Granada, 31/3/2001 Derechos y fiestaPUERTA REALJuan MataEN una facultad universitaria de esta ciudad vi hace unos días una larga tira de papel manuscrita en la que se protestaba por la supresión de la llamada fiesta de la primavera, que desde hace unos años organizaba el Ayuntamiento de Granada. El texto rezumaba indignación y hacía un llamamiento a los estudiantes a concentrarse en el lugar en que se solía celebrar dicha fiesta. Una palabra ceñida por rotundos signos de admiración atrajo especialmente mi atención: «¡¡Reivindícate!!». No me interesó por la chocante asociación del pronombre personal con ese verbo impetuoso, sino por el motivo y el tono airado de la reclamación. El llamamiento a la rebeldía no lo provocaba un abuso académico o una injusticia política, sino la anulación de una actividad festiva (o lúdica, que es una palabra más adecuada para la ocasión) cuya justificación siempre me ha parecido incoherente.Tengo la impresión de que con estas últimas convocatorias multitudinarias los ayuntamientos no hacen más que reproducir viejas conductas religiosas, básicamente la de organizar para los fieles liturgias de hermandad, reconocimiento y afirmación de la fe. Se comportan así como modernos y eficientes vaticanos. No es de extrañar que los jóvenes consideren esas concentraciones una experiencia de carácter místico, aunque no acabo de entender la necesidad de ser convocados por la autoridad para celebrar un equinoccio, las primeras nevadas en la sierra o el anticiclón de las Azores, lo mismo da. ¿No es posible que cada cual lo festeje por su cuenta, si es que alguien necesita un suceso astronómico para beber cerveza y hablar con los demás? No soy capaz de dar una respuesta. Lo cierto es que finalmente, y casi como un acto subversivo, varios miles de jóvenes devotos celebraron en el Paseo de los Tristes el notable acontecimiento de que el Sol se hallara exactamente sobre el Ecuador. Pero no son el motivo, por extravagante que parezca, ni su colérica reivindicación lo que más me sorprende de esa fiesta, como tampoco la algarabía, las toneladas de basura, los destrozos urbanos o las calles y los jardines vomitados. Es, una vez más, la reclamación del derecho a divertirse. Ha sido tan pregonada esa idea que no resulta fácil señalar su falsedad y peligro. Considerar la diversión como un derecho es tan absurdo como hacerlo del aperitivo o el dormir boca arriba. Uno realiza ciertas actividades porque convienen o satisfacen o importan. Pero no todos los gustos o costumbres se transforman inmediatamente en derechos. Los derechos atañen a los principios y no a las aficiones, son un medio de dignificar la condición humana y una garantía contra los abusos jurídicos o gubernamentales. Invocar el derecho a la diversión es una manera de trivializar las luchas sociales del pasado. La diversión es un resultado y no un fundamento, es una contingencia y no un código, es un descanso y no un ejercicio. Los estados íntimos de bienestar ni se regulan ni se amparan ni se decretan, simplemente se buscan y se cuidan. Pero cuando más insoportable resulta ese arbitrario derecho a la diversión es en el momento que se equipara o contrapone al descanso, como si el grito tuviese el mismo valor que el silencio, como si la agitación fuese tan necesaria como el sosiego. Esa confusión es una secuela del estrés que se ha apoderado del ocio contemporáneo y que los ayuntamientos e instituciones públicas no dejan de alentar. Pasarlo bien es ya una res-ponsabilidad, casi una obligación; ha dejado de ser un acto voluntario y se ha convertido en una tarea. Un día sin diversión parece un día vacío o desaprovechado. No es de extrañar entonces que se hable torpemente de derechos o que los ayuntamientos se sientan obligados a inventar continuamente pretextos para satisfacer la ansiedad de la población. Que las instituciones públicas se sientan obligadas a organizar las distracciones de los ciudadanos, como si los consideraran incapaces de regular sus propias formas de regocijo, es un signo del infantilismo social que distingue a nuestra época. Los concejales y consejeros ejerciendo de papás es un retrato ejemplar de este principio de siglo. Pero cuando la diversión se transforma en hábito pierde su cualidad de azar e inseguridad. Nunca el tiempo de holganza fue menos libre que ahora, ni nunca el descanso estuvo tan repleto de actividad. JUAN MATA
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