Barcelona, 14/06/2001 Vallas y ruidos
LA PUBLICIDAD no es una mera polución ambiental o un instrumento de consumoHay anécdotas que ilustran largas trayectorias: bajo la aliteración "¡Qué se vayan las vallas!" Fernández Galiano instaba, el pasado 12 de mayo en "El País", a derribar los símbolos publicitarios de la ciudad. Una ciudad más limpia y silenciosa -proponía- con jardines trepadores en vez de carteles anunciadores. Una "ciudad de susurros" opuesta a la "ciudad-espectáculo" actual: la conocida posición del autor en favor de una arquitectura más contenida se revelaba, de repente, diáfana en ese anhelo de "silencio"; el de un espacio callado, depurado. Sorprende, no obstante, esa visión idealizada de una ciudad interpretada todavía como un escenario estable más que como un entorno auténticamente dinámico: híbrido, múltiple, bullicioso, indisciplinado:Sorprende, en primer lugar, porque se adivina en todo ello una lectura esencialista de la ciudad basada preferentemente en su "arquitectura": su trazado, sus edificaciones, su forma tectónica sin impurezas ni contaminaciones. Sin esas otras distorsiones que aludirían, no obstante, a una auténtica dimensión más poliédrica de lo urbano en la que se combinarían capas múltiples de información (materiales e inmateriales, permanentes e impermanentes): formas construidas pero, también, sonidos (ruidos y músicas) colores ( texturas y manchas) voces ( expresiones y reclamos) luces (iluminaciones y rótulos) y, también, presencias (e imágenes) más o menos efímeras; en una apreciación más cacofónica, pero también más vital, de ese medio bullicioso e informal que es, hoy, la ciudad Sorprende, también, porque para toda una generación que ha crecido con la publicidad, a la que nos ha interesado la capacidad compresiva y anticipadora de muchas de sus expresiones, que ha apreciado la fuerza narrativa de una de las manifestaciones creativas más específicamente contemporáneas (ágil, sorprendente, imaginativa y descodificadora) resulta difícil compartir esa visión resistente -y defensiva- que asimilaría ésta a una mera polución ambiental o a un simple instrumento -agresivo- de consumo. Si bien es cierto que la publicidad nos rodea, también lo es que podemos contemplarla a modo de "otro" paisaje simultáneo -en el que las vallas serían los auténticos setos contemporáneos, gráficos y ya no vegetales- procurando una percepción más variada de nuestras ciudades llamada a enriquecer los espacios construidos con imágenes fugaces, no necesariamente "hipnóticas" -ni "adoctrinadoras"- para una sociedad madura capaz, tal y como anticipaba McLuhan en su día, de asimilar y ponderar los diversos mensajes superpuestos que experimenta en su entorno. "Imágenes -escribía- de definición más débil, por evanescentes, pero, por ello mismo, más necesariamente intensas y sintéticas en la definición de sus contenidos" y que podrían asociarse a ese otro tipo de arquitecturas menos fundamentales, menos esenciales, más decididamente comunicativas, más singulares y explícitas pero, también, más alegres y desinhibidas en las trayectorias -y las narrativas- que convocan. Ello traduce, pues, un cierto cambio cultural: el paso de una moral tácita, resistente y redentora a una conciencia de la diversidad basada no ya en la necesidad de aplicar modelos sino en la capacidad de orientar impulsos heterogéneos. En la gestión del ruido ( en su versión más científica, como elemento de cambio e intercambio) y ya no sólo en la definición del ambiente. MANUEL GAUSA
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