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Granada, 23/05/2001

Tribuna Abierta

'Pavarotti' sólo cumple con su deber

NO tenemos arreglo. Estamos todos de acuerdo en que la circulación de esta ciudad es un caos. En que todo quisque hace lo que le da la real gana, circulando. En que esto no hay quien lo arregle, porque los granadinos nos saltamos las normas por donde nos apetece. Culpamos a las autoridades, e insultamos bajo cuerda a todos los munícipes, desde el alcalde para abajo. Y cuando un funcionario cumple con la tarea que tiene asignada en grado heroico, algo superior incluso a lo habitual, nos dedicamos a insultarle, a denunciarlo. La verdad, no me entra en la cabeza.

NO tenemos arreglo. Estamos todos de acuerdo en que la circulación de esta ciudad es un caos. En que todo quisque hace lo que le da la real gana, circulando. En que esto no hay quien lo arregle, porque los granadinos nos saltamos las normas por donde nos apetece. Culpamos a las autoridades, e insultamos bajo cuerda a todos los munícipes, desde el alcalde para abajo. Y cuando un funcionario cumple con la tarea que tiene asignada en grado heroico, algo superior incluso a lo habitual, nos dedicamos a insultarle, a denunciarlo. La verdad, no me entra en la cabeza.

Vivimos en una Granada en que Su Majestad el Coche se ha hecho el rey, 'monarquía' en la que apenas hay republicanos: cuando cualquier hijo de vecino se compra un automóvil, el simple hecho de que le haya costado cierta cantidad ya parece darle patente de corso para aplastar al vecino; para circular demostrando que Yo soy Yo, y los demás a callar. Para saltarnos aquel viejo axioma castellano de 'nadie es más que nadie', porque 'ah, es que yo tengo coche, ya soy más que otros porque lo he pagado'.

Con las motos es mucho peor: cualquier aprendiz de hombre que aún no ha empezado a afeitarse y en cuya cabeza no hay dos ideas conectadas con otras, se compra una maquinita con dos ruedas (o la roba, que esa es otra, y le pone escape libre), y ya parece tener derecho a hacer lo que le dé la gana, a circular por donde le plazca, aceras incluidas, sin que nadie le pida cuentas ni le haga cumplir el Código de la Circulación. Tanto peor, si tal burdo engendro de ser humano logra que una moza se siente en el asiento de atrás: entonces, por demostrar lo muy macho que es, puede esperarse todo. Si alguna duda tienen, pásense una noche por Traumatología, y pregúntenles a los sanitarios. Ellos podrán contarles, con detalle.

Se supone que quienes más derecho tienen a hablar son los usuarios, en pura aplicación del principio de la democracia. Y si alguna vez usan un taxi, escuchen al taxista; si tienen oportunidad de hablar con el conductor de un autobús -cuando no esté al volante-, pregúntenles qué opinan. Todos ellos, prácticamente, repiten lo mismo: «Donde está este hombre, no hay problemas. Sí uno lo ve encargado de un cruce, ese día no hay atascos en ese lugar». Sencillamente, el guardia urbano llamado Alejandro, y conocido como 'Pavarotti', cumple con su deber como el mejor. Lo único que pasa es que es rara avis. Un bicho raro, cuando los demás no hacen la mismo, a todos los niveles.

Tenemos demasiada costumbre de funcionarios que no funcionan, barrenderos que no barren, guardias urbanos que dejan pasar delante de sus ojos a infractores sin decirles una palabra, están demasiado ocupados hablando con el compañero uniformado. Sirve de poco denunciar a alguien: se ha hecho costumbre que las multas no se cobran. La Justicia es lenta como un desfile de cojos, si uno usa esa vía ha de prepararse para esperar años antes del juicio... y ese día, todo dependerá del estado de ánimo del señor Juez. Así casi todo.

Por ejemplo, nuestra querida Policía -y tengo algún buen amigo en el Cuerpo- aún no ha logrado librarnos de los llamados 'hippies' (que no lo son), que ocupan Plaza Nueva, precisamente delante del propio Palacio de Justicia. Que pasan el día tumbados por allí, molestan a las chicas jóvenes y ancianos respetables que pasan, fastidian a turistas, consiguen que algún buen samaritano les dé una limosna por ganarse la vida eterna, y usan luego esa limosna para darse la gran vida aquí, vaciándose dentro una litrona que luego tiran en cualquier rincón, o en medio. Como el cuerpo es el cuerpo, ese líquido luego hay que expulsarlo por el otro extremo, es decir, que orinan donde les pilla más cerca..., por ejemplo, contra la misma pared del Palacio de Justicia, por los lados: ejemplar. Para dormir luego, si el tiempo no es bueno, 'okupan' la primera casa en la que pueden colarse, y no hay quien les eche de allí: pregúntenles a quienes arreglan la Cuesta de Aceituneros. O puede hablar de ello alguno de los miembros del Consejo de Administración de este diario, cuya casa solariega está junto a la iglesia de Santa Ana. O los propios abogados, que tienen el Colegio correspondiente en el Pilar del Toro.

En semejante situación, criticamos a un funcionario porque cumple con su deber, funcionando. Cumpliendo sus funciones, haciendo aquello para lo que le pagan un sueldo. Un guardia urbano que usa el silbato de forma imperiosa para convertirse, él solo ante el peligro, en una solución personal al problema del tráfico. Que alguien le critique por hacerlo me parece un signo preocupante. Un síntoma inquietante de cómo somos los de esta ciudad.

¿Qué diríamos de un bombero que echara demasiada agua para apagar un fuego? ¿Nos íbamos a parar a criticarle porque hubiera luego humedad, una vez apagado el fuego? ¿Repito la parida aquella, importada de Oriente, de que no importa el color del gato, si caza ratones? ¿Acaso protestamos por el exceso de ruido que forman los coches cuando se produce un atasco? ¿Que en la plaza de Isabel la Católica, junto al monumento a Colón, son frecuentes cada vez que algún despistado se atasca en las 'pilonas' disuasorias que impiden el acceso a Plaza Nueva? Entonces, al funcionario que lo evita usando energía para hacer más fluida la circulación, ¿vamos a culparle? ¿Qué estorba más para el trabajo, los pitidos del guardia o los de los coches en los embotellamientos que surgen cuando no los da? ¿Qué molesta más para trabajar en la oficina, que el tráfico sea fluido, o que se atasque? ¿Y las motos a escape libre, que no dejan de atronar, y ni palabra contra ellas?

Ya lo sabemos: con el crecimiento, el centro de la ciudad se ha vuelto molesto para la vida familiar, por eso las viviendas de ese tipo se están desplazando fuera del casco antiguo, dejando ese centro para las oficinas. Es un hecho comprobado, y estudiado por los urbanistas, que se produce cuando el nivel de vida supera ciertos límites. Pero ante algo semejante, ¿qué cabe hacer, sino que los encargados de la circulación cumplan con su deber? ¿Qué es un guardia urbano sino un trabajador público? ¿Un poco la base obrera de una ciudad que funciona? ¿Un funcionario al que debiéramos estarle tan agradecidos, cuando cumple con su tarea, como al cartero que nos trae a domicilio buenas noticias, y también cuando no son tan buenas? ¿Qué es Alejandro, alias Pavarotti, sino un funcionario que cumple con su función, modelo para muchos, empezando por sus jefes? ¿Cuándo le hacemos un homenaje, o más bien otro, dándole algo más que aquel 'Silbato de oro' que un día le dieron? Por favor, cuando creen el Club de

Admiradores de este trabajador de lo público, llámenme. Quiero el carnet.

FERNANDO GUIJARRO ARCAS

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