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Zaragoza, 11/9/2001

Víctimas del ruido y del silencio

El ayuntamiento pierde el contencioso con unos vecinos por un almacén de pescado

NONASPE
Una sentencia manda cerrar el almacén de un pescadero que causaba molestias por ruido a un matrimonio. El alcalde sale ahora del silencio y trata de conciliar.

José Suñer y Concha Ruiz Durante años se han quejado de los ruidos, vibraciones y molestias del almacén de pescado junto a su vivienda, sin que les escucharan en el ayuntamiento. El jueves se llevaron de allí un potente extractor. Saltaba automático, de día o de noche y podía permanecer vibrando como una sirena sostenida durante horas. Desde hace dos años y dos meses han tenido que dormir en otra casa a 50 metros de ese sobresalto.

Y ahora que han ganado un contencioso que pivota sobre una prueba de sonido y obliga al dueño del almacén a cesar la actividad por falta de licencia, los denunciantes, un matrimonio regresado a Nonaspe desde Barcelona, se niegan a abrir la puerta al ayuntamiento. Quieren que se ejecute una sentencia que obliga al municipio a pagarles 300.000 pesetas por daños, más los intereses. Y, a falta de este pago, se han declarado contrarios a pagar los impuestos municipales. Han ido a la Guardia Civil con los doce folios del tribunal en la mano, que dejan sin efecto la licencia de apertura del almacén. El alcalde se ha tomado tiempo para ejecutar el fallo y, de momento, ha pedido una orden judicial para entrar en la casa y medir los ruidos.

La casa y el almacén
La casa y el almacén. La casa de los Suñer, en primer plano y detrás de ella, con puerta de hierro, el almacén. Foto:SERVICIO ESPECIAL
La sentencia tardó en salir cuatro años. El viernes pasado, retirado el extractor, ya no había ruidos en aquella barriada en descampado donde José Suñer (nacido en Nonaspe, empleado de Seat en Barcelona) y Concha Ruiz, su esposa, construyeron en 1987 una casa de dos plantas, solitaria entonces, para pasar temporadas. En junio del 93, José Suñer tuvo un accidente vascular del que le han quedado secuelas de afasia. Venía al pueblo a recuperarse. Pasaban medio año en Barcelona. José Manuel Catalán, construyó ese año el almacén para pescado que vende por ocho pueblos. El recuerda los primeros roces: "Cuando pusimos la luz eléctrica, José Suñer me recordó que aquella derivación de la toma hacia el paraje la había pagado él". El matrimonio evoca, en cambio "el ruido de la puerta corredera de hierro que hacía temblar la casa, el trasiego de camiones, el olor a pescado...". Fueron a quejarse al ayuntamiento. El alcalde de Nonaspe, Joaquín Llop, señala que el pescadero "pidió el permiso de obra y se le dio. Sus vecinos entonces no dijeron nada". Tardaría dos años en darse la licencia de actividad. Llop incide en que las quejas se acentuáron, quizás debido a la delicada salud del marido: "un día eran los olores, otro día los ruidos, otro, el agua...".

José Manuel Catalán, primo del alcalde, señala que las quejas se escalonaron. Recuerda una agria disputa a la vuelta de su viaje de novios en junio del 94. El matrimonio vecino no hallaba apoyos en su batalla legal.

La esposa de Suñer, Concha Ruiz Silué, señala que en marzo de 1995, cuando llevaba dos años el almacén, y ella había presentado ya dos escritos con quejas en el ayuntamiento, recibió un oficio municipal anunciándole que el pescadero ha solicitado legalizar el almacén por no tener aún la licencia de actividad. Según el reglamento de actividades molestas... se notifica a usted como vecino para que en diez días presente observaciones . Ella respondió: Me parece una cruel ironía que se me inste a observar a estas alturas, cuando tengo dos escritos sin respuesta". Acudió al Justicia, que intervino, pero se topó con el silencio administrativo. Los departamentos de la DGA intervinieron exigiendo al almacén instalaciones y aparatos (extractor, lavabo, camiones isotérmicos), "y se multiplicó el ruido", declara ella. José Manuel Catalán hace el inventario de los aparatos: "El motor de la cámara, de medio caballo, en el centro del almacén; dos máquinas de fabricar escamas y un extractor de aire industrial cuando se crea mucha temperatura".

El minimiza el impacto y señala respecto a los vecinos que "han sido muy exigentes". Se construyó otra vivienda en el flanco contrario del almacén, sin que sus dueños formularan quejas. "Me dijeron que la abuela, muy enferma, decía que oía como una avispa (el extractor), y lo desenchufé para no molestarla", dice Catalán.

Se abrió el contencioso. El 13 de marzo del 97, se realizó la medición de ruidos. Un ingeniero superior enviado por el juez, emitió un informe técnico que ahora aparece en la sentencia: el extractor de aire emitía 68,7 decibelios. En el cuarto de baño de la vivienda se detectaban 46, en otros puntos de la casa, pasaban de 50.

En junio de 1999 se abrió una ventana trasera del almacén con un nuevo aparato que determinó al matrimonio Suñer a pernoctar en casa de la madre de la esposa. La sentencia judicial, por fin, declaraba el cese de la actividad hasta que se le otorgase al dueño de la pescadería una nueva licencia. Se estimaba anulada la anterior por haber tenido como objetivo dotar al propietario de una apariencia de legalidad, y se daba por sentados los daños. El ayuntamiento tendrá que indemnizar con 300.000 pesetas.

Fuentes municipales señalan que la prueba pericial se realizó sin notificárselo. Este había encargado otra medición con baremos y niveles mucho más bajos. Tras la sentencia, pusieron manos a la obra. "De lo que se trata es de conciliar el derecho a no ser molestado, con el derecho a trabajar", señala el alcalde. El propio dueño del almacén enumera las reformas: "Pusimos aislantes en las paredes. Y un refuerzo de hormigón que da 45 de asislamiento acústico. Y tabiques de yeso y fibra de vidrio. Luego hemos aislado el techo". Pero los Suñer quieren que se cierre el almacén, "como manda el juez".

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