Granada, 10/11/2001
PUERTA REALOcioJuan MataEL consejero de Turismo y Deporte de la Junta de Andalucía, José Hurtado, ha alumbrado en Huelva la briosa idea de crear en los próximos años una Consejería del Ocio que aunara las actuales competencias de Cultura, Turismo y Deporte. El motivo, a juicio de nuestro risueño gobernante, es que éste va a ser el 'siglo del ocio' y que por tanto sería congruente que las instituciones públicas se adaptaran al nuevo orden y equipararan sin pudor los conciertos sinfónicos, las excursiones a Puerto Banús y la Champions League, abandonando así una artificiosa y arcaica división que tanta incomodidad viene ocasionando. Por lo que declara el profético consejero Hurtado y por lo que venimos comprobando en la ciudad de Granada, pionera junto a un lejano departamento de Brasil de esa revolución en marcha, el afán del andalucismo es abolir de una vez por todas el sueño ilustrado de la cultura como medio de conocimiento y liberación.¿Por qué leer a Antonio Machado habría de tener más consideración social que un partido del Betis o una jornada en Isla Mágica? Abajo las jerarquías. Viva la uniformidad. Hace unos días, un estudiante protestaba airadamente en este periódico contra la amenaza de cerrar los pubs a las tres de la mañana. A favor de su queja aducía que él había elegido Granada para estudiar «deslumbrado por su ambiente universitario», que se concreta sobre todo en la copiosa oferta de bares y discotecas. Consideraba una coacción que le privaran de su derecho a divertirse y amagaba incluso con una manifestación de cien mil estudiantes para que quienes se quejan del ruido supieran de verdad lo que es armar follón. Dicho lo cual pedía a los ciudadanos que fueran «serios y coherentes» y no se dejaran llevar por el «peloteo» de la política. Cuando la leí supuse que la carta habría sido escrita al término de una noche de farra y achaqué el desvarío a los efectos de la ginebra, pero después de las declaraciones del señor Hurtado he pensado que lo que parecía un simple pensamiento alcohólico tal vez sea una premonición. Ocurre todo esto cuando se suceden en España las protestas contra la nueva Ley Orgánica de Universidades, cuyo fin más ambicioso, según la ministra de Educación, es incrementar la calidad de la enseñanza universitaria, aunque no dedica una sola línea a hablar de educación. Pienso que la recién aprobada ley persigue en realidad menoscabar la autonomía universitaria, una de las más serias conquistas de los, despectivamente llamados por José María Aznar, «progresistas trasnochados». La tan mentada mejora de la calidad no sería más que una coartada para restaurar antiguos privilegios, fortalecer la inestabilidad laboral de los profesores, cercenar la libertad de investigación de las universidades públicas, reducir la representación de alumnos y trabajadores en los órganos de gobierno... La ley del PP no habla de lo que en verdad importa, de lo que no admite demoras, y temo que la masificación de las aulas y el ridículo presupuesto que nuestro país dedica a la enseñanza superior pueda dar la razón al andalucista consejero de la Junta de Andalucía y las universidades públicas acaben convertidas en inmensos espacios de ocio.
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