Alicante, 18/03/2001 El juego del botellón y las hienas piadosasPor supuesto que es horrible esa visión, ¿pero qué otras estéticas se propone a la juventud? Los cuerpos Danone, por venturaMANUEL ALCARAZ RAMOS Cómo puede uno escribir un artículo sobre el «juego del botellón» sin caer en la inoportuna frivolidad o en el aún más inoportuno paternalismo? Porque, al fin y al cabo, entre estas dos fronteras debe discurrir cualquier reflexión sobre un fenómeno juvenil, sobre cualquier fenómeno juvenil. Y precisamente es así porque habitualmente se hace lo contrario: pontificar desde éticas ignorantes de la realidad, aleccionar anclados en valores que sirvieron en otros tiempos, distraerse pensando o diciendo con variopintos lenguajes que la juventud es una enfermedad que se pasa con el tiempo. Y, además, no están los tiempos para recuperar poses basadas en el «malditismo» de una bohemia rampante por empinadas calles que componía cubatas con absenta y filosofía o poesía. Al final, aupados a una edad que comienza a ser propensa al olvido, la mayoría de mentes bienpensantes y los líderes de la comunidad acaban por rasgarse las vestiduras, asumiendo con la alegría que da la hipocresía que los jóvenes son unos descarriados. Entretenido tema de conversación que puede concluir apurando el vaso de Knokando en honor de la Reina Madre del Reino Unido. ¿Sirve de algo esa actitud? Desde luego que no. Porque se parte de premisas falsas para intentar llegar a conclusiones pudorosamente perfectas. Pues ¿quién negaría el desperdicio de imaginación desplegada por estos cachorros energúmenos que confunden lo lúdico con el aborregamiento? Pero ¿es esa toda la verdad y nada más que la verdad? Ciertamente no. Hace unas semanas este mismo diario publicaba una deliciosa noticia: un cura daba positivo en un control de alcoholemia y aducía, para disculparse, que se debía al vino consumido en las seis misas oficiadas en una dura jornada pastoral. Lo primero que pensé es que este país iba a la deriva: ¡la Guardia Civil investigando el aliento de un católico sacerdote! Pero luego pensé que o bien el buen cura mentía con impropio descaro o bien que era más candoroso que el padre Brown. La moraleja de la historia es que, queriendo o sin querer, bebemos, perdón, vivimos, en una sociedad dependiente del alcohol. Y lo que es admitido socialmente y hasta premiado causa escándalo si rompe invisibles barreras de edad, lugar u hora adecuada. Como gran alarde los carteles publicitarios recomiendan «beber con moderación». El viejo Marx que, por cierto, alguna memorable borrachera compartió con el inseparable Engels, hubiera dicho que eso era como escribir de «hienas piadosas». Mientras, eso sí, se siguen manteniendo como ilegales otras drogas sin que haya argumentos sólidos; aunque quizás pronto los haya: los expertos empiezan a advertir que ésta será una medida inevitable si se quiere dar un golpe fuerte a las mafias, esa creciente cara oscura de la globalización. Así pues las críticas éticas se revelan, por sí mismas, como esencialmente falsas, inoperantes. Lo que se afirma, en realidad, es una estética que no se para a reflexionar ante sus cimientos. Nos parece «fea» la imagen de jóvenes ebrios rompiendo botellas, jugándose anticipadamente el hígado o el cráneo en la carretera. Y no seré yo quien discrepe de esa idea. Por supuesto que es horrible esa visión. ¿pero qué otras estéticas se proponen a la juventud? Los cuerpos Danone, por ventura. Pero ése es un bello espejismo, como un paquete de Camel esa es otra, Ðla del tabaco, digoÐ. Un espejismo que algunos nunca hemos visto ni veremos. La mayoría, vamos. Y uno también puede ser JASP y coleccionar Masters como mi padre coleccionaba sellos. Pero para eso hay que ya un poco talludito y disponer de algunos recursos que no están al alcance de muchos bebedores. También, ahora, uno puede ser adicto a internet y chatear conversaciones sin rostros en lugar de chatear vino con caracoles hablando de la revolución imposible. Pero la cosa se complica cuando se da en pensar que, probablemente, los jugadores del botellón, a la vez, son buenos estudiantes, quieren, de mayores, ser neurocirujanos, pertenecen a una ONG absolutamente solidaria, son arriesgados cibernautas y devoran yogures con verdadera fruición. Si Noé cogió una buena curda después de haber salvado a todos los animales incluidos los más repugnantes- ¿por qué no habrían de cogerla jóvenes «buenos» y «bonitos» fuera de horas de faena? A estas alturas alguien va a pensar que estoy justificando lo injustificable. No. Lo que sucede es que hay algo que me causa más horror que esas abrumadoras noticias sobre el consumo de alcohol entre los más jóvenes: es la simplificación de situaciones que no pueden simplificarse. Y la pregunta entonces es: ¿qué alternativas puede ofrecer la sociedad aparte del ineficaz escándalo? Qué alternativas a los que beben porque el aburrimiento les lleva a la bebida. Qué alternativas a los que beber acompañados es la única forma de escapar de una soledad subyacente en los grandes proyectos dominantes basados en la competitividad y el individualismo. Yo no tengo la respuesta. Pero sé que la respuesta no va a estar en los modelos preestablecidos y fijados por la publicidad ni en la represión que no consigue sino crear una generación de bebedores nómadas: cambiar el lugar no es cambiar la costumbre. Un diagnóstico serio debería ser la única fórmula para poder abordar el problema. Y si la sociedad sigue sorda y ciega a las palabras sinuosas de los jóvenes, a los signos que lanzan imprudentemente algunos, el problema se perpetuará. Y la sociedad seguirá jugando y brindando porque sus males se acaben.
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