ABC

Ruidos.org: la lucha contra el ruido
Índice de noticias sobre el ruido
Noticias de este mesNoticias del último mes

Madrid, 3/6/2001

Ruido, la plaga invisible

Cruzada contra el ruido

Blanca Torquemada
ABC. Especial Domingo: El Ruido El martilleo constante de una sociedad acelerada está generando activos movimientos de protesta alentados por quienes no están dispuestos a jugarse el sueño, la salud y la paciencia por el rugido de un aeropuerto o por una discoteca desbocada. En España, el 50 por ciento de los ciudadanos está expuesto a índices de ruido superiores a 65 decibelios, un vergonzoso e insalubre nivel que nos coloca en el podio europeo del estruendo.

Arrecian las movilizaciones ciudadanas contra la «tortura» de los decibelios

Si el goteo de un grifo averiado puede llegar a romper los nervios de cualquiera que intente conciliar el sueño, qué decir de los cíclicos y atronadores despegues de un reactor, de un «botellón» de quinceañeros apostado bajo la ventana, de un martillo neumático o de unos músicos andinos con potente amplificador y escaso repertorio. El ruido no es sólo una circunstancia, sino una azada siniestra que va socavando la calidad de vida y la salud. Un agente contaminante tan pernicioso como el monóxido de carbono. Esta realidad, obvia para quien la padece, pasa generalmente inadvertida en una sociedad que vocea a todo pulmón y conduce a bocinazos. Por eso España ocupa un poco halagador primer puesto europeo en número ciudadanos víctimas del bullicio (el 50 por ciento de la población está expuesto a más de 65 decibelios, un nivel peligroso), situación que comparten las aparentemente más sosegadas Inglaterra, Holanda y Bélgica.

Sorprende la ausencia en esta «pole position» de otros países mediterráneos, y especialmente de Italia, pero así son los datos arrojados por la estadística y facilitados a este semanario por el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En España, según recuerda a este semanario Ignacio Sáenz, vicepresidente de la Plataforma Estatal de Asociaciones Contra el Ruido y las Actividades Molestas, «no existe ley nacional sobre ruidos. Sólo un borrador manifiestamente mejorable que duerme en un cajón y que no verá la luz en esta legislatura».

Sáenz representa a un creciente colectivo de ciudadanos hastiados y dispuestos a rebelarse, porque en los últimos años se está quebrando en España la tradicional tendencia a la resignación ante un local público ruidoso, una fábrica tonante o ante los vagidos de una autopista. Los movimientos en favor del silencio ambiental se multiplican y hoy, con gran vigor cívico, 62 de ellos actúan agrupados en esta Plataforma. El organismo basa todas sus reivindicaciones en la propia Constitución, en la que, recuerdan, «se recogen los derechos fundamentales a la intimidad personal y familiar, a la salud y al descanso». La vulneración por vía decibélica de estos pilares esenciales de la calidad de vida afecta, en unas ocasiones, sólo al infortunado vecino a quien instalan un «pub» bajo su casa y, en otras, a colectivos multitudinarios, como el millón y medio de personas que soporta el fragor nocturno de los aeropuertos de Madrid y Valencia.

Un hecho puntual promovido por un particular, precisamente en Valencia, había alimentado las esperanzas de los ciudadanos afectados por la contaminación ambiental, quienes esperaban que la iniciativa prosperara y se convirtiera en un «antes» y un «después» en la lucha contra la agresiva y lacerante intromisión del ruido en los hogares. Pero las expectativas se han desmoronado. Pilar Moreno, profesora y fotógrafa, tuvo el infortunio de que bajo su vivienda se instalara «Ágora», la discoteca más ruidosa de la urbe, en los aledaños de la plaza de Xúquer, epicentro de la «movida» juvenil de la ciudad del Turia. Como explica su abogado, Andrés Morey, «la situación era insostenible, ya que en estos casos no valen las ordenanzas municipales y su política de sanciones. Estos establecimientos ganan tanto dinero que la penalización económica no les importa lo más mínimo». De ahí que el letrado optara por elevar recurso de amparo al Tribunal Constitucional, una vez desechada la vía del recurso de casación ante el Supremo «porque la reclamación económica no es importante».

Decepción constitucional

Para llegar a esta instancia se apeló a los derechos a la inviolabilidad del domicilio, a la salud y al descanso y el empeño dio sus primeros frutos: el Pleno del Alto Tribunal escogió este contencioso para su primera vista pública, celebrada el pasado 16 de mayo, con lo que demostró una nueva sensibilidad social hacia un problema muy común. Pero, finalmente, el pasado jueves, el recurso ha sido desestimado porque los magistrados han considerado que no se aportan pruebas suficientes de los daños infligidos a su salud ni mediciones acústicas en el interior del domicilio. Ahora Morey, vecino también del barrio de Xuquer e interlocutor, por tanto, con probado conocimiento de causa, se está planteando llevar el caso ante el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo.

Sobre por qué en un barrio castigado de forma inmisericorde por el ruido sólo una persona se ha lanzado a la arena judicial en busca de justicia y descanso, Morey lo tiene muy claro: «Esta mujer se decidió porque la falta de sosiego ya le estaba minando la salud y llegó a enfermar seriamente. Lo cierto es que toda su finca la apoya, y también otros muchos vecinos. Lo que ocurre es que la gente se retrae a la hora de llegar a los Tribunales, porque les imponen respeto, porque cuesta dinero y porque ciertos empresarios de ocio no juegan limpio. El asunto es muy serio. Aquí ha habido hasta amenazas de muerte contra los ciudadanos que se han quejado». Según el abogado, «la discoteca está ahora cerrada, pero todo es pura apariencia, ya que el promotor mantiene alquilado el local, para volver a abrir en cualquier momento. Se trata de un personaje peculiar a quien han interpuesto una decena de demandas y las tiene todas recurridas porque está forrado. Le compensa incumplir la normativa y que le denuncien. Esto es lo grave y es lo que está sucediendo en todas las ciudades de España. La ley no castiga lo suficiente, y, por tanto, no resulta disuasoria».

Otro proceso judicial que trajo luz a las expectativas de los ciudadanos martilleados por los decibelios fue la sentencia dictada el pasado mes de febrero por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, favorable a la demanda de la comunidad de vecinos del inmueble del número 48 de la calle Duque de Sesto, que durante año y medio soportó el estruendo y el polvo de una obra en el inmueble vecino. El fallo judicial consideró que la constructora, FCC, no había respetado las elementales medidas preventivas para limitar la contaminación acústica y, en consecuencia, la condenaba a indemnizar a los vecinos con dos millones y medio de pesetas. Santiago Martín, que vive en esta finca, explica a Los Domingos de ABC cómo, sin embargo, todavía no pueden cantar victoria: «No nos ha llegado un duro porque, lógicamente, la constructora ha recurrido al Supremo y la sentencia, por tanto, no es firme. Pero sí es cierto que, en su día, constituyó una honda satisfacción, después de tantos meses de padecimientos». Martín comenta que «muchos de los vecinos son mayores, y, aunque no se puede decir que enfermaran por los ruidos, sí es cierto que la obra coincidió con dolencias de algunos de ellos e hizo más penosa su convalecencia».

La contaminación acústica provocada por los aviones perjudica seriamente la salud Dentro de este amplio muestrario de víctimas del ruido, los habitantes de barrios aledaños a los aeropuertos forman un grupo diferenciado y especialmente representativo. Son, además, los más beligerantes, amparados en su importancia numérica y en la cómoda distancia burocrática del «monstruo» AENA. No es lo mismo enfrentarse desde un amplio colectivo a un organismo oficial que como particular a algún matón de discoteca. Por ello Óscar Vega, de la Plataforma contra el Ruido de los Aviones de la Ciudad Santo Domingo, en Madrid, ya puede hablar, afortunadamente, de algunos logros para la solución de su problema: «Todo empezó con la construcción de la nueva pista de Barajas -relata-. Con ella, cambiaron las rutas aéreas y los aviones empezaron a pasar prácticamente al ras de nuestros tejados. Nada menos que seiscientas aeronaves al día. Después de muchas movilizaciones hemos conseguido que instalen un radiofaro que desvía los aviones y evita su paso por las urbanizaciones de la zona. Pero esto sólo es válido con unas determinadas condiciones atmosféricas. Cuando se produce la denominada «configuración sur», lo que sucede aproximadamente un 30 por ciento de los días, la ruta aérea vuelve a ser ésta». Vega intenta también sensibilizar sobre las insidias que afrontan los ciudadanos sometidos a la dictadura del ruido: «Muchas veces tenemos que soportar el comentario de "pues no haberte ido a vivir ahí", sin que la gente tenga en cuenta que casi siempre la invasión acústica llega después. Muchos, por ejemplo, nos hemos hipotecado hasta las cejas por escoger un tipo de vida como éste, en una zona residencial tranquila. Y, de repente, te imponen este martirio por decreto». Queja que suscriben por completo los vecinos de otro barrio madrileño, la Alameda de Osuna, donde, según miembros de la asociación Pijamas en Acción, «la vida nos cambió de golpe el día en que decidieron instalar junto a nuestros bloques unos nuevos hangares. Para demostrar lo que estábamos pasando, grabamos en varios "cassettes" el ruido de los aviones al "aparcar" y los pusimos en marcha junto a las oficinas de AENA en Barajas, porque algunos son como Santo Tomás, y si no lo ven -en este caso oyen- no lo creen».

 

Geografía del estruendo

Alfonso P. Blanco(Barcelona)
«Soy un exiliado forzoso de fin de semana»

Alfonso Pérez Blanco es profesor y «exiliado» forzoso de su propio hogar, situado en la barcelonesa calle Provenza, los fines de semana: «Llevamos doce años de calvario, desde que pusieron el pub debajo de casa. Al principio abría todos los días y prácticamente no dormíamos nunca en condiciones. Después empezó a funcionar sólo jueves, viernes y sábado, por lo que hemos optado por marcharnos fuera todos los fines de semana. Las inspecciones del Ayuntamiento son inútiles, trampean los altavoces para las mediciones. La situación que vivimos es insostenible, a mí hasta me han amenazado con romperme las piernas, por quejarme». Su última cruz: «No me pude marchar un fin de semana, hace muy poco, porque tenía que preparar un examen de catalán. Me pasé la noche en blanco».

Jorge Requena(Valencia)
«Los aviones nos están desquiciando»

Jorge Requena vive en Quart de Poblet (aledaños del valenciano aeropuerto de Manises) y no puede más. Está casado «y, sin niños, por supuesto, porque el día que los tenga no me quedará otro remedio que marcharme de aquí». Entretanto, ha puesto en pie la «plataforma contra el ruido del aeropuerto de Manises» y ha movilizado un aluvión de adhesiones «en un área afectada por la contaminación sonora de los aviones donde viven nada menos que un millón de personas. Esta es una de las zonas con mayor densidad demográfica de Europa». Asegura que «tanto ruido desquicia, te va minando», y se queja de que «los aeropuertos se van ampliando sin tener en consideración a los vecinos. Nuestro barrio siempre ha estado cerca del aeropuerto, pero antes no nos pasaban los aviones por encima». Su última cruz: «El día que regresaban los aficionados del Valencia de la final de la Copa de Europa. Fue un rosario de estruendo de motores, toda la noche. No sé si llegué a dormir dos horas». Ignacio S. Cosculluela(Zaragoza) «Nuestros oídos no descansan, nuestro olfato, tampoco»

Ignacio Sáenz Cosculluela -hermano de quien fue ministro socialista de Obras Públicas- está purgando, día a día, tener su domicilio en el barrio zaragozano de Moncasi, zona de apoteosis de la juerga desatada. Una situación de escándalo que padece desde hace muchos años y que le ha llevado a encabezar distintos movimientos ciudadanos: «Ahora soy vicepresidente de la Plataforma Estatal contra el Ruido y las Actividades Molestas, porque, aunque estoy convencido de que no es fácil "mover" a los políticos, sí hemos conseguido algunas cosas. Por ejemplo, aquí en Zaragoza ya hemos forzado una modificación de la ordenanza sobre ruidos, y hemos empujado al Gobierno de Aragón a elaborar una ley». Pero mientras llegan las medidas concretas, «aquí seguimos, en una ciudad en la que, desde 1996, han fallecido nueve personas apuñaladas en bares de copas y nos preguntamos, ¿dónde estaba la Policía? No hay nadie que haga respetar las normas». Su última cruz: «La llegada del calor, porque lo nuestro es una verdadera orgía de los sentidos: nuestros oídos no descansan, pero nuestro olfato tampoco. El caldillo de los orines, las vomitonas y la cerveza forma el "aroma" típico del verano y "cría" su propia "fauna" de bichejos».

Javier Montero (Madrid)
«No se puede vivir con veinte bares a siete metros»

En Madrid quienes en su día optaron por fijar su residencia a los pies de la Sierra de Guadarrama no contaban con el alud especulativo de todo tipo que hoy anega la zona. Javier Montero se fue a vivir a Villalba y enfrente de su bloque de pisos había un solar. Del solar brotó el «edificio Europa», y de él, veinte bares que atruenan los fines de semana hasta altas horas de la madrugada: «Esta es una calle estrecha, de seis o siete metros, y no podemos más. En nuestros salones se mueven las lámparas cuando estos establecimientos están funcionando. Ni se respetan las medidas de aislamiento ni se respetan los aforos. Nos han declarado zona de "alta sensibilidad acústica", como si poniéndonos en un catálogo se eliminase el problema. Aquí nadie hace nada». «Y por si fuera poco, salimos de nuestras casas y nos encontramos la calle convertida en un estercolero, con un olor insoportable a orines». Su última cruz: «Recurrimos al Defensor del Pueblo y también a él le engañaron, trampeando las mediciones acústicas».

Hipólita Tovar (Sevilla)
«He llegado a soportar 80 decibelios en mi salón»

El amor propio es lo que mantiene viva la lucha de esta sevillana en busca de justicia y descanso. Vive en la calle Virgen de la Cinta, del Barrio de los Remedios, y dos bares llevan casi veinte años resquebrajando la paz de su hogar. «Mi problema no es la "movida", porque la movida es otra cosa: está en la calle y entiendo que es difícil de atajar. Lo que no comprendo es que resulte tan difícil cerrar dos bares que incumplen absolutamente la normativa. Por eso hemos ido presentando distintas demandas no contra los bares, sino contra el Ayuntamiento, que es el gran responsable. Pero han pasado ya cuatro alcaldes de todos los colores y no hay ni atisbo de solución. He llegado a tener que soportar más de ochenta decibelios en mi salón. Y lo paradójico es que estos establecimientos, que no tienen licencia para música, han llegado a montar hasta un tablao con coro rocíero. ¿Qué puede un particular contra esto? Hago un llamamiento, por si hay abogados que desinteresadamente se hagan cargo de estos casos, porque los gastos son prohibitivos para quien pone una demanda». Su última cruz: «Una vez más, ha sido la Feria de abril. Mi calle es peor que el Real, porque al menos el Real tiene sus normas. Soportamos la música durante diez días seguidos, sin parar un minuto».

Deterioro de la salud

De estos suplicios sabe mucho la profesora del Departamento de Acústica del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Isabel López Barrio, quien trabaja precisamente en medir la incidencia del ruido ambiental en los comportamientos y en el organismo. Y se queja de que España, además de ocupar puesto puntero en la proliferación de sonidos desagradables, «apenas ha estudiado con seriedad, al menos hasta ahora, sus niveles de ruido. A lo que hay que añadir que casi nunca se analiza la percepción subjetiva del individuo, lo cual es capital. Porque cincuenta decibelios pueden molestar o alterar mucho más a unas personas que a otras». La doctora López, consciente de la escasa sensibilidad administrativa sobre el problema, detalla los riesgos que el ruido comporta: «Es, en primer lugar, uno de los principales desencadenantes del estrés, al romper bruscamente la armonía entre la persona y el entorno.

Pero los efectos van más allá: existe certeza científica de que produce pérdida de audición, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, retraso en el aprendizaje, irritabilidad, agresividad, absentismo y descenso del rendimiento laboral, modificaciones del ritmo cardíaco y del aparato digestivo e insomnio y todo tipo de alteraciones del sueño». En este mar de secuelas perniciosas, la ciencia revela además que no es cierta la aseveración frecuente de que al ruido se acostumbra uno: «En estudios realizados -dice Isabel Barrio- entre niños sometidos a niveles elevados de ruido se ha comprobado que las dificultades de aprendizaje eran mayores para los de cursos superiores que para los pequeños, lo que revela que el incremento del tiempo de exposición siempre agrava los efectos. Es acumulativo». Para Isabel López Barrio, «resulta impresentable que la variable ruido sea absolutamente ignorada en la planificación urbanística. Ningún municipio la tiene en cuenta».

Los sistemas de medición del ruido ambiente son otra fuente de controversia entre las Administraciones y los ciudadanos afectados porque, como recuerda Óscar Vega, de la plataforma vecinal de la Ciudad Santo Domingo, «los técnicos a los que la Administración encarga este cometido registran "valores medios" de decibelios, con lo que nunca llegan al fondo del problema. Esa media nunca contravendrá la normativa un día en que pasan tres aviones por encima de tu vivienda, porque el resto de la noche transcurre en silencio. Pero las tres veces que pasan ya te han despertado y te han arruinado el descanso». Esta atinada apreciación nos remite de nuevo a las explicaciones de la doctora López Barrio sobre la importancia de la «percepción subjetiva» del ruido por encima de las rutinarias mediciones administrativas.

Por ello, Madrid, catalogada por algunos expertos como la ciudad más ruidosa de Europa, está a punto de poner en marcha una curiosa iniciativa, proyectada con el fin de que la administración tenga constancia real de los niveles de ruido en diferentes ámbitos urbanos. Para ello, según explica a este semanario Adriano García Loygorri, el concejal de Medio Ambiente, se pertrechará a unos doce voluntarios con un pequeño chip que tendrán que llevar encima a lo largo de todo el día, mientran descansan, trabajan o van por la calle. En paralelo a este «Gran Hermano» acústico, se encuestará a los ciudadanos para tener en cuenta sus consideraciones y poder establecer los «umbrales de molestia».

El impune «botellón»

Con el objetivo de atajar el acuciante problema, el Ayuntamiento de Madrid acaba de aprobar también una nueva ordenanza de contaminación acústica, que, en opinión de García Loygorri, «es pionera y extraordinariamente avanzada». La normativa establece «zonas de actuación acústica», aquéllas en las que la proliferación de ruidos impone medidas como «distanciar entre sí los bares de copas, por ejemplo, reforzar la insonorización de los locales y otras medidas preventivas». Sin embargo, admite que, desde la Administración, «no es posible poner coto a una parte importante del problema, como es el hecho de que la gente beba o se divierta en la calle. Erradicar el "botellón" es más una cuestión de progresiva mentalización que de ordenanzas municipales».

Esa mentalización colectiva, si llega, se producirá tarde, para muchos. Por ejemplo, para Juan Carlos Mora, presidente de la Plataforma Estatal contra el Ruido y las Actividades Molestas y de la Asociación de Vecinos del madrileño Barrio de las Letras (calle Huertas y adyacentes, en plena «movida»), quien desconfía «total y absolutamente» de la nueva ordenanza municipal. Cree que no reducirá ni un ápice el escándalo nocturno de una zona «de la que se ha tenido que marchar la mitad de la población en los últimos 25 años», por lo que sospecha que «en la actitud vergonzosamente permisiva de los Ayuntamientos quizá subyace el inconfesado deseo de que el centro de las ciudades "se americanice" y quede reducido a zona de servicios. Pero olvidan que de esta manera se conculcan derechos fundamentales, como la libre elección del lugar de residencia». Porque el vaso de la paciencia ya se ha desbordado, entre los que abominan del comodín verbal de moda entre los políticos («se tiene que conciliar el derecho al descanso con el derecho al ocio») mientras el ruido les arranca el sueño a jirones.

Más noticias de este mes | Último mes | Índice general de noticias
Página principal de ruidos.org