Granada, 02/05/2001 Puerta RealBarbarieMª Dolores F.- FígaresCADA vez son más frecuentes en las páginas de este periódico las quejas de unos y de otros por las manifestaciones de la barbarie en nuestra vida ciudadana. Esta que podría ser una ciudad acogedora, capaz de ofrecer a sus habitantes eso que llaman calidad de vida, concepto que pretende definir una cierta armonía, un cierto arte de vivir, se está convirtiendo en un espacio insufrible, que más que a la vida colectiva nos invita a escapar, buscando refugio en nuestros ámbitos privados, allí donde controlamos las condiciones que enmarcan nuestras actividades.Los ruidos, la suciedad, las desconsideradas movidas juveniles con sus secuelas, las basuras mal recogidas, los muebles urbanos destrozados, la mala educación generalizada, los coches en doble fila, las pestilentes meadas en rincones que podrían ser íntimos y recoletos, junto a valiosos monumentos... Podríamos seguir la interminable lista de malos usos, de zafios comportamientos, tan lejanos de lo que cabría esperar de gentes que disponen de todos los medios para sentirse perteneciendo al mundo civilizado. Cada día de fiesta convierte a las calles de la ciudad en una red que atrapa lo peor que los ciudadanos pueden ofrecer y el ejemplo está tan cerca como ese día de la Cruz, convertido en exagerada caricatura de lo que alguna vez se planteaba como una celebración de la primavera y su cortejo de flores y belleza. Algo está fallando cuando la ciudad se convierte con tanta facilidad y frecuencia en territorio de nadie, donde todo está permitido, sobre todo la destrucción y la barbarie. Cuando el espacio público no es más que el escenario donde dar rienda suelta a todos los desahogos, sin el menor autocontrol ni consideración para con los otros. Lo más desconcertante es que tales gestos zafios y desagradables, que propagan por todos lados la suciedad y el deterioro están protagonizados, no por locos sin responsabilidad, ni por marginales cargados de resentimiento destructor, sino por individuos bien instalados socialmente y presuntamente educados. Quienes defienden y conservan lo propio con celo y primor se comportan sin el menor miramiento con los bienes, no ajenos, sino comunes. Es intolerable que se permitan provocar en otros molestias que no consentirían contra ellos, que obliguen a los demás a aguantar sus pestazos, sus gritos y sus porquerías. La cuestión está tomando dimensiones que obligan a las autoridades a abandonar sus actitudes pseudocomprensivas y asumir la parte de responsabilidad que les corresponde. No hay que olvidar que empezaron los munícipes hace años organizando fiestas de la primavera en lugares históricos, cargadas de litronas y riéndoles las gracias a los jovenzuelos, con la condescendencia de quien se quiere congraciar con un sector de la población díscolo y travieso. La falta de decisión a la hora de imponer sanciones y hacer que se cumplan las leyes y las más elementales normas de la convivencia, el temor a dar una imagen represiva, llamar sana alegría a ciertas formas ruidosas de provocar suciedad, han traído como consecuencia que los gamberros se les suban a las barbas a las autoridades municipales y ahora resulte más y más difícil poner freno a un vandalismo cada vez más generalizado. Por otra parte, cabe preguntarse quién enseña a comportarse a esos nuevos bárbaros, vestidos muchas veces con ropas de marca y con dinero en los bolsillos, y si existen aún en algún sitio escritas aquellas reglas de urbanidad y de buen comportamiento social, si alguien las explica y las inculca. Mal lo van a tener ellos mismos en el futuro, si no logramos que aprendan a tiempo a respetar lo público como lo de todos, también suyo, a dar forma a una ciudad para convivir de la manera más armónica posible, a dejarla mejor de lo que nos la hemos encontrado cuando hemos llegado a vivir en ella. Van a producir una ciudad definitivamente hostil y enferma, territorio de enfrentamientos, de luchas de todos contra todos. Perdida para la convivencia y la cultura. M.ª DOLORES F.-FÍGARES
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