Granada, 21/12/2001 Viaje al centro inhabitable
Amina NasserSe vende. Casa confortable de nueva construcción en una calle sin aceras y llena de baches. Zona Realejo. 200 metros habitables. Muy luminosa y con vistas. Cochera, amplias terrazas, calefacción y agua caliente central. Aire acondicionado. Vecindario tranquilo. A diez minutos a pie de la Plaza del Carmen. No hay ningún centro de salud cercano, ni equipamientos de barrio. A escasos metros se sitúa una gran plaza donde se amontonan las cacas de los perros, invadida por las terrazas de los bares cuando llega el buen tiempo. Sus niños no tendrán un lugar donde jugar y arriesgarán su vida cada mañana al ir al colegio. Si compra la casa, se garantizará pasar en vela el resto de su vida.Tendrá que soportar el estruendo de la música de un local próximo a la vivienda y los fines de semana llamarán a su puerta a las cinco o las seis de la madrugada, que es como se divierten los que acuden al establecimiento. De cuando en cuando, no podrá entrar ni salir de su casa. Se encontrará el tráfico cortado porque sacan de paseo una procesión... Se vende casa a precio de saldo». Eva y Rafael creyeron que alguien había puesto su casa en venta cuando vieron el aviso por palabras hasta que depararon en que podía ser la vivienda de alguno de sus vecinos. Al fin y al cabo, el anuncio de la casa no identificada podía servir para cualquiera de la calle o de otras calles del centro histórico de las habría que salir huyendo. Bien lo saben que ellos, que vivieron durante muchos años en una tranquila urbanización del cinturón de Granada hasta que decidieron hipotecarse por los restos y compraron sobre planos la casa en la que ahora habitan, en una calle que suponían tranquila, donde no había locales de ocio ni broncas nocturnas ni la intensidad de tráfico que tiene hoy. Se vinieron al centro después de realizar un esfuerzo económico para adquirir la vivienda. Por fin, podían dejar de ser esclavos del coche, que era el gran inconveniente de residir en las afueras, y tendrían la casita de sus sueños en un entorno del que esperaban disfrutar. Al cabo de cinco años sus sueños se han desmoronado. La casita se les viene encima porque no hay quien pueda vivir en ella ni un entorno en el que haya algo para el deleite. Pagan impuestos mucho más altos que en el municipio en el que antes residían, pero sólo soportan incomodidades. Ellos no viven el centro histórico. Lo sufren, porque la calle de la casa en la que habitan se ha vuelto inhabitable. Ruidos, ruidos y más ruidos... ¿Cómo iban a pensar que esa era la realidad de parte del centro histórico? Entonces, cuando compraron la vivienda sobre planos, ni siquiera podían intuir que la «revitalización» del casco antiguo, esa palabra que tanto usan los políticos y los técnicos, consistía en permitir, a cinco metros de su vivienda, una actividad del mal entendido ocio que funciona a su antojo y que ha sido implantada con una licencia de hace viente años. Todo el vecindario -aunque son muy pocos- se queja porque en la calle no se puede dormir. De vez en cuando lo comentan. «Pero es que somos pocos, pocos votos...», suele decir Rafael, que ahora se lamenta de aquel día en que su mujer y él firmaron el contrato de compraventa y, con ello, su sentencia a vivir condenados a soportar ruidos e incomodidades. Hace ya un año y medio, cuando aprobaron inicialmente el Plan Centro, Eva y Rafael creyeron que aquel documento traería consigo unas condiciones para hacer más habitable el centro urbano, con algunas normas para controlar tantos ruidos, con una ordenación algo más racional del tráfico, con pequeñas cosas... Sin embargo, cada día que pasa, la zona en la que viven se hace menos habitable. Ellos siguen oyendo los mismos discursos: «Recuperación del patrimonio, rehabilitación, revitalización, datos, datos y más datos sobre viviendas desocupadas, sobre inversiones multimillonarias, sobre equipamientos que no llegan...» DiscursosPero mientras el discurso se mantiene, ellos ven cómo pasa el tiempo y se va transformando el entorno en el que viven. Un día descubren hitos en una calle donde antes no había; otro, comprueban que ha desaparecido una edificación y que en el solar anuncian la venta de pisos a precios desorbitados. «Si supieran lo que les espera nadie los compraría», se dice Rafael».Ahora le ha dado por mirar hacia los tejados cuando pasea por el centro. No es por prevenir -no espera que puedan desprenderse elementos de cualquier edificación en ruinas-, sino porque últimamente ha caído en la cuenta de que hay callejuelas enteras con los tejados hundidos. Y piensa: «A esas casas les queda poco tiempo de vida».
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