pero así es este oficio. Y si llegara el fin del mundo, un rincón del diario seguiría informando de las farmacias de guardia, ya ves tú. A lo que vamos: la campaña contra el ruido de las motos es como un residuo no asimilado por el estómago municipal, que fagocita sin empacho tanta contaminación viajera sobre cuatro ruedas, aunque, justo es reconocerlo, las motos deben estar ajustadas a la normativa.

Dicho esto, también los motoristas urbanos tienen su lista de agravios sin que ninguna acción municipal les alivie de su desamparo. Por ejemplo, la escasez de aparcamientos adecuados o la indefensión provocada por el equilibrio sustentado en dos puntos de apoyo en medio de un tráfico desconsiderado.

Pero sin entrar en un debate estéril, al hablar de ruidos habría que consultar al ciudadano pamplonés -sobre todo del Casco Viejo- qué opina de los escándalos nocturnos que turban su descanso o de los bares que hacen del decibelio disparado un festival permanente al amparo de la noche. En eso, las motos poco tienen que ver.

Más allá, incluso, uno echa de menos otras cruzadas que contribuirían sin duda a la mejor calidad de vida. Sin más, deberían prohibirse autobuses y camiones cuyo tubo de escape te acaba tiznando más que una semana en Torremolinos, y habría que llamar la atención a esos conductores que no respetan el ceda el paso cuando ven una poquita cosa, como una moto, acercarse por su derecha.

Puestos, y ya en un plano más íntimo, dado que en el fondo afrontamos un asunto de molestias a terceros, sugiero campañas contra los orfeones que parecen anidar en algunos sobacos; los halitósicos que te ponen contra la pared -de tanto que te vas para atrás- y te fumigan con su soplete, y quienes demuestran con su proximidad no haberse duchado desde la última tormenta.

Otrosí, campañas contra los guardias encastillados en sus monólogos; los que te riegan de salivilla mientras te cuentan que a su suegra le están poniendo una dentadura nueva; las obras mal señalizadas; los andamios en las aceras; los baches perpetuos con vocación de urbanización; los perros incontinentes de dueños desahogados que dejan su generosa firma a flor de suela; los bares con ginebra de garrafa y dulzona; los camareros que no paran y nunca llegan; los políticos de discursos devastadores del idioma; los periodistas y locutores que patean/amos la gramática; ésos que comen en los restaurantes con la boca abierta; los que te empujan en la calle; quienes toman el portal por antesala del vertedero; los vecinos de arriba, que se pasan el día arrastrando muebles; las telefonistas inoperantes (como Gobierno floral no me sale nada...).

Y, desde luego, falta por emprender campañas contra las campañas electorales, asignatura que debiera ser de obligado cumplimiento ciudadano, para desvelar públicamente dónde se predicó dar trigo y sólo se reparte paja.

Por cierto -lo mismo se ha notado-, yo voy en moto

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