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Zaragoza, 6/9/2001

El ruido de la diversión

Antonio Piazuelo

Diputado socialista
Intentar de un plumazo torcer las tendencias de la gente no es bueno, pero dejar que las tendencias avasallen al ciudadano es todavía peor. Los poderes públicos están para regular este tipo de conflictos

Que los jóvenes quieran divertirse sin restricciones, normal. Que los que están en sus casas mientras tanto quieran dormir, absolutamente incontestable. Que los dueños de negocios de bebidas quieran sacar cuanto más mejor, para eso son los dueños. En este cruce de intereses hay que decir, como punto de partida, que para el sentido común más elemental, la polémica es absurda e innecesaria: el derecho a la intimidad del hogar y el descanso están por encima de cualquier otro. Después puede hablarse de modas, costumbres, economía, normativas, impuestos, competencias... Como siempre que algo se regula existen, primero, los derechos fundamentales, y luego una serie de factores, más o menos estimables pero que no deberían atentar contra aquéllos.

Es innegable que las formas culturales de la juventud actual incluyen el pasar la noche los fines de semana bebiendo con los amigos. También es obvio que, matemáticamente hablando, a más jóvenes y más sitios próximos para beber, más ruido y molestias se generan para los que habitan esas zonas de ocio.

Desde el plano político de la responsabilidad administrativa, intentar de un plumazo torcer las tendencias de la gente no es bueno, pero dejar que las tendencias campen por sus respetos avasallando al ciudadano, es todavía peor. Los poderes públicos están para regular este tipo de conflictos. Cuando los problemas son viejos, la regulación pasa por enderezar las cosas con una firmeza que, lógicamente, molesta. Si la administración no ha actuado cuando y donde debiera, las cosas se desmadran tanto que después es mucho más difícil corregirlas.

Léase implícito un mea culpa por los defectos que en este asunto puedan achacarse a los gobiernos municipales socialistas. Estábamos en una época en la que, impelidos a conquistar libertades y recuperar un poco la alegría, se era propenso a una cierta flexibilidad por las leyes restrictivas y se simpatizaba con un comportamiento juvenil libre de los muermos que mi generación había padecido. Pero bien, las cosas han evolucionado, como dicen los propios jóvenes, sólo que no sólo hay que considerar la evolución de la moda de salir y volver a casa cada vez más tarde, sino que debemos intentar progresar en el espíritu de ser cada vez más respetuosos unos con otros y de valorar la salud medioambiental y las leyes de la convivencia escrupulosamente, para poner coto a los abusos de unos sobre otros.

El asunto del ocio masificado y el atentado permanente que supone para los vecinos no tiene, por más que se discuta, vuelta de hoja. Una moda jamás puede justificar una agresión. Como no tendría justificación, por ejemplo, el que se impusiera y tolerara --salvando las distancias-- la moda de atacar a los mendigos, quemar coches o pegar al padre. Esto y aquello no son colisiones de derechos, es la necesidad de respetar un derecho primordial, como es dormir siete horas, con las regulaciones que sean precisas. Regulaciones que afectarán a quien debe poder explotar un negocio, pero haciéndolo dentro de la ley, y a quien debe poder correrse una y mil juergas, pero dentro del civismo y la consideración hacia los demás.

Los empresarios no pueden agarrarse al argumento de que si les controlan les fastidian el negocio, como no podría agarrarse a lo mismo el dueño de una chimenea que vertiera azufre en el centro de la ciudad. Los jóvenes tampoco pueden pensar, como en tantas cosas les hemos alentado a pensar, que el mundo es suyo y ancha es Castilla. No son pocas las voces, a nivel nacional y de plumas muy poco sospechosas de conservadurismo, que apuntan en esta misma dirección: el peligro de que un país maravilloso, donde se vive bien y se tiene en alta estima la libertad y la fiesta, derive en un país muy poco educado donde la alegría de unos amargue la vida a otros.

El equilibrio que ha de buscarse consiste en que todo el mundo viva con unos mínimos de bienestar y que las actividades lúdicas se vayan desplazando a zonas periféricas, bien comunicadas y con los servicios necesarios. Así, el que quiere divertirse sabe dónde lo puede hacer y el que quiere dormir no tiene más que ponerse el pijama.

En una clarificación tan simple consiste la evolución, al menos en este caso.

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